: “FUNCIÓN SEMIÓTICA PARENTAL Y “POTENCIALIDAD SOMÁTICA”. VICISITUDES DE LA SEMANTIZACIÓN PARENTAL PERTURBADORA EN TORNO AL CUERPO”.

: “FUNCIÓN SEMIÓTICA PARENTAL Y “POTENCIALIDAD SOMÁTICA”. VICISITUDES DE LA SEMANTIZACIÓN PARENTAL PERTURBADORA EN TORNO AL CUERPO”.

ARTÍCULO PUBLICADO EN LA REVISTA DE LA ASOCIACIÓN ARGENTINA DE PSICOLOGÍA Y PSICOTERAPIA DE GRUPO. Buenos Aires, marzo de 1998. TOMO XXI – Número 1 – 1998 “El malestar en los vínculos”.

Institución afiliada a la Federación Latinoamericana de Psicoterapia de Grupo, a la American Group Psychotherapy Association, y a la International Association of Group Psychotherap

Función semiótica parental y “potencialidad somática”. Vicisitudes de la semantización parental perturbadora en torno al cuerpo. Oscar de Cristóforis *

El acto de habla navega entre el cuerpo y el código”.

En la compleja construcción de una adecuada organización psicosomática de un individuo, la familia cumple, por supuesto, un papel crucial. Entre los múltiples vectores que pueden estudiarse en dicha construcción la función semiótica familiar reviste una riqueza especial, tanto sea para comprender los procesos esperables como los patológicos. En esta oportunidad se pretende reflexionar acerca de algunos de esos procesos, especialmente los de semantización, de las distorsiones y alteraciones que los mismos pueden presentar y de la influencia que tendrían sobre una posible predisposición a la vulnerabilidad somática en los hijos. Describir, analizar, intentar explicar esa influencia perturbadora correlacionándola con lo que llamaré “potencialidad somática, o patosomática, o polisomatizante” (parafraseando un concepto de P. Aulagnier), es un punto de vista más, un vértice posible y de ninguna manera aspira ser una posición que excluya y contradiga a otras que brindan valiosas explicaciones para pensar las enfermedades y trastornos somáticos en la infancia. Porque es precisamente en esta etapa donde pueden plasmarse determinadas condiciones que predispondrían a usar el cuerpo como “buffer”, como descarga, como campo donde se dirime lo que por diferentes razones no puede ser procesado elaborativamente por el aparato psíquico. Es un intento, además, de comprender al individuo que enferma somáticamente (en las distintas variantes en que las enfermedades suelen manifestarse: crónicas, agudas, a repetición, altamente desorganizativas y progresivas, regresivas y reversibles, graves e irreversibles, etc.) desde una mirada que contemple las múltiples variables que operan en los conjuntos multipersonales, desde lo familiar a todo lo social en su conjunto, y que incidirían en la irrupción, instalación y/o cronificación de los procesos de enfermarse orgánicamente. Variables que abarcarían las dimensiones biológica, psicológica, histórica y social.
Aportes desde el campo semiótico Desde la mitad del siglo en adelante, fueron numerosos los trabajos que entrecruzaron conceptos e hipótesis del campo semiótico y del psicoanalítico. El concepto de representación es un ejemplo clave que puede mostrar esa articulación posible entre semiótica y psicoanálisis. Por supuesto que no es éste el lugar para extenderse en la riqueza de estas correlaciones, sino para indicar el alcance que en el presente trabajo conllevan conceptos tales como ideología familiar inconciente, códigos, reglas, enunciados identificatorios, etc. Desde un planteo como el de Ducrot, quien enfatiza que el lenguaje más que un modo de expresión del pensamiento o un medio de comunicación, debe ser entendido como un verdadero estructurador de las relaciones interpersonales, es posible ubicarse en la relación entre la significación de los discursos y las representaciones subjetivas. Y que en la conformación de lo intersubjetivo habría atravesamientos directos de los discursos operantes en una formación social determinada históricamente. Siguiendo esta línea de pensamiento, podríamos cuestionarnos en nuestra tarea clínica acerca del papel decisivo quecumplen las ideologías familiares. (Ideología entendida como una representación de la relación imaginaria de los individuos con sus condiciones reales de existencia). De esta manera mucho de lo que sucede entre padres e hijos podría definirse como “proceso ideológico”: un complejo de relaciones interactivas entre determinadas formaciones semióticas y lo imaginario individual (A. Sercovich). En la clínica psicoanalítica podemos comprobar el papel crucial que representan esas ideologías familiares a través de mensajes parentales “incrustados” en el inconciente y que actúan como productores de pensamientos. Se trata, entonces, de poner en relación la significación de los discursos y las representaciones subjetivas (psicoanálisis y semiótica), articulados por una hipótesis básica: los discursos se inscriben en el sujeto siempre doblemente (doble inscripción, conciente e inconciente). A partir de este enfoque es posible adherir a un discurso sin comprenderlo o sin aceptarlo, y a su vez comprendiéndolo y no aceptándolo. Se abre así una extensa combinatoria entre comprensión e incomprensión, aceptación y no aceptación, adhesión y rechazo (que en términos de mecanismos psíquicos se expresarían por la negación, desmentida, rechazo, represión), que