FEMINISMO Y POSMODERNIDAD: LUCE IRIGARAY Y EL FEMINISMO DE LA DIFERENCIA

FEMINISMO Y POSMODERNIDAD: LUCE IRIGARAY Y EL FEMINISMO DE LA DIFERENCIA

Autora: Nancy Piedra Guillén Historiadora y Socióloga. Profesora UCR.

Artículo publicado en la revista Praxis 57-2004

Tierra, tú que me cobijas, pero con quien comparto, tú la fecunda de tantos y tantos hijos que no se parecen, tú que creces sin cesar, a veces en secreto, a veces a la luz, tú que llevas la semilla, la flor y el fruto, tú que nunca dejas de restaurar la vida, consagrándote en cada época del año al devenir de lo vivo dejando subir o descender la savia, evitando que se derrame fuera de ti, si no es para el fruto maduro, Tierra, Tú que sigues prodigando sol cuando todo afuera está helado, Tierra, Protégeme fiel, Y, cuando viene la primavera, ríes. Murmuras a través de las hojas y las flores. Te estremeces a través de los pájaros. No es crecimiento rápido del comienzo del verano, sino la dicha. No hagas estallar aún el esplendor de mitad de año, aún estamos al comienzo. Es el tiempo de lo inconcluso, de la sorpresa. La vida avanza en puntas de pie. El silencio persiste a pesar del canto de los pájaros. ¿Acaso lo que crece dispone así de su futuro? Existen, en primavera, distancias infranqueables. Ningún espacio está todavía plenamente ocupado, pero los espacios no están vacíos: están habitados por un crecimiento invisible.

Allí donde parece no haber nada, existe una presencia, o mil. Es lo uno, y lo múltiple; lo uno es múltiple. Pero la separación todavía no es tajante. Las raíces terrestres y las raíces celestes se unen sin usurparse mutuamente los límites. Cada uno, cada una permanece en su lugar de nacimiento, pero el todo se abre.
Luce Irigaray Primavera 19971

INTRODUCCIÓN

En el siguiente artículo se analiza una importante exponente del feminismo posmoderno: Luce Irigaray, autora que ha influenciado distintas corrien- tes del feminismo a partir de la elaboración teórica realizada, como es el feminismo de la diferencia. Dicha autora plantea la necesidad de crear rupturas centrales y determinantes con el pensamiento occidental, mas- culino, moderno, falocéntrico y dominante, que ha estado presente en el desarrollo de la humanidad, en especial en la sociedad occidental (nos remitimos a este espacio geográfico dado que la mayoría de sus postulantes provienen de las sociedades occi- dentales del mundo desarrollado).

No cabe duda, que ha pesar de su radicalismo en algunos planteamientos, su propuesta ha estado en la mesa de la discusión de las teóricas feministas; son plantea- mientos polémicos que contribuyen a desarrollar una postura crítica con respecto a la construcción de conocimiento, en tanto invitan a pensar desde donde se observa la realidad y desde que parámetros epistemológicos y teóricos se explican, y si estos contribuyen o no a las transformaciones de las relaciones de poder genéricas o, más bien contribuyen a reafirmar el poder masculino.

El artículo está compuesto por varios apartados, se consideró adecuado, antes de entrar en materia específica con la teoría de la diferencia, señalar algunos aspectos generales del feminismo posmoderno, con el objetivo de contextualizar la propuesta de la autora de interés. Razón por la cual el primer apartado del texto remite a una pequeña introducción sobre el feminismo posmoderno. Posteriormente en el segundo apartado abordamos en específico la propuesta de la autora, y cerramos con algunas observaciones críticas con respecto a la propuesta de la autora. Se desea con el pre- sente texto contribuir al desarrollo reflexivo del quehacer teórico. El feminismo es una corriente de pensamiento bastante joven, pero su producción en los últimos 30 años ha sido abundante y las corrientes contrastantes, dependiendo en parte, desde donde se mira —la filosofía, la psicología, la antropología, la sociología, la política— o bien considerando su propuesta pluridisciplinaria.

1. Tomado del libro traducido al español en 1998 como: Luce Irigaray (1998). Ser Dos. Argentina, Paidós.

1. EL FEMINISMO POSMODERNO

En general el pensamiento posmoderno afirma que la tradición modernista está en declive en tanto sus bases han sido profundamente influenciadas por el contexto histórico, por lo que en este contexto, en nuestra contemporaneidad son insuficien- tes. Cuestiona centralmente los métodos usados para establecer lo que era o no es verdadero, y lo que se define como verdad, superstición, realidad o mito. El proyecto modernista se ha fundamentado desde la supremacía de Occidente. La tradición modernista se sustenta en la existencia de la razón, capaz de separarse de lo corporal, lo subjetivo, del lugar y el tiempo histórico.

Los posmodernistas, por su lado esquivan la noción de la “diferencia”, tratando de ir más allá del racionalismo, celebrando la multiplicidad de diferencias y una na- rrativa de identidades. Cuestionan la diferencia, como concepto analítico por hacer alusión al proceso de dominación. Los posmodernistas tratan de hacer una crítica social, sin basarse en la filosofía, con el objetivo de que la crítica surja libremente y sin ninguna perspectiva teórica universal, resultando ser una crítica más pragmática. Ello altera indudablemente el papel del intelectual.

Contar con un concepto claro de posmodernismo es difícil, en la medida en que se basa en una propuesta de análisis en donde la apertura, abre las posibilidades de explicación, pero a la vez, permite la entrada a la contradicción. Lyotard, llevó el tema de lo posmoderno a las ciencias sociales. Para Lyotard, “todo modernismo contiene la utopía de su fin”. Si se quiere verdaderamente oponer lo moderno a lo posmoderno, se puede decir que éste insiste en la reescritura, mientras que lo moderno insiste en la revolución”. Así pudo decir, desentendido ya de su pasado izquierdista que: “La revolución es una idea minúscula. Acabemos con ella” (Lyotard: 1998).