explicaría la acción y eficacia de muchos discursos, en particular los emitidos desde el lugar parental, que están cargados de un fuerte poder persuasivo; entendiendo por lenguajes persuasivos aquéllos que, en líneas generales, el factor predominante es la intención del emisor de influir sobre el receptor, discursos que se hallan vinculados con la modificación de las representaciones y las conductas de sus destinatarios. Esta noción de persuasión abrió el desarrollo del campo de la “Pragmática”. Es conocido que clásicamente el “campo semiótico” abarcaría tres áreas o dimensiones: SINTACTICA (sintaxis), es decir la forma o modo en la cual el enunciado es construido; investiga la relación de los signos entre sí, consiste en determinar las reglas que permiten construir frases o fórmulas correctas, combinando los símbolos elementales; SEMANTICA: área de la significación de los enunciados, establece la relación de los signos con una clase o elementos de una clase, y la PRAGMATICA: donde se aprecian los efectos o acciones en el oyente, describe el uso que pueden hacer de las fórmulas los interlocutores que se proponen actuar unos sobre otros. Es de destacar que tanto la sintaxis como la semántica, que estudian el núcleo de la lengua, deben elaborarse en estrecha conexión con la dimensión pragmática, ya que “la relación entre los signos y sus usuarios” compete a todos los niveles de la semiótica. Cabría además agregar que la semiótica, ciencia de la significación, disciplina que investiga la semiosis (semiosis que puede entenderse como: a) dominio de significado, b) dominio de la comunicación), es además un instrumento generalizable a todas las modalidades de sentido y su producción. Abarca, además, sistemas simbólicos no lingüísticos, algunos basados en el lenguaje, pero no idénticos. Hay también formas sociales que funcionan a la manera de un lenguaje: sistema de parentesco, mitos, moda. En el área de las semantizaciones, habría que remarcar que aquí se analizarían los sentidos que tienen las palabras, sus variaciones y cómo se combinan las significaciones de los elementos de la frase para constituir su sentido total, que no se produce por simple suma de palabras (relaciones sintagmáticas). Otra consideración necesaria se refiere a la utilización que los sujetos hablantes pueden hacer del lenguaje. Es decir, que es preciso distinguir aquéllo para lo cual sirve el lenguaje de aquéllo que, además, puede hacerse con él; por un lado la lengua fue creada para permitir a los hombres comunicarse los pensamientos, pero por otro habría una función “expresiva” (Bühler-Jakobson) que puede realizarse mediante entonaciones, de alegría, de cólera, de tristeza y por determinadas modalidades, en donde tanto éstas como las entonaciones no serían sólo consecuencia de diferentes estados psicológicos, sino particulares maneras de significar. (Ejemplo: “Por desgracia no vino”; “me irrita que no haya venido”. Donde se representa el sujeto como objeto del enunciado). El filósofo inglés J. L Austin formuló una clasificación sobre los actos que se cumplen al enunciar una frase, a los que llamó actos de habla: para él “decir algo es hacer algo” y llamó “expresiones realizativas” a las que participan de esa característica. Distingue: 1) un acto locutorio o dimensiónlocucionaria: donde se articulan y combinan sonidos y nociones representadas por las palabras, con cierto “sentido” y “referencia”, es el acto de decir algo; 2) un acto ilocutorio (o “dimensión ilocucionario de los enunciados”), en la medida en que la enunciación de la frase constituye de por sí un determinado acto, una determinada transformación de las relaciones entre los interlocutores (prometo, interrogo, ordeno), es el acto que llevamos a cabo al decir algo; es la presión sobre el receptor; 3) un acto perlocutorio: en donde la enunciación puede servir a fines diferentes y lejanos y que el interlocutor puede no comprender claramente pero producir algún tipo de efecto (¿no conciente?). Es el acto que llevamos a cabo porque decimos algo, es decir, las consecuencias que contingentemente sobrevienen porque lo hemos dicho.
Actos de habla y operadores lingüísticos Los actos de habla son todas aquellas actuaciones que al hablar se ejercen sobre un oyente e influyen en su comportamiento, bajo determinadas circunstancias. En nuestro país fue a partir de los años 70 con Ana M. Barrenechea que se comienza a estudiar en lingüística aplicada algo hasta el momento ignorado: que existen palabras o giros en los que el hablante manifiesta su voluntad de presionar al receptor. Significaba instalarse desde la lengua como sistema, hacia el uso en el habla y entrar en el carácter persuasivo del lenguaje. No es entonces un simple hecho de comunicación; se trata de comprender sutiles recursos en los que el hablante pone toda su fuerza para actuar sobre el receptor. A estos recursos se los llama operadores. Ellos son señales léxicas, sintácticas, semánticas, fónicas, gráficas, etc. que marcan la relación hablante-oyente. Esta relación se manifiesta en un acto de habla que contiene la fuerza del emisor y apunta a una respuesta en el receptor (efecto perlocucionario). Son auxiliares del mensaje lingüístico (Rosetti, M.; 1991).

Operadores gestuales

Cuando los gestos acompañan a la emisión lingüística estamos frente a operadores gestuales, en cambio cuando no hay comunicación verbal pero sí gestos y/o posturas que la reemplazan, estamos frente a SUSTITUTOS DEL LENGUAJE que pueden ser universales y otros típicos de cada individuo o familia. Los operadores gestuales pueden ser reactivos (palidez, rubor, temblor, piel erizada, etc.) o expresivos: pueden ilustrar, contradecir, ocultar, regular la comunicación verbal. En general enriquecen la comunicación, actúan eficazmente para expresar o destacar la fuerza ilocucionaria señalando el tipo de acto o matizándolo. También el valor ilocucionario se aprecia en la presuposición lingüística (un presupuesto es un “plus” de algo que se afirma: “Juan sigue pidiendo”), en donde elegir enunciados con ciertos presupuestos introduce una determinada modificación en las relaciones entre los interlocutores. Vemos entonces que tanto la noción de persuasión, la de conatividad (acción del discurso sobre su receptor-Jakobson) y valor ilocutorio o ilocucionario estarían proponiendo lo que Ducrot sintetizó al decir: “La lengua es mucho más que un simple instrumento para comunicar informaciones: implica inscripta en la sintaxis y en el léxico, todo un código de relaciones humanas”. Podríamos agregar: un verdadero estructurador de lo intra e intersubjetivo.
Retomando el planteo Con respecto al planteo específico de esta comunicación, se trata de pensar en las diferentes formas en que el discurso parental y los procesos semióticos en su conjunto intervendrían, en el establecimiento de una potencialidad o predisposición a la patología somática de sus hijos. La pertinencia de este enfoque, su investigación y aplicación en la clínica se sustentará fundamentalmente en considerar que la aparición y sostenimiento (persistencia) de la enfermedad somática en la infancia, y la posible instalación de una potencialidad a enfermarse, dependen, entre otros factores, pero desde un lugar de privilegio, de todas las “puestas de sentido” (semantización) que hagan los padres –y especialmente la madre– con respecto a: a) el CUERPO del niño, b) el SUFRIMIENTO y el PLACER de ese cuerpo, c) las ENFERMEDADES orgánicas que se manifiesten, ya que a ella (ellos) le provoca efectos y emite un discurso de la enfermedad actual y de las pasadas, y ello produce en el niño marcas determinantes de acuerdo a la calidad de ese discurso, d) el tipo de EROTIZACION (en calidad y cantidad) que constituirá el basamento del anclaje somático del amor que dirige al cuerpo singular de su hijo. A partir de estos planteos, sería necesario entonces detenernos en esos procesos de semantización, relacionarlos con aquellas conceptualizaciones psicoanalíticas que se presten más para entender su circulación e incidencia; las posibles conformaciones patógenas que podrían asumir, así también como el alcance que se le adjudique a los conceptos de potencialidad, predisposición y vulnerabilidad.
Enfermedad somática y psicoanálisis La enfermedad somática siempre ocupó algún lugar en las reflexiones psicoanalíticas, y a partir de la segunda mitad de este siglo, fueron muchos los autores posfreudianos que brindaron aportes importantes sobre el tema. Se podría decir que el enfoque psicosomático dentro del psicoanálisis está representado hoy, por un conjunto voluminoso de trabajos teóricoclínicos. Hasta no sería exagerado afirmar que la mayoría de los autores prolíficos han encarado el tema, en forma más o menos profunda. Tema que, por otro lado, ha sido (y es) muy controvertido y ha generado posiciones antagónicas. De los tres sufrimientos humanos señalados por Freud en El Malestar en la Cultura, sólo el referido al cuerpo le generaba dudas con respecto a los beneficios que podía aportar el psicoanálisis. Pero a pesar de todo ya señalaba en 1912, en El Simposio sobre la Masturbación, refiriéndose a las particulares características de los síntomas orgánicos de las “neurosis actuales” y a la imposibilidad de interpretarlos como los síntomas psiconeuróticos, un papel para el psicoanálisis: …“concedo hoy –lo que antes no podía creer– que un tratamiento analítico llegue a tener también indirectamente influencia terapéutica sobre los síntomas actuales, ya sea porque conduzca a una mejor tolerancia de su nocividad actual, o porque coloque al individuo enfermo en la situación de sustraerlo a esta nocividad actual, modificando su régimen sexual. He aquí evidentemente prometedoras perspectivas para nuestros afanes terapéuticos”. Precisamente, esta práctica clínica que aquí se considera, se internaría en esas perspectivas ya apuntadas por Freud. Hoy el psicoanálisis interviene, y de manera cada vez más creciente, en los intentos de cura de pacientes con enfermedades graves, crónicas, agudas, terminales; y no solamente en la privacidad de los consultorios sino en gran número de instituciones hospitalarias, en equipos de salud y en grupos de investigación. Se podría afirmar (como lo hace Sami-Alí), que pensar lo somático en psicoanálisis es, al mismo tiempo, pensar los límites del psicoanálisis. En este sentido, la clínica del paciente con enfermedad orgánica, compartiría un espacio junto a lo que en los últimos años se lo denominó como clínica de “fronteras”, de “bordes” que incluye patologías narcisistas no psicóticas, patologías de la carencia, del vacío, de lo negativo, del no deseo, con fallas en los procesos de ligadura del preconciente, prevalencia de la escisión, pobreza representacional. Pacientes cuya problemática no se basa en el conflicto entre instancias, sino en un déficit, un hueco donde se ha interrumpido la noción de existencia. Que exigirían, como los que padecen enfermedades orgánicas, ajustes e innovaciones en las estrategias, los abordajes, los encuadres, para intentar su tratamiento. Así como el enfoque psicosomático en medicina trataría fundamentalmente de luchar contra la negación de lo psíquico, en psicoanálisis alimentaría la esperanza de continuar sistematizando una clínica posible, efectiva, válida de las múltiples formas de somatización. No cabe duda que el esfuerzo por lograrlo está plenamente justificado ya que los aportes y la participación que el psicoanálisis viene realizando en el campo psicosomático lo avala. Son muchos los conceptos psicoanalíticos (y varios los autores) que podrían considerarse de extrema utilidad para comprender la compleja construcción de una adecuada integración psicosomática, y donde se pondría de manifiesto el papel decisivo que juega la función semiótica familiar mencionada anteriormente. A continuación se enumerarán sólo algunos que revisten especial interés para esta comunicación: 1) Identificación. Ideal del yo (S. Freud). 2) Función alfa. Función beta. Función de rêverie materna (Bion). 