Con declaraciones como esa, la posmodernidad pasó a ser, una propuesta que apuesta al “fin de los grandes relatos”, es decir de las utopías o mitos que guiaron la construcción del mundo moderno, a saber la razón y la confianza en el progreso. Por consecuencia lógica, el fin de las ideologías y, en la formulación más tardía del profesor universitario Fukuyama, “el fin de la historia”.

Para las feministas posmodernas, el pragmatismo debería llegar a sustituir la epistemología, para conocer las distintas formas en que nos entendemos unos a otros y las diversas formas en que lo hacemos. A su vez afirman que los nuevos discursos no “pueden ofrecer un punto de vista, un sujeto universal, un camino para la liberación, la felicidad o una verdad que nos llevara a la libertad” (Flax; 1990: 42). Ello implica tanto al posmodernismo como al modernismo.

El posmodernismo cuestiona así los conceptos universales, las nociones de progreso, a la ciencia en sí, a la existencia de una naturaleza y realidad humana, a una historia lineal y definitivamente a los poderes de la razón. Para las feministas posmodernas, el feminismo replicó los mismos errores de la ciencia masculina en tanto impulsaron el desarrollo de principios universales y esencialistas que representaban las voces únicamente de las mujeres blancas occidentales, burguesas, heterosexuales y cristianas. Fallaron al no reconocer la diversidad de las experiencias de las mujeres, y se buscó explicaciones causales de la opresión de las mujeres universales. Por ello, algunas feministas posmodernas abogan por abandonar la categoría “mujer”, ya que en el intento de definir la categoría se termina recreando conceptos misóginos y univer- salistas, en donde las diferencias de clase, raza, etnia, cultura, condición económica, no son consideradas. Señalan que una mujer no puede ser, es algo que no pertenece a la categoría ser (Kristeva: 1981). La categoría mujer es una ficción y los esfuerzos feministas deben estar dirigidos a su deconstrucción. Más este camino puede impli- car incluso el fin mismo del feminismo como epistemología y movimiento político (aspecto que se verá más adelante).

Al respecto Herrieta Moore (reconocida feminista posmoderna) cuestiona la construcción de dos categorías discretas para el sexo y dos para el género y considera que difícilmente se podría defender un universal “mujer”, ello es así, en la medida en que la cultura occidental es la que suele contraponer la noción de naturaleza a la de cultura; pero no todas las culturas miran dicha contraposición como parte de su análisis. Por tanto, no se debe apelar a aspiraciones universalistas sobre la situación social de las mujeres, además de que “la afirmación del universal “mujer” puede ser el vehículo de dominación de una parte de las mujeres, que ocupan situaciones de privilegio relativo, sobre el resto, o un modo de conseguir alianzas en la defensa de intereses particulares apelando a unos supuestos intereses universales” (Izquierdo; 1998: 37).

Otras feministas posmodernas retienen el concepto de género, como sujeto cen- tral del análisis, por ejemplo para Flax lo determinante son las “relaciones de género” y para De Lauretis lo son las “representaciones” de una relación. Por otra parte, hay quienes abogan por estudiar la pluralidad de las diferencias, donde el género pierda su importancia en el análisis.

Se observa como la corriente feminista posmoderna se acerca más a los pos- modernistas que a otras corrientes teóricas feministas, en el tanto ambos critican la ciencia masculina, racional, el poder que está implícito en sus prácticas y construcción de conocimiento, los valores que los acompaña y las conclusiones que promueven. Por ello, a veces se distancia de otras posturas teóricas feministas —como la liberal—, por no prestar atención a la diversidad histórica y cultural de las mujeres, y generalizar para todas lo que es aplicable para algunas. A esta crítica se han unido, gran cantidad de mujeres tercermundistas.

El posmodernismo ataca los discursos totalizadores y desde ese punto apoya la diversidad del discurso —tal cual lo plantean muchas feministas—, es en ese campo en el que ambas posturas se acercan. Más hay otros aspectos que las feministas critican del mismo posmodernismo. Al respecto Owens (1986) señala:

“Aunque los críticos masculinos comprensivos respetan el feminismo (un tema viejo: el respeto a las mujeres) y le desean buena suerte, en general han rechazado el diálogo al que sus colegas femeninas tratan de incorporarles. A veces se acusa a las mujeres feministas por ir demasiado lejos, y otras de ir lo bastante lejos. Normalmente la voz feminista se considera como una entre mu- chas, y su insistencia en la diferencia como del testimonio del pluralismo de los tiempos. Así el feminismo se asimila rápidamente a toda serie de movimientos de liberación o autodeterminación” (Owens; 1986: 100).

Esta crítica tiene que ver con la necesidad de muchos sectores de evitar pensar en “las mujeres” y sus particularidades, en tanto sujeta que interactúa cotidianamente con los “otros” masculinos, que excluyen a las mismas. Evitar la discusión, a pesar de la “aceptación”, es una invitación a medias, en el tanto no es posible establecer un diálogo que enriquezca teóricamente a ambas partes. Evidentemente, los posmodernistas no necesariamente escapan a dichas actitudes que sutilmente marginan a sus colegas.

Sin embargo, son varios los postulados que feministas han tomado del pensa- miento posmoderno, como es el tema de la diversidad. Con respecto a la diversidad el feminismo posmoderno aboga por las identidades fracturadas en tanto mujer-blanca, mujer-occidental, mujer lesbiana, mujer centroamericana, mujer india, mujer de base, mujer tercermundista, etcétera (Harding: 1986). Existe una multiplicidad de identidades, buscando la solidaridad en nuestra oposición a la ficción de una meta humana.