3) Fantasmatización obligada, violencia primaria y secundaria. Enunciados identificatorios. Sombra hablada. La madre como portavoz. Efecto de interpenetración (Piera Aulagnier). 4) Preocupación materna primaria. Provisión ambiental. (D. Winnicott). 5) Seducción originaria. Significantes enigmáticos. (J. Laplanche). 6) Proyección subjetivante de la madre (A. Green). 7) Reglas de enunciación identificatoria. Matrices inconcientes (H. Bleichmar). 8) Self ambiental sobreadaptado-self corporal sojuzgado (D. Liberman). 9) Imagen inconciente del cuerpo (F. Dolto). 10) Fantasmas de identificación (a la manera de visitantes del yo) (Alain de Mijolla). 11) Identificaciones alienantes. Algunos comentarios sobre el listado anterior: En lo que Piera Aulagnier conceptualiza como “enunciado identificatorio” se define la identidad: son juicios emitidos por un otro significativo de quien se depende afectivamente. Enunciados que no sólo determinarán conductas, sino que podrán plasmar a lo largo de la infancia importantes estructuraciones psicopatológicas. H. Bleichmar agrega a estos enunciados que constituyen verdaderos juicios de identidad atribuida, las reglas de la enunciación identificatoria: son normas para construir aquellas afirmaciones; cómo se construyen las creencias sobre la identidad, a través de cuáles operaciones. Pueden ser formuladas directamente sobre el hijo o por implicación a terceros (paranoicas, hipocondríacas, fóbicas, melancólicas o somáticas: fragilidad corporal, posibilidad de enfermarse, peligro mortal inminente). Ejemplos de esas reglas podrían ser la transposición categorial: colocar una “etiqueta” a una persona y luego seguir utilizándola pero para otro contexto; o el discurso totalizante: juicio global a partir de un elemento parcial. Para P. Aulagnier la totalidad del discurso tiene una función identificante. El yo es efecto de la apropiación de los enunciados identificatorios que sobre él formularon los objetos investidos, de ahí el papel activo del infans: no es un títere del discurso materno, elige y rechaza. El le propone el cuerpo a su madre para que ésta lo invista. Su cuerpo es hablado por los enunciados maternos. La madre es enunciante y el mediador privilegiado del discurso ambiental; lo conmina, le prohibe, le indica los límites de lo posible y de lo lícito: es pues la semantizadora principal. Es, en síntesis, el portavoz, concepto que define para P. Aulagnier la función reservada al discurso de la madre en la estructuración de la psique: comenta, predice, acuna las manifestaciones del infans, y representa como delegada un orden exterior al cual ella también está sometida. El otro concepto que agrega en la misma línea de pensamiento, es el de sombra hablada llevada sobre el cuerpo del infans por su propio discurso, que sería algo así como el anhelo maternal concerniente al niño, la proyección de la idealización sobre él. Existe, a su vez, la posibilidad de contradicción por parte del infans, quien al no disponer todavía del uso del lenguaje, lo manifestará por su cuerpo, apareciendo bajo el signo de una falta o carencia: falta de sueño, falta de crecimiento, de movimiento, de fonación, de ganas para alimentarse, etc. El yo y el superyó mismo se modelan según líneas de estructuración que proceden de la incorporación de rasgos del otro, de sus enunciados. Ese proceso de identificación que de por sí es estructurante, pivotea sobre los rasgos (imagen) y representaciones (conjunto semiótico) que el otro significativo le aporta al sujeto y que se despliega a través del discurso. Cuando decimos que el yo se constituye y se mantiene básicamente por la identificación con la imagen del otro, ese “del” lo entendemos, por supuesto, en su doble acepción: a) como se presenta el otro para el sujeto (el yo representación del otro), b) como la imagen (que también es semántica) que el otro tiene de ese sujeto. Lo ve de determinada manera y el sujeto se identifica con esa imagen (la acepta por amor, es una versión altamente valorizada porque es la de sus padres). Esto nos lleva a entender la identidad como emergiendo de un contexto vincular, cargada y determinada por una ideología. La presencia de los otros significativos no sólo es fundante sino esencial en el mantenimiento del yo-representación. Esta instancia estará integrada fundamentalmente por elementos valorativos; rasgos que pueden ser ubicables en una escala de preferencia desde una máxima valoración (yo ideal), hasta la máxima imperfección (negativo del yo ideal); de ahí su conexión con el narcisismo. En la identificación sostenida con predominio del yo ideal funcionaría prevalentemente una lógica binaria: un rasgo único prevalente asume la valoración total (positivo o negativo) de la persona; todo o nada, que se desprende además de un discurso totalizante de los padres. Sustentaría, luego, una identidad megalómana, irreal, que podría poner en riesgo al cuerpo, por el agotamiento al que lo expondría, o por ideas delirantes de omnipotencia: “a mí no me va a pasar nada”, “yo soy sano e inmortal” (o todo el extremo contrario). Entonces el sistema de significaciones que se le proporciona a un infans, niño o adolescente es sumamente importante para que pueda sentir y procesar sus vivencias. Los padres le codifican su universo (y cuanto más pequeño más difícil que “metabolice” apartado de la línea parental) en términos de sus propias creencias y tipos de lógicas. Entonces sentirse malo, culpable, enfermo, débil, enfermable puede no provenir de experiencias en que participó activamente un niño, traumas o vicisitudes de su carga pulsional sino por modelos y procesos identificatorios: a) identificación con la imagen que otro le da de sí, en la que aparece como lo nombrado anteriormente; b) identificación con un otro que se siente de esa manera. El concepto es prestado, podríamos hablar de inducción inconciente; se trata de efectos que no son buscados por el individuo (no es el resultado de la defensa y de la vigencia del principio del placer) sino que por el contrario el individuo cae en ellos. El hombre se inscribe en un orden cultural, mundo de lenguaje, en el cual se le ofrecen pensamientos ya formados que funcionarían como entidades a priori. Entonces estos juicios de atribución, es decir, aquellos en que se predica un atributo, cualidad, esencia de un sujeto, pueden construirse por la aceptación de una identificación por inducción inconciente. Se le da al niño una identificación del “sí mismo” y una estructura de razonamiento consiguiente. El niño toma entonces del adulto los conceptos que le permiten la construcción de la representación de sí mismo y principalmente las estructuras de pensamiento, un modo de razonar, de influir lógicamente, de organizar los datos. Serían como un modelo para construir otros deseos y representaciones; reglas de construcción, es decir, no sólo contenidos específicos sino formas de construir deseos y representaciones de sí mismo. Y una vez creada una identidad, se comporta como una estructura productiva, una matriz generativa (H. Bleichmar). Acá se podría apreciar la idea de predisposición que se plantea en el presente trabajo. En esta misma línea, Maud Mannoni llega a plantear que “las palabras del adulto dejan una mayor impronta en el niño que el acontecimiento mismo”. Se remarcaría, de esta forma, el modo en que fueron codificados, significados los acontecimientos para ese sujeto. El cuerpo se inserta e inscribe en un mundo simbólico que lo precede y lo significa; que necesita siempre de un otro que le otorgue cualidades diferenciales (el cuerpo es una realidad que se construye. Es diferente el organismo, lo viviente y lo que en psicoanálisis llamamos cuerpo. Para hacer un cuerpo se necesita un organismo vivo más una imagen, aprehendida en lo especular). Los padres atribuyen también un sentido a la enfermedad orgánica, al cuerpo enfermo-dañado. Este sentido incluye el conjunto de contenidos semánticos expresados en creencias (elementos cognitivos dotados de certidumbre) que determinarán las actitudes, es decir, las disposiciones a actuar frente a la enfermedad. Cada familia puede elaborar una verdadera mitología en torno a la enfermedad y que puede llegar a ser incuestionable.
Acerca del concepto de potencialidad Comparémoslo con el de predisposición (o disposición). A ésta se la define como el estado del organismo, congénito o adquirido, apto para contraer una enfermedad determinada. Habría causas constitucionales, las que podríamos llamar la naturaleza de la disposición, y accidentales, sucesos patógenos vividos por el individuo. Freud ubica lo disposicional dentro de las series complementarias. En Disposición a la neurosis obsesiva dice que son inhibiciones de la evolución. Estaría, por otro lado, estrechamente ligado a los conceptos de fijación y regresión. Lo potencial es lo que existe dispuesto para la acción, pero no en actividad. Es una fuerza o poder disponible. Lo que puede suceder o existir; que tiene o encierra potencia, pudiendo definirse ésta como la capacidad para ejecutar una cosa o producir un efecto. P. Aulagnier lo usa en este sentido, lo que teniendo valor potencial para pasar o no al estado manifiesto. Habla de potencialidad psicótica, neurótica y polimorfa, e incluye en esta última lo perverso, las respuestas somáticas, la toxicomanía, la relación pasional o alienante. Según ella puede constituirse y fijarse en momentos más o menos precoces del recorrido identificatorio; en general antes que la infancia llegue a su fin. Una potencialidad se sostiene con un compromiso identificatorio y se refuerza por un mandato que es enunciado ante todo por la voz materna (que en el caso de la potencialidad psicótica sería: “que nada cambie”). Hablar de potencialidad es postular que la psique mantiene la capacidad de firmar “un pacto de no agresión recíproca” entre su compromiso y el compromiso identificatorio a que se conforma el yo de los otros. Es importante señalar (como lo hace Sophie Mijolla-Mellor) que no es una posibilidad latente que sería común a todo sujeto, sino más bien una organización de la psique que puede no dar lugar a síntomas manifiestos, pero que estaría
mostrando la presencia de elementos constitutivos, en el caso de la potencialidad psicótica, un pensamiento delirante primario enquistado, y no reprimido. En el caso de una potencialidad polisomatizante, o de un cuerpo vulnerable a enfermarse, algunas de las conformaciones que aquí se tratan de circunscribir.
La semiosis psicopatológica y la trasmisión psíquica Como lo entiende Kaës, el trabajo psíquico de la trasmisión es el proceso y el resultado de ligazones psíquicas entre aparatos psíquicos, como así también las transformaciones operadas por estas ligazones. Transmisión que requiere la diferenciación entre lo que es transmitido y lo que es recibido y transformado en el proceso de historización del sujeto o, dicho de otra manera, en el proceso de apropiación de la herencia. Otra distinción: lo que se trasmite “entre” sujetos no es del mismo orden que lo que se tramite “a través” de ellos. La trasmisión transpsíquica supone la abolición de los límites y espacios subjetivos (mientras que la trasmisión intersubjetiva supone la existencia de un espacio de transcripción transformadora de la trasmisión). “Lo que has heredado de tus padres, para poseerlo, gánalo”, decía Freud citando a Goethe. Proceso de apropiación que implicará alimentar la doble necesidad en que se encuentra el sujeto de la herencia: ser para sí mismo su propio fin, es decir uno en su singularidad y por otro lado ser eslabón de una cadena a la que está sujeto sin la participación de su voluntad, es decir ser sujeto del conjunto. Entonces: doble exigencia de trabajo psíquico impuesto al aparato: a) por la sujeción a los conjuntos (familia, grupo, institución, masa) b) por la sujeción al cuerpo (experiencias corporales). El mundo es cuerpo y grupo; por lo tanto doble apuntalamiento en la construcción de la psique: la experiencia corporal y la experiencia intersubjetiva. El sujeto del grupo hereda de diversas formas: – por apuntalamiento, – por identificación, – por contagio, – por incorporación, – por interfantasmatización; pero también: – por intrusión (¿violencia secundaria? ¿deseo de alienar? P. Aulagnier); – por identificaciones alienantes o patógenas; – por significados que se convierten en irracionales (Berenstein, 1981). Tanto la racionalidad como la irracionalidad son transmisibles como significados que circulan como mensajes entre las generaciones. Los sentidos se organizan y transmiten como significados de las percepciones. Un significado se torna irracional cuando, dado un contexto determinado, el significado no se adapta o no es contenido por la percepción, y también cuando su permanencia es mantenida a través de distintos contextos; – por telescopage (encaje, incrustación, choque de frente). Una situación, una experiencia, un acontecimiento que confronta, de manera imprevista al yo con una representación que se impone a él, con todos los atributos de la certeza, cuando hasta ese momento ignoraba que hubiese podido ocupar un tal lugar en sus propios escenarios. (P.AulagnierH. Faimberg); – por “delirios en herencia” (Micheline Enríquez): padres que implican a sus hijos en su delirio haciendo de ellos el testigo, el aliado, el cómplice, incluso el destinatario de su actividad delirante; es decir influencia psíquica del discurso delirante de los padres sobre los hijos; – por interferencias transubjetivas (Kaës); es decir: por transmisiones directas del afecto, del objeto bizarro, del significante en bruto, sin un adecuado espacio de transcripción y de transformación, hecho que se puede verificar en las formaciones de criptas y fantasmas. Estamos frente a los procesos de no transformación en la herencia de lo transmitido.