Nancy Fraser (1991), reconocida teórica feminista posmoderna, considera que el feminismo como teoría crítica de nuestra sociedad, debe definirse desde nuestras propias exigencias, debe tomar lo que le sirve, y reformular desde sus propias demandas lo que le es negativo y va en contracorriente. De esta forma debe tomar de la filosofía, la sociología el psicoanálisis, etcétera, aquellos aspectos que le son de utilidad para explicar y hacer visible la subordinación de las mujeres. Dicho planteamiento suele ser visto como pramágtico-político, pues dicha postura remite al “tomo mi bien de donde quiera que lo encuentre” tal cual lo formula la misma autora. Sin embargo, dicho planteamiento pragmático indudablemente remite a la necesidad de contar con criterios muy elaborados acerca de qué es “el propio bien”. Desde este enfoque, por ejemplo, para Fraser2 Foucault, “no sería un buen marido, pero sí puede ser un

2. Por lo general Fraser, Benhabib, Butler y Cornell discuten y dialogan entre ellas, en tanto a pesar de que su postura es postmodernista, cada cual tiene propuestas analíticas que se diferencian en el ámbito teórico. El feminismo de Benhabib tiene una orientación habermasiana; el de Butler foucaultiana; el de Fraser pragmatista y el de Cornell lacaniano-derrideana (Amorós: 1997). buen “amante ocasional”. En tanto, hay aspectos de su teoría que son pertinentes para entender las relaciones de poder, más la ausencia de la mujer como sujeto social en su perspectiva teórica, conlleva una serie de limitaciones analíticas3.

Para las feministas posmodernas es importante plantearse el tema del sujeto —mujer— a partir de la muerte del sujeto de la modernidad o la reconstrucción del este. Benhabid distingue entre una postura “débil” y una “fuerte” al respecto. La versión débil plantea la necesidad de depurar el perfil genérico masculino, en tanto, desmitificación del sujeto masculino de la razón. Propuesta que retoma el feminismo en general. Si la conciencia feminista existe y esta conciencia supone lo que la mo- dernidad ha entendido por sujeto, entonces no se puede hablar de muerte del sujeto moderno. En la medida en que se postula por el desarrollo de una actitud reflexiva del ser-mujer, que resignifique, re-interprete, transgreda a partir de un sujeto/, que interrumpa la cadena del significado constituida, y para ello se necesita del desarrollo de discursos que han sido plasmados por otros/as sujetos/as.

Las resignificaciones del mundo masculino, son vistas en este caso como po- sitivas, en el tanto pueden ser liberadoras, a pesar de estar formuladas a partir de sus discursos y construcciones simbólicas. Butler considera que las re-significaciones que funcionan, no son las críticas, sino las transgresoras (Amorós; 1997).

Por ello, se opta en la mayoría de los casos, por recuperar y revalorizar las obras que anteriormente fueron marginadas y subestimadas de las mujeres, de su cultura y de su experiencia particular. Considerar, desde su punto de vista la existencia de las mujeres desde la diferencia, es vital, pero debemos evitar pensar esta diferencia desde el pensamiento binario. Romper con el pensamiento binario, para evitar la forma dominante de representar las diferencias y justificar la subordinación de las mujeres en la sociedad. Debemos pensar en la diferencia sin oposición (Owens: 1986).

Sin embargo, llegado a este punto preguntamos, si el feminismo posmoderno puede rescatar al feminismo como epistemología. Si se rechaza lo universal, si no se puede hacer teoría que nos abarque como sujetos mujeres, si debemos renunciar a los conceptos como “género”, entonces ¿qué nos queda? Este es un problema que se ha venido planteando dentro del feminismo, y que aún no está resuelto.

. La crítica feminista señala que la teoría de Foucault no sirve para explicar las relaciones de poder desde las relaciones de género, es un trabajo que no se compromete con el feminismo e ignora en muchos casos a las mujeres. A pesar de que habla del cuerpo como un centro en el que el poder ejerce control y dominio, no toma en cuenta que no todos los cuerpos son iguales y que por tanto los efectos del poder no son iguales para todos / as, los y las sujetas/os no tienen capacidad de actuar y decidir, el biopoder controla todo, desde esta perspectiva no hay capacidad de resistir, así como la incapacidad que tiene de percibir las injusticias (estas son algunos aspectos que feministas como Nancy Fraser, Monique Deveaux y Sandra Bartry han formulado). Si se desea profundizar sobre el tema referirse ha: Ramazanoglu, Caroline (1993), Explotations of some tensions between Foucault and Femenism. London Routledge; Mac, Ney, Lois.(1992), Foucault and feminism. Northeastern University PUESS, Boston, USA y Deveaux, Monique (1994) “Feminism and empowerment: a critical reading of Foucault”, en Feminist Studies 20, Nº 2 (summer, 1994). fragmentación, lleva a veces a escisiones irreconciliables acerca de las mujeres, en tanto todas están marcadas por otros aspectos que nos “determinan” como la cla- se, la raza, la cultura. Si bien la fragmentación que puede generar la diversidad es cierta, es palpable la importancia que tiene reconocer las minorías, y con ellas las diferencias entre las mujeres, tomando en cuenta que una posición extrema ya sea de la fragmentación o de la universalización impiden la construcción social de las mujeres como sujeto social. Quien más se ha interesado en profundizar la diferencia como respuesta a la visión universalista es Luce Irigaray, representante del feminismo europeo, que considera necesario un cambio cultural para lograr la justicia social. Analiza la condición de las mujeres asumiendo una posición crítica frente a posturas filosóficas, antropológicas y psicoanalistas, con el fin de construir una corriente teórica que explique la subordinación de las mujeres. Se ha considerado como a Luce Irigaray por la influencia que su propuesta a tenido entre las teóricas feministas europeas y latinoamericanas, en especial aquellas que desde una perspectiva psicoanalista y/o filosófica desarrollan reflexiones teóricas o explicaciones empíricas acerca de la relación intra e intergenérica.

2. LUCE IRIGARAY Y EL FEMINISMO DE LA DIFERENCIA

Postura que sus exponentes no la califican como únicamente feminista, ello por considerar que la ética feminista tiene una tradición de la ilustración, a pesar de que varias de sus corrientes proceden de la crítica a la modernidad, al proyecto ilustrado y a la concepción del sujeto del humanismo. Así el feminismo de la “diferencia sexual”, se distancia de aquellas teorías feministas que desde la tradición de la “ilustración” construyen sus análisis, y con ello se acerca al enfoque posmoderno que se distancia de dichas propuestas universalistas. El feminismo de la diferencia como corriente teórica ha tenido una gran influencia en distintas posturas del feminismo —no sólo del posmoderno—, principalmente europeo —italiano y francés— y americano, tanto del norte como en el cono sur.

Una de las primeras exponentes fue Luce Irigaray autora francesa formada en el psicoanálisis, discípula heterodoxa y crítica de Lacan; fuertemente influenciada por sus concepciones del inconsciente, el orden simbólico y el sujeto, así como por una influencia heideggeriana. Irigaray retoma la crítica del pensamiento representa- tivo y del sujeto de la modernidad planteada por Heidegger, y la transcribe, desde la teoría feminista en la teoría de “la diferencia sexual”. En este caso “el olvido del ser” para Irigaray remite al “olvido de la diferencia sexual” la causa del “Desamparo y la desorientación del hombre moderno”. El “olvido del ser” como desarraigo —con la consiguiente búsqueda heideggerina de un nuevo modo de habitar la tierra—, puede ser asumido como el olvido de la Hestia, la divinidad griega femenina guardiana del fuego del hogar, a favor de los dioses masculinos que instituyó el platonismo.

Así, Irigaray se propone restaurar con su teoría los significados del ser y el habitar (1997). Dada su visión, considera, que es un error del feminismo plantearse sus vindicaciones y estudios desde la modernidad e incluso la crítica a esta. Con el planteamiento igualitarista, las feministas corren el peligro “de estar trabajando por la destrucción de las mujeres, más generalmente de todos los valores”. Por ello considera que se necesita platear la cuestión a partir de “una fundamentación distinta a aquella sobre la que se erige el mundo de los hombres”. Para ello es necesario recuperar a las mujeres como sujetos sexuados diferentes de los varones, en lugar de tomar posiciones en un mundo presuntamente neutro. Esto es necesario, en el tanto es el orden simbólico masculino el que desde siempre ha definido a las mujeres como sujetos sexuados. En opinión de Irigaray el orden masculino no ha dejado espacio para que se exprese su verdadera diferencia. Sino que las ha homologado al ámbito de lo uno y lo mismo representado por el falo. Desde su perspectiva, no es posible que las mujeres construyan su identidad desde un discurso masculino, que ubica a las mujeres como el “otro”. Por ello, es determinante, romper con el discurso del logos, fálico, dedicándose a explorar el cuerpo y la experiencia del placer sexual de las mujeres como bases idóneas para la construcción de una nueva subjetividad femenina. Se debe desarrollar una centralidad en la mujer, en el sujeto mujer, pensar su cuerpo, su ser, desde sí misma. Como sus propios “labios”, que hace alusión al sexo de las mujeres y que está constituido en sí mismo como una unidad, no en oposición dicotómica de sus partes. En ellos reside pues, el misterio de la identidad femenina, de su recogimiento sobre sí misma o de su extraña palabra del silencio.

La propuesta de Irigaray rompe con la tradición fálica de la representación del cuerpo femenino. Tradición que vemos ilustrada desde Aristóteles, el cual consideraba a la mujer como un varón fallido, a Lacan, quien afirmaba que la “mujer no existe”, así como, que caracterizaba a la mujer, por la ausencia del pene y la envidia de la mujer por el mismo.

Irigaray propone, no una emancipación desde la tradición ilustrada, porque equivale a aceptar el orden falocéntrinco masculino. Propone promover un cambio de época, en el sentido heideggeriano, marcado por el advenimiento de “la diferencia sexual”, lo que significa un cambio en “las formas de habitar los lugares y las envol- turas de la identidad”. “La mujer deberá habitar su lugar y no ser un lugar para otro, reencontrándose consigo misma, “como mujer y como madre”, lo que lleva consigo una modificación en la concepción del espacio-tiempo que caracterizará la nueva era” (Amorós; 1997: 393). Va más allá de la idea del feminismo de la igualdad que considera el reparto equitativo del espacio y el tiempo entre los géneros, como lo señalaba Virginia Woolf la mujer “una habitación propia”.

Por su parte, Irigaray considera que el cumplimiento de la diferencia sexual hará posible el encuentro entre los sexos, a través de un lenguaje re-generado, como “celebración” y como “fiesta”, como “resurrección y transfiguración de la carne y de la sangre”. “Se sugiere de este modo que “el pensamiento de la diferencia sexual” tiene las verdaderas claves para sellar un tratado de paz perpetua entre los sexos que lleve a la re-generación de la pareja humana (sólo que el problema de las relaciones de poder se encuentra en buena medida desplazado al de la simbólica)” (Ídem:

2.1 LA IDENTIDAD SEXUADA

Particularmente en su libro “Yo, tu, nosotras” Irigaray habla de la necesidad de construir una identidad a partir de la sexualidad de cada género, en el caso del género femenino, pasa por la necesidad de considerar el valor de las mujeres en cuanto a su ser genérico —y no únicamente como madres—, lo cual permitirá a su vez disfrutar de los derechos sexuados. “Son siglos de valores socioculturales los que hay que revi- sar y transformar, empezando por las mujeres mismas” (Irigaray; 1992: 9). Considera que reclamar la igualdad es una expresión equivocada, porque implica un término de comparación, al respecto se pregunta: ¿A quién o a qué desean igualarse más mujeres? ¿A los hombres?, ¿a su salario?, ¿a un modelo?, ¿a un puesto público?

La condición de las mujeres, su posición y condición secundaria que ocupan en el mundo “masculino” está basada en la diferencia sexual y es justamente, desde las diferencias, en donde las mujeres podrán resolver su situación. Su propuesta no es neutral, no promueve la “neutralización” que desde su visión algunas feministas promueven; por el contrario enfatiza la diferencia, porque considera que la especie humana está dividida en dos géneros que son los que aseguran la producción y repro- ducción de la especie, sino fueran por las diferencias, no existiríamos:

“Querer suprimir la diferencia sexual implica el genocidio más radical de cuantas formas de destrucción ha conocido la historia” (Irigaray; 1992: 10).