No todo lo heredado puede ser apropiado: siempre hay partes que siguen siendo ajenas, extrañas, presencia oscura y desconocida de un otro o más de un otro en él. P. Aulagnier, en Los destinos del placer, al tratar el conflicto identificante-identificado, dice que el psicótico clama: ”Yo no soy ese yo que Ud. ve, no soy ese yo que ud. puede encerrar, excluir, internar, soy un identificante al cual le han impuesto un identificado que no es su obra”. Y con respecto a la alienación: “La alienación del otro es la realización de un deseo de matar al pensamiento que está presente en los dos sujetos” Pero parecería aceptarse que las transmisiones se actualizan en las formaciones del ideal, en las referencias identificatorias, en los enunciados míticos e ideológicos, los mecanismos de defensa, parte de la función represora, los ritos. Dichas formaciones bifásicas satisfacen intereses del sujeto singular que persigue su propio fin y los de la cadena transubjetiva de la que es eslabón (exigencias del vínculo). Kaës cita entre otras a las alianzas inconcientes, a las identificaciones, a los pactos y acuerdos, al contrato narcisista, al ideal del Yo, al pacto denegativo, a la producción de síntomas compartido que tiene como función atar a cada sujeto a su síntoma en relación con la función que cumple en el vínculo y para éste, se ve así el síntoma reforzado; en todos estos ejemplos se ponen en juego economías, tópicas y dinámicas cruzadas. Hay que destacar por todo lo señalado más arriba, y ubicándonos en la temática que nos ocupa, el poder del otro significativo para aportar al sujeto enunciados sobre su cuerpo. Como lo demuestra Merot, la instalación de una hipocondría, por ejemplo, puede ser el resultado no de un proceso defensivo de un sujeto, sino de algo que se dirime en el inconciente de sus padres de lo cual el hijo sufre los efectos: deseando ser el objeto del deseo del otro queda atrapado en aquello que ese otro le ofrece. Señala H. Bleichmar (1986): el síntoma es el sujeto y no aquello de lo cual se defendería, y lo que existe detrás de él no es otra idea en particular sino una red de creencias, efecto de la incorporación del código congelado del otro cuando éste ha quedado en el lugar del modelo. Y P. Aulagnier dice: “El niño ha retomado por su propia cuenta, sin la menor crítica, ciertos enunciados sobre las condiciones para la vida de su cuerpo”. Enunciados, agreguemos, que en ciertas circunstancias pueden ser aberrantes para ese niño. Veamos a continuación, en forma sintética, algunas posibles consecuencias en donde las funciones semióticas parentales patógenas (semiosis psicopatológica) podrían cumplir un papel preponderante, en donde la trasmisión generacional deja marcas: „ en la construcción incompleta o funcionamiento atípico del aparato psíquico (fallas especialmente en el preconciente); „ en el no establecimiento de un equilibrio o integración psicosomática (escisión psique-soma); „ en las carencias o fallas en la simbolización y en el posible establecimiento de un “pensamiento operatorio” con acentuación a la descarga en la acción (lo fáctico y lo actual) y en las funciones somáticas; „ en la producción de patología narcisista, es decir, fallas en los procesos de narcisización; „ en la instalación de fijaciones somáticas; „ en la conformación de una imagen inconciente del cuerpo alterada, deficitaria y/o fallida; „ en las perturbaciones identificatorias y sentimiento de identidad en donde el sujeto se aprecia como enfermo, enfermable, débil, en estado grave, etc.; „ en la creación perturbada de la red de creencias y suposiciones, ideología familiar y mitos. Creación de un universo conceptual con códigos específicos donde el cuerpo queda asignado como destruible, deteriorable o frágil y por lo tanto susceptible de fantasías, entre otras, hipocondríacas; o por el contrario como indestructible. Muchas de las teorizaciones en el campo de la psicosomática producidas por la Escuela Psicosomática de París se basan en las consecuencias que le acarrearía a un sujeto una deficitaria estructuración del Preconciente (fallas, debilidad constitutiva, bloqueo). Al respecto P. Marty plantea que cuanto más rico sea el Prec. de un sujeto en representaciones relacionadas entre sí de una manera permanente, más la patología eventual tiene probabilidades de situarse en el plano mental. Cuanto menos rico en representaciones sea el Prec. de un individuo y cuanto menos rico sea en las relaciones y permanencia de las representaciones existentes (cantidad, calidad, fluidez), más correrá el riesgo la patología eventual de situarse en el plano somático. En este sentido califica al Prec. como punto central de la economía psicosomática. Esta reflexión adquiere la fuerza de una hipótesis y es la que permitió abrir un campo de investigación en donde cobraron destacada significación conceptos tales como “pensamiento operatorio”, “depresión esencial”, “neurosis de comportamiento”, “desorganización progresiva”, entre otros. Desde otra perspectiva, Kaës define al Prec. como lugar de las formaciones intermediarias en el psiquismo caracterizándolo como un aparato de ligadura de la pulsión, del sentido y del vínculo: “la formación y la actividad del Prec. son profundamente tributarias del interjuego entre el sujeto y el otro; dependen por una parte del inc. del otro, de su capacidad de reverie, de continencia y de transformación”. El Prec. materno (modulado por el Prec. paterno) es parte constituyente también del aparato para significar/interpretar del infans: un aparato que servirá para descifrar y para transmitir las capas sucesivas de discurso y de sentido. Coincide con Guillaumin quien considera al Prec. como el lugar del otro en el yo. Prec., actividad parlante e intersubjetividad se hallan unidos en forma muy especial. Por eso las fallas, insuficiencias funcionales, déficit, ausencias en el Prec. acarrearán graves consecuencias para el sostenimiento de una adecuada organización psicosomática.