Por tal motivo, lo importante desde su perspectiva es definir los valores de la pertenencia a un género que resulten aceptables para ambos sexos, para lo cual es necesario, devolver ciertos valores culturales a la sexualidad. Tres aspectos, son los centrales en la época actual:

1. La diferencia sexual, la cual es imprescindible para el mantenimiento de la especie, no tanto por la procreación, sino por residir en ella la re- generación de la vida. Es un aspecto al que la sociedad occidental no ha prestado suficiente atención, razón por la cual el carácter de la sexualidad es más bien pobre, mecánico, regresivo y a veces es más perverso que la sexualidad animal.

2. La sexualidad está vinculada a la cultura y a sus lenguajes; a pesar de que se pretende ver el mismo, como un asunto separado de la civilización. La sexualidad no escapa a las normas sociales pero se la pretende ver como fuera de la sociedad, por ello, considera que el futuro de la civilización necesita una cultura sexuada; al menos u oculta.

3. La idea de volver a retomar una “cultura sexuada” debe ir acompañada de valores diferentes, es necesario modificar los valores universales masculinos por responder al dominio masculino sobre las mujeres, lo que devela la
necesidad de cambiar las relaciones patrilineales masculinas, por ocultar, inhibir y subordinar las relaciones genealógicas de las madres-hijas, así como las relaciones cruzadas madres-hijos, padres-hijas, al privilegiar la relación patriarcal padre-hijo.

2.2 LENGUAJE Y CULTURA

El devenir patriarcal de la cultura se manifiesta en la evolución de las relacio- nes entre los sexos, y se inscribe también en “la economía profunda de la lengua”. Irigaray considera que la lengua contiene la diferencia sexual al informar a esta —la lengua— de los patrones culturales históricos. De ahí que determina los pronominales, los adjetivos posesivos, el género de las palabras y la división de las clases gramaticales. La lengua y las relaciones de género devienen de la cultura, de los contextos socio- históricos en las que se producen impresionantemente, las civilizaciones patriarcales han disminuido tanto el valor de lo femenino que la realidad y la descripción del mundo son inexactos:

“En lugar de construir un género diferente, el fenómeno en nuestras lenguas se ha convertido en un no-masculino, es decir, en una realidad abstracta sin existencia … El orden lingüístico patriarcal las excluye y las niega. Hablar con sentido y coherencia y ser mujer no es compatible” (Irigaray; 1992: 18).

Al vivir en un mundo masculino, con lenguaje masculino, las mujeres en general vivimos por principio como asexuadas, o neutras en un plano de la cultura. Si decidi- mos entrar al mundo cultural intermasculino —como el espacio público— se obliga a la mayor parte de las mujeres, incluidas las feministas, a renunciar a su subjetividad femenina y a las relaciones con sus iguales, el efecto general, es un empobrecimiento de la cultura, que se ve reducida a un solo polo de la identidad sexual.

Las contradicciones de la cultura llaman al cambio cultural del cual hoy apenas sabemos nada. Así, Irigaray defiende el derecho a la dignidad humana para todos y a que ese derecho sea efectivo, debe ser un derecho que reconozca y valore las diferencias. Ello porque los sujetos no son iguales, ni idénticos, y además; no conviene que lo sean; particularmente en el caso de los sexos, de ahí propone su feminismo de la diferencia, lo cual es, desde su punto de vista; adecuadamente conveniente para el desarrollo y subsistencia de la especie humana.

Irigaray realizó varias investigaciones con el objetivo de observar las marcas sexuadas del discurso4. Considera al respecto que al ser el discurso sexuado la lengua también lo es, lo es por algunas de sus reglas fundamentales, lo es por el género de las palabras repartidas de una manera no ajena a las connotaciones o a las propiedades sexuales, lo es también por su corpus léxico, “las diferencias entre el discurso masculino y femenino son, pues, producto de la lengua y de la sociedad, de la sociedad y de la lengua. La una no puede cambiar sin la otra” (Ídem: 30).

Por eso, desde su perspectiva, pensar en llevar a cabo una liberación sexual son cambios en las leyes lingüísticas, relativas a los géneros no es posible. Su propuesta al respecto refiere a la posibilidad de mantener la sexualidad en el lenguaje. Pero hay que encontrar un nuevo equilibrio para las relaciones entre los sexos en la lengua, la sociedad y la cultura. “Sin renunciar a poner en palabras la diferencia sexual, es conveniente que las mujeres sean más capaces de situarse a sí mismas como un yo, yo-ella(s), de representarse como sujetos y de hablar con otras mujeres. Esto requiere una evolución subjetiva y un cambio en las reglas de la lengua, el cual contribuirá a hacer visible y patente a las mujeres. Para los hombres, el tú originalmente materno femenino, se pierde en beneficio del él; al parecer, hace notar Irigaray, en las mujeres hace falta la transición tú-ella-tú; y se anula con ello el tú materno y el yo femenino. “Un orden que no es arbitrario, sino que está motivado por leyes que han escapado a los lingüísticos” (Ídem; 32).

En el discurso de los hombres el mundo suele designarse como un conjunto de inanimados abstractos integrados en el universo del sujeto. Las mujeres designan a los hombres como sujetos (solo en la transferencia psicoanalítica no) y al mundo como un conjunto de inanimados concretos que pertenecen al universo del otro. Hay un distanciamiento que establece con el entorno, al no subjetivarlo como suyo. Lo que se debe al tipo de lenguaje, de discurso propio de otro momento histórico. El mundo evoluciona, cambia, pero en el lenguaje se puede apreciar una resistencia a la transformación que tanto mujeres como varones portan en su conducta individual, social y formas de relacionarse (Irigaray; 1982).

En general, en cuanto a la cultura Irigaray señala cómo en un mundo con sello “masculino” la naturaleza de las mujeres y sus aportaciones no es reconocida. Considera que la civilización occidental (más no está del todo excluida la oriental) presentan dos anomalías, dos injusticias, dos represiones:

1. Las mujeres que han dado vida y crecimiento al otro en ellas son excluidas del orden del mismo-que-ellos, que los hombres han elaborado.

2. La niña, aunque concebida de hombres y mujeres, no es admitida en la sociedad como hija del padre con el mismo trato que el hijo.

Las dificultades que existen en la sociedad para reconocer los derechos sociales y políticos de las mujeres gira en torno a la relación biología-cultura; por eso, no se debe desviar que se debe poner con respecto a lo biológico, pues se excluiría a las explicaciones sociales que se dan sobre lo biológico:
“Rechazar hoy día toda explicación de tipo biológico —porque la biología, paradójicamente, haya servido para explotar a las mujeres— es negar la clave interpretativa de la explotación misma. Ello significa también mantenerse en la ingenuidad cultural que se remonta al establecimiento del reino de los dioses-hombres… Así pues, para obtener un estatuto subjetivo equivalente al de los hombres, las mujeres deben hacer que se reconozca su DIFERENCIA”5 (Ídem: 44).

Finalmente, al respecto, señala la autora que retomar y rescatar la relación madre-hija permitiría a la “hija” construirse como sujeto y a la madre reconstruir su condición de mujer-sujeto.

3. LECTURA CRÍTICA

A continuación se presenta algunas críticas que se le pueden formular a la postura de Luce Irigaray, sin dejar de lado por supuesto sus contribuciones; las cuales, hoy día están presentes y muchas formulaciones teóricas, así como reflexiones empíricas.

En general se considera que la adopción del post modernismo, puede implicar la destrucción del feminismo, puesto que se abandonan procesos de construcción identitarios colectivos que permitan el reconocimiento de “las mujeres” en las otras mujeres. La diversidad puede llevar a la fragmentación identitaria.

Con el escepticismo de las feministas posmodernas se pone en duda la posibi- lidad de hacer teoría desde las mujeres, cuando es tan reciente la posibilidad que nos hemos dado de pensar a las mujeres. Apenas se comienza a plantear la posibilidad de formular teorías acerca del mundo, y ya se comienza a platear la duda de si vale la pena hacer teoría.

El posmodernismo feminista aboga por eliminar al género como categoría de análisis, en tanto se plantea la necesidad de orientarnos por el desarrollo analítico de las interminables diferencias entre las mujeres, lo que nos llevaría a la aceptación de un individualismo abstracto y esotérico. Se termina convirtiendo a la categoría “mujer” en una ficción. Este planteamiento niega al género como temática de análisis.

Por su parte Catherine Mackinnon ha criticado fuertemente el feminismo de la diferencia y replanteó lo que para ella era esencial en el género: “El género es des- igualdad de poder, un estatus social basado en quien le permite hacerle algo a quien … La desigualdad viene primero, la diferencia después” (Mckinnon; 1987: 8). Para dicha autora el género, además de ser diferente implica una relación jerárquica en la que ambos sexos son igualmente diferentes pero no igualmente poderosos.

El feminismo, trae consigo una teoría de poder y la necesidad de diferenciar los aspectos específicos de la experiencia de las mujeres. De Lauretis mira la diferencia al interior del género femenino, para ella hay diferencias sustanciales entre estudiar a mujeres que se maquillan y mujeres que usan velo, por tanto hay diferencias dentro del género con respecto a las representaciones de sus relaciones sociales, es decir con respecto a los contextos particulares. Por consiguiente, el feminismo tiene una identidad plural y no unitaria: las mujeres.

Otra crítica que se suele formular a la exaltación de lo femenino es que se parte de que todos los hombres son iguales, y por tanto todos tienen la misma posibilidad de oprimir a las mujeres, se consideraba que en general, los oprimidos no han sido dañados psicológica, física y espiritualmente por la “Explotación” de la que también son víctimas.

También al exaltarse lo femenino se lleva la idea de una esencia femenina, una especificidad que hace que nos diferenciemos de los hombres a partir de aspectos que implican a su vez la discriminación y subordinación.

Otra crítica remite al concepto de “género” en sí y su planteamiento como una categoría. Más allá del género como una propiedad, este debe ser considerado como una relación social. Si no destacamos las relaciones podemos ver el género como una “oposición fundamental de seres inherentes opuestos y no seremos capaces de iden- tificar las variedades y las diversas formas de poder de las mujeres y de los hombres” (Flax: 1986: 71). Esta postura es importante porque permite mirar a las mujeres como personas no necesariamente desempoderadas, sino que abre la posibilidad a mirar el poder de las mujeres en relación con otros poderes.

Flax coincide con De Lauretis al concebir al género como una representación de una relación y plantea el dilema de su universalidad como temática del feminis- mo. El género en tanto representación de una relación, tiene como base la relación misma. “La construcción del género es al mimo tiempo el producto y el proceso de representación” (De Lauretis; 1987: 5). Por tanto, lo que las mujeres compartimos universalmente es un proceso de generalización contextualizado, histórico, múltiple y con- tradictorio.

A pesar de que autoras como Mackinnon y Harding coinciden en la crítica que se hace al feminismo de la diferencia. Ambas consideran que otro problema de la teoría feminista es que se basa en un análisis dicotómico, en el cual se recrea el dualismo: sexo-género. Para Mackinnon a pesar de que el dualismo no es la mejor forma de análisis, la relación sexo-género permite estudiar las relaciones entre los géneros desde una perspectiva más amplia, y por tanto, hay que hacer uso de la mis- ma. Harding por su parte considera que en efecto, al estar la epistemología feminista en un período de transición, hay que tolerar las tensiones, paradojas y postulados aún no resueltos. Por ahora, es necesario vivir con las contradicciones, a pesar de la dicotomía analítica, en el tanto permite distinguir entre naturaleza y cultura, entre sexo y género, que responde a corrientes sociobiológicas, que ponen el acento en la naturaleza y no en lo social (Sharratt: 1993).

Lo que sí se cuestiona fuertemente, es la noción universal de mujer, ya que el proceso de construcción de la “generización” se logra a través de múltiples represen- taciones influenciadas por las clases sociales, raza, lenguaje y relaciones sociales. No existe una única mujer, sino multiplicidad de mujeres. Las relaciones de género no tienen una esencia, varían a través del tiempo. Por tanto, debemos tomar en cuenta las diferencias entre las mujeres y las diferencias dentro de las mujeres.