Formas concretas en que determinadas semantizaciones parentales patológicas pueden apreciarse en la clínica.

A continuación se mencionarán, a manera de ejemplos, algunas posibles estructuraciones que se conformarían, a
partir de una función semiótica parental distorsionante y que pivotearían alrededor del cuerpo y sus trastornos: a) que el cuerpo del hijo, con los posibles avatares del enfermar, asuma el centro de las preocupaciones de los padres; b) que a partir de enunciados emitidos por los padres acerca de la debilidad del cuerpo del hijo, éste conforme una representación del mismo en concordancia; c) cuando se localiza el peligro en el cuerpo o se vive como muy peligroso determinados cambios corporales o se les asigna valor de enfermedad a sensaciones displacenteras (dolor de estómago en lugar de proceso digestivo, afecto penoso por cansancio o sueño, etc.); d) en la construcción de una red semántica familiar donde un hijo (o varios) esté ubicado en un lugar de indefenso, impotente, no reconocedor de sus propias sensaciones corporales (íntero y exteroceptivas) y sean los padres (o principalmente la madre) los que saben, pueden solucionar dificultades, conocer sus alteraciones, nombrar sus sensaciones (cuándo frío, cuándo calor, cuándo sueño, cuándo dolor), es decir, convirtiéndose en protectores omnipotentes; e) cuando el código parental dota a la enfermedad del valor de despertar terror o si la enfermedad del sujeto o de un otro actuó como trauma que dejó la huella mnémica del miedo a la muerte, al sufrimiento corporal o a su terrible deterioro; f) cuando la codificación y decodificación del sufrimiento y el placer se encuentran distorsionados (o intercambiados); g) cuando el cuerpo se convierte como mediador privilegiado y la clave de relaciones vinculares, o cuando no se lo siente como propio. Se manifestaría una desapropiación del cuerpo, se lo sentiría como ajeno (primero podría ser de la madre, luego de los médicos o cualquiera que se erigiera como cuidador privilegiado); h) cuando la expresión de los afectos, su contención y elaboración son desestimados y reemplazados por otros procedimientos. La madre es quien da en un principio un sentido a las expresiones de placer y sufrimiento. Estas experiencias necesitan ser reconocidas como tales no debiendo ser ni invertidas ni desviadas en su intencionalidad. Esta decodificación materna es vital para el infans. Además debe haber concordancia entre lo que siente y lo que transmite, caso contrario lo transmitido será indescifrable. Deberá pues percibir esas variaciones que expresa el bebé para cuidar de su ser. El cuerpo sufriente (o el sufrimiento en el cuerpo), ya sea que el sufrimiento provenga de una afección orgánica o se deba a la participación somática en una patología psíquica, implicará a la madre, exigirá de ella una respuesta modificadora a ese sufrir. Puede haber sordera frente a las expresiones de su sufrimiento psíquico (estoy triste, no me quieren, me abandonan, soy desgraciado) o la madre puede revertirlo con otros argumentos (no sos desgraciado sino caprichoso, no es abandono sino un castigo). Pero ante el sufrimiento orgánico no sucede lo mismo: reviste un carácter de evidencia, no puede casi nunca ser negado, al contrario, en general es ampliado, exagerado; es muy difícil que la deje indiferente. Por eso mismo muchas veces el niño intentará servirse de un sufrimiento de fuente somática para obtener respuesta frente a la sordera de su sufrimiento psíquico (un capricho puede terminar en un accidente orgánico o en un malestar del cuerpo). Pero aun si la causa del sufrimiento fuera puramente orgánica, la respuesta que eso provoca revela al niño la manera, el uso que puede hacer de él (servirse de su sufrimiento somático). Este hecho se internalizará, ya sea para el futuro en otras relaciones vinculares del sujeto y para sí mismo reproduciendo él mismo con su cuerpo esa relación que tuvo la madre con el cuerpo del niño, o podríamos decir con más claridad la que el niño le imputó en la historia que se ha construido. Aquí vislumbramos una nueva manera de la instalación de la potencialidad somática: recurrir a la enfermedad como demanda. P. Aulagnier utiliza una metáfora: una pieza teatral cuyo protagonista es el cuerpo y cuyo autor es la psique; y también la de “metteur en scene” y “metteur en sense”, puesta en escena y responsable de la puesta en sentido. Los padres cumplen esa doble función de preservación de la vida somática y la vida psíquica, transformando en información psíquica los estímulos que el mundo emite y ejecutando el papel de emisor y selector principal de los mismos y siendo entonces parte activa tanto en el placer como en el sufrimiento, y en los momentos de salud como de enfermedad.