Por otra parte se tiene que feminismo de la diferencia se centra en considerar al género como una esencia inamovible y estable. El planteamiento de “sexo” y “gé- nero” ha llevado a imágenes de inmovilidad y permanencia en el tiempo. E implica cierta inevitabilidad. El uso que hacemos de “identidad de género”, lleva a la idea de la identidad como destino y el género como su eterno acompañante. El género no es una propiedad de nuestros cuerpos y mucho menos algo que existe en los seres humanos, implica procesos de construcción que no es lineal o se construye de acuerdo con nuestros cuerpos, nuestras conductas y nuestras relaciones sociales, por tanto es cambiante, y no existe una única identidad de género, aunque podemos concebir o tener una imagen “ideal” de la identidad de género femenina.

Esta pequeña caracterización y problematización con respecto al tema del gé- nero, nos permite visualizar las diferencias en las interpretaciones y aspectos teóricos con respecto a este. Sin embargo, las diferencias no niegan la necesidad de estudiar el género, en tanto implicaría negar las relaciones sociales que validan la relación de desigualdad de las mujeres. Varios son los esfuerzos analíticos que dan respuesta epistemológica a la ciencia positivista y postpositivista, visión de ciencia que ha sido dominante, entre ellos podemos destacar al feminismo empírico, el feminismo del punto de partida6 y el feminismo postmodernista y corrientes puente. En este trabajo, analizaremos la tercera opción, en tanto tema de interés en el presente trabajo.

6. Este feminismo parte del conocimiento desde la perspectiva de las mujeres. Su respuesta epistemológica está basada en la metodología marxista; se apoya en la filosofía de Hegel y está comprometida con el proyecto de crear una ciencia sucesora. En su esencia, es una teoría de la generalización de las tareas, del trabajo y de la experiencia social. Es una posición antirracionalista e intenta revalorizar lo femenino. Aboga por el concepto de la “diferencia” y celebra lo “irracional”. Propone una ciencia sucesora basada en las experiencias de las mujeres, que debido a las actividades humanas, poseen una experiencia diferente, y por tanto, más compleja y más humana que la que poseen los hombres en el patriarcado. La división sexual del trabajo conforma la base de una visión o perspectiva. Relaciona a las mujeres como contribuyentes en la sobrevivencia y como madres. Su intención no es sustituir un género por otro, sino lograr una perspectiva libre de generización (Sharratt: 1993).

Feministas de reconocida trayectoria como Amorós y Benhabid mantienen distancia con la teoría posmoderna en general. Amorós señala que la posmodernidad no siempre es un buen aliado y que se debería estar en guardia contra las maniobras de seducción. Benhabid por su parte, considera la alianza entre la posmodernidad y el feminismo como una “difícil alianza”, si bien ambas posturas parten de críticas semejantes como es la crítica a la ilustración y al racionalismo occidental, estas no siguen el mismo camino. Butler, estima que la rúbrica de “lo posmoderno” que se usa para agrupar posiciones, tan distintas entre sí como puede ser el postfuncionalismo y la deconstrucción, tiene en sí un gesto de “dominio conceptual” sintomático del autoritarismo. La discusión Benhabid-Butler acerca de la relación del feminismo con la posmodernidad se modifica al convertirse en un debate sobre la capacidad analítica de la teoría crítica y el posmodernismo, que desde la perspectiva de Butler ambas se pueden integrar en un paradigma “feminista pragmático y fabilista”, tomándose así lo que sirve.

Owens, señala que al posmodernismo hay que mirarlo con cuidado, y que a pesar de que hay aspectos en los que se coinciden no se puede dejar de lado que mu- chas de las producciones artísticas y teóricas de dicha corriente han dejado de lado el tema de las mujeres y las relaciones de desigualdad con los varones. Ante esta falta de criticidad, vemos en su producción planteamientos tradicionales en cuanto a las relaciones genéricas, se nota incluso en el ámbito de la elaboración de imágenes a las mujeres desarrollando actividades tradicionales propias de la sociedad falocéntrica y patriarcal. Tal es el caso de la representación de Laurie Anderson Americans on the Move7 en donde se perciben imágenes claramente masculinas dominantes.

CONCLUSIONES

A pesar de las críticas no hay duda que Luce Irigaray se ubica dentro de las autoras que han tratado de distanciarse de propuestas clásicas como las freudianas y lacanianas de la constitución de las mujeres como sujetos sociales e individuales.

Deleuze y Guattari, criticando a Lacan y apoyándose en Wilhem Reich, plantean en su texto “El Antiedipo” que no existe más que el deseo y la producción social de la realidad y que el deseo no es carencia y el inconsciente no es representativo, sino productivo. Ambos critican el “familiaricentrismo del psicoanálisis” y proponen el esquizoanálisis como una alternativa para estudiar al inconsciente como “máquina deseante”. Para ellos la posición de “mujer” se reinvierte y redefine. “Ahora cobra un papel clave en la deconstrucción de la subjetividad logo-falocéntrica y dará nombre a una identidad fluida no edipiana que reclaman Deleuze y Guattari como subversiva
del orden capitalista y del poder. Esta identidad estará a disposición de hombres y mujeres que no quieran complicidades con el sistema” (Amorós; 1997: 327).

Sin embargo, ambos autores hacen abstracción de hombres y mujeres empíricos para desplazarlo todo a posiciones en la economía del deseo posible de ser superadas a través del manejo que el propio mercado permite. Consideran que las diferencias de género están dadas por problemas de poder y que esta relación de poder se borra por el procedimiento del sistema.

No ha sido fácil construir una teoría del sujeto mujer alternativa, Luce Irigaray, lo intenta, se distancia y critica a Lacan, pero su propuesta está prendida de supuestos lacanianos. La diferencia femenina, que es por autonomansia, no se puede definir por estar fuera del logos, y por tanto no se figura como un sujeto alternativo al sujeto masculino falocéntrico; sino como una alternativa de alteridad respecto al sujeto, que es masculino.

Por eso, considero que es indudable que tenemos la tarea de desarrollar teorías que mantengan la temática del género y que a su vez considere las diferencias y las distintas realidades de las mujeres. Lo que se necesita, no es eliminar toda teoría por andro y falocéntrica, sino desechar los planteamientos que tienden a ser esencialistas, etnocéntricos y cultural e históricamente parcializados; tal y como lo han hecho las feministas posmodernas.

Por otra parte, los planteamientos de las feministas posmodernas, como se observó en el trabajo, cuentan con problemas teóricos, al parecer, no es sencillo construir una teoría que sea coherente con las necesidades políticas de las mujeres, que dé cuenta de la problemática, desigualdades, inequidades y subordinación de las mujeres, sin caer, a veces, en planteamientos esencialistas o bien en particularismos, que no conducen a explicaciones teóricas.

Un aspecto central y aún problemático se relaciona con el tema de la cons- trucción de la identidad o subjetividad femenina. El problema central estriba en el uso que se hace de las corrientes psicoanalistas, pues son las que principalmente dan respuesta a la constitución de las identidades, sin embargo, es en esa área en la que han existido explicaciones profundamente sexistas. Por un lado se tiene al psicoa- nálisis (freudiana), el cual indudablemente ha tenido gran influencia en las ciencias sociales, no cabe duda que sus explicaciones más clásicas han tendido ha cosificar a las mujeres. La otra corriente del psicoanálisis no escapa a dicha tendencia, nos referimos a Lacan, que tienden a ganar terreno analítico en los últimos años. Femi- nistas posmodernas formadas en el psicoanálisis han hecho reelaboraciones, pero sus planteamientos por lo general quedan presos en dichas explicaciones. Habría que crear una teoría alternativa en su conjunto, para quizás desde allí dar explicaciones coherentes a sus propias posturas.

Por otro lado, con respecto al tema de la subjetividad están los planteamientos elaborados desde la sociología, sin embargo, dichos teóricos (como Giddens, Turner, Goffman, Berger y Luhman) no tienen como norte el tema de la construcción identi- taria del sujeto con respecto a su género, o bien la constitución de la identidad sexual de las personas, y las implicaciones que de ello se derivan. A su vez, sus propuestas al tener un fuerte énfasis en lo sociológico dejan sin explicar algunos aspectos que Eric Erikson llamaría “la mismisidad del yo”, que es la parte más íntima, individual y particular que el individuo construye más allá del contexto social y las influencias que este ejerce sobre la persona.

Con respecto a las críticas que algunas de las feministas posmodernas formu- lan al posmodernismo, pensamos que son válidas y fundadas, pues los posmodernos más influyentes y consolidados (Lyotard, Vattimo, y otros) han ignorado el tema del feminismo por completo, esto a pesar de que sus explicaciones se nutren de dicha corriente, al ilustrar al “movimiento feminista”, como una propuesta que al romper con cánones establecidos y hacer valer otras “verdades” no asumidas por la sociedad occidental, se convierten en promotoras de los postulados posmodernos. Sin embargo, no consideran a sus homólogas como interlocutoras en el debate modernidad-pos- modernidad.

Más allá de las debilidades de las feministas posmodernas y de los posmoder- nistas, se considera que es una corriente profundamente rupturista y que su alto nivel de criticidad con respecto a la sociedad, permite valorar espacios y temas novedosos a abordar, así como la necesidad de repensar y cuestionar todo lo que se daba por “verdad” hasta hace pocas décadas.

BIBLIOGRAFÍA

Amorós, Celia (1997). Tiempo de feminismo. Sobre feminismo, proyecto ilustrado y posmodernidad. Madrid, Ediciones Cátedra, Universidad de Valencia e Instituto de la Mujer.

Benhabid, Judith Butler, Drucilla Cornell, Nancy Fraser (1995). Feminist Contentions. New York y Londres, Rutledge.

Bordo, Susan (1990). “Feminism, posmodernism, and Gender- Scepticism”. En: Feminism/Posmodernism. Edited for Linda Nicholson, New York: Rutledge.

Flax, Jane (1986). “Posmodernism and Gender Relation in feminist theory”. En: Feminist theory in practice and process. Chicago, The University of Chicago Press.

Flax, Jane (1990). Thinking fragments: Psychoanalisis, feminism and posmodernism in the contemporary west. Berkeley: University of California Press.

Harding, Sandra (1986). “Introduction: Is there a feminist Method?”. En: Feminism and methodology, pp. 1-14. Indianapolis, Indiana University Press.

Irigaray, Luce (1998). Ser Dos. Argentina, Editorial Paidós.

Irigaray, Luce (1993). An Ethics of Sexual Difference. United Satates of America, Cornell University Press. Translated by Carolyn Burke and Gillian C. Gill.

(1992). Yo, tú, nosotras. Madrid, Ediciones Catedra –Feminismos–.

(1982). Ese sexo que no es uno. Madrid, Saltés (obra original francés es de 1977). Izquierdo,
María Jesús (1998). El malestar en la desigualdad. España, Ediciones Cátedra. Feminismos.
Lovibond, Sabina (1992). “Feminismo y posmodernismo”. En. Debate Feminista. Año 3, vol. 5, marzo 1992.

Lyotard, Jean-François (1998). La condición posmoderna. Madrid-España, Ediciones Cátedra.

Ortega, Félix (1992). “Las mujeres en la posmodernidad”. En: Debate Feminista. Año 3, vol. 5, marzo 1992.

Owens, Craig (1986). “El discurso de los otros: las feministas y el posmodernismo”. En: Halfoster (com- piladora). La posmodernidad. Kairos, Barcelona.

Sharrat, Sara (1993). Feminismo y ciencia: una relación problemática. Costa Rica, Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), Cuadernos de Ciencias Sociales Nº 65.

Soper, Kate (1992). “El posmodernismo y sus malestares”. En: Debate Feminista. Año 3, vol. 5, marzo 1992

error: Content is protected !!