Bibliografía

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Resumen

Este trabajo trata de reflexionar acerca de las formas en que el discurso parental y los procesos semióticos en su conjunto intervendrían en el establecimiento de una potencialidad o predisposición a la patología somática de sus hijos a través de distorsiones, alteraciones, contradicciones, carencias, abusos que se producirían en el campo semiótico. No sólo concebimos “un cuerpo que habla” sino además “un habla en el cuerpo” que lo impregna, penetra, conforma. El cuerpo se inserta e inscribe en un mundo simbólico que lo precede y lo significa: necesita siempre de un otro que le otorgue cualidades diferenciales; es, en síntesis, una realidad que se construye. Y en esta construcción, donde la familia desempeña un papel fundamental, puede a veces, dejar marcas generadoras de patología.

Summary

This paper reflects upon the forms in which parental discourse and the semeiotic processes in their totality may participate in the establishment of a potentiality or predisposition to the somatic pathology of their children through distorsions, alterations, contradictions, lacks and abuses that might be produced in the semeiotic field. We not only conceive “a body that speaks” but also a “a way of speaking of the body” that impregnates it, penetrates it and conforms it. The body inserts and inscribes itself in a symbolic world that precedes it and gives it meaning: it always has need of someone else who grants it differential qualities; it is, in essence, a reality that is constructed. And in this construction, where the family plays a fundamental role, it can at times leave generating marks of pathologies.

Résumé

Ce travail tente de réflechir sur les formes selon lesquelles le discours parental et les processus sémitoques dans l’ensemble pourraient intervenir au niveau de l’établissement d’une potentialité ou d’une prédisposition à la pathologie somatique de leurs enfants à travers des distorsions, des altérations, des contradictions, des carences, des abus que se produiraient dans le champ sémiotique. Nous ne concevons pas seulement “un corps qui parle” mais encore “un parlé dans le corps” que l’imprégne, le pénètre, le conforme. Le corps s’insère et s’inscrit dans un monde symbolique qui le précède et le signifie: il requiert toujours d’un autre qui lui fournit des qualités différentielles; il est, en fin de compte, une réalité que se construit. Et dans cette construction, où la famille a un rôle fondamental, des marques peuvent parfois être laissées, qui produisent de la pathologie.

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