“TE QUIERO… PERO NO TE AMO….” Algo más sobre el amor y el malestar en las parejas

“TE QUIERO… PERO NO TE AMO….” Algo más sobre el amor y el malestar en las parejas

[ARTÍCULO PUBLICADO EN LA REVISTA DE LA ASOCIACIÓN ARGENTINA DE PSICOLOGÍA Y PSICOTERAPIA DE GRUPO. TOMO XXVIII. NÚMERO 1- 2005-Buenos Aires. Pág. 69-93].

 

“Hay gentes que no habrían estado jamás enamoradas si no hubiesen jamás escuchado hablar del amor”. (La Rochefoucauld).
Oscar De Cristóforis

Es muy frecuente escuchar por estos tiempos esa frase, pronunciada tanto por mujeres como por varones. Como desde hace tiempo me viene interesando el tema del amor en las parejas, siempre trato de indagar que quieren trasmitir cuando se refieren de esa manera. Y debo decir que me llevo grandes sorpresas. Desde confusiones exageradas, distinciones incoherentes, hasta planteos realmente interesantes para ser pensados.
Si bien el tema del amor ha sido fundamental en todas las épocas, diría que hoy es primordial en la continuidad o interrupción de las parejas constituidas. No sólo es un componente esencial para la conformación de la pareja matrimonial (o sus subrogantes), cosa que no sucedió en todas las épocas, sino que además la falta de amor se ha convertido en uno de los factores más frecuentes para la disolución de las mismas, justificando muchas veces todas las vicisitudes adversas por ese motivo.
Rastreando diccionarios y enciclopedias compruebo que en general querer y amar aparecen como sinónimos, si bien querer tiene también como acepción “ tratar de obtener o ejecutar algo”, “aceptar, apetecer, desear”, finalmente se refiere a “tener cariño” y “ amar” . En la entrada “amar” aparece: “tener amor”, “desear”, y como sinónimo, “querer”. Por lo tanto no aparecen hasta ahí dos categorías diferentes de sentimientos, ni siquiera con respecto a la intensidad; aunque algunas personas así lo usan: querer sería menos intenso, menos importante, cualitativamente inferior a amar, sentimiento “más elevado” este último. Pero esto se parecería a decir por ejemplo: “te amo mucho” o “te amo poco”, lo cual sería un absurdo porque si se ama, ¿qué significa el mucho o el poco? ¿y qué significa en la corriente de sentimientos en una pareja que haya un valor menor que otro? cualitativamente distinto ¿que no se llegó aún al amor? ¿qué nunca se establecerá ese sentimiento amoroso?; o que si se tuvo ¿se perdió?…
Es cierto, por otro, lado que J. Corominas señala que querer como sinónimo de amar “aparece en el siglo XII probablemente debido al deseo de evitar una expresión demasiado solemne y enfática de un sentimiento íntimo” como lo es la palabra amor. Pero el hecho de que le reste “solemnidad” no cambiaría el sentido del término, es decir su sinonimia.
En muchos casos he notado que cuando se emplea esa “fórmula” lo que tratan de trasmitir es que el sentimiento amoroso no está presente en el momento de enunciarlo, pero que puede existir otra corriente afectiva que por supuesto no es para nada despreciable pero que no es asimilable al amor. Puede consistir en simpatía, ternura, confianza, aseguramiento recíproco, confraternidad, conformados a lo largo de la vida en pareja o atracción, deseo, en las relaciones nuevas, pero que aún no se constituyó en “amor”. En ese caso se podría entender que alguien “quiere” estar con el otro, no perderlo, pero no lo ama, porque dejó de amarlo, o nunca lo amó, o aún no se conformó, no se plasmó el amor.
También creo que la palabra “amor”-y por lo tanto amar, como puesta en acto- conserva en el imaginario social una marcada idealización a lo cual se aspira, (vigencia, tal vez, del “amor romántico”) pero que, dadas las condiciones de vida que se desarrollan en la sociedad actual, dificultaría su concreción.
Hasta acá parecería razonable mantener entonces una diferencia siempre y cuando el que lo enunciara tuviera cierta claridad acerca de lo que él considera que es amar. Pero lo más frecuente es que no aparecen en la mayoría de los casos, ideas más o menos claras que marcaran rasgos definitorios de lo que es amar. Se niega por lo tanto lo que no se tiene claro. Se lo confunde muy a menudo con que ya no se siente lo mismo que en el período de enamoramiento, como si ese estado pudiera sostenerse inmodificado a lo largo del tiempo. Cuando alguien enuncia que “está enamorado”, en general no queda claro si se refiere a ese estado originario de enamoramiento, o al otro que lo sucede cuando la idealización disminuye, cuando se produjo ya la caída de la fascinación, cuando el sentimiento se atempera. A este estado, que se manifiesta posterior al de enamoramiento, sería conveniente nombrarlo de otra manera, por ejemplo “estar en amor”, (o “con amor”) o simplemente enunciar que uno “ama a alguien”, que significaría que uno está “implicado” en un discurso amoroso con ese otro sujeto.
R Barthes diferencia encanto de encuentro amoroso. El encanto es el momento en que uno queda apresado por la imagen del otro, lo que comúnmente se llama el “flechazo”. Es el “fall in love”; es un momento único y a veces puede ser reconstruido “après coup”; esa “caída depende fundamentalmente del registro imaginario. En cambio, el encuentro, es un período que sigue al encanto, se lo puede llamar también “idilio” donde se torna maravilloso descubrir al otro, y hay una esperanza de felicidad con ese otro. Lo que no quita que haya además, angustia, sufrimiento, celos, dudas…

Hablar sobre el amor es sumamente complicado, por la vastedad del tema, porque se ha dicho tanto a lo largo de tanto tiempo, porque cualquiera al sentir, tiene algo para decir al respecto y se siente precisamente por eso, autorizado. Correré el riesgo, como dice J. Lacan en el Seminario XX, de descender a la imbecilidad, ya que “nada sensato o significativo se puede decir sobre el amor”, aunque siempre le dedicó múltiples espacios para hablar sobre él, hasta llegar a decir que “lo único que hacemos en el discurso analítico es hablar sobre el amor”. Ya S. Freud había dicho en 1907, en las famosas reuniones de los miércoles, “nuestros tratamientos son tratamientos por el amor”. Pero a pesar de ello creo que es bueno insistir en esta temática, escribir, pensar, conversar, investigar……es casi seguro que en algún momento de nuestras vidas (o en varios) necesitaremos aclararnos algunos aspectos, preguntar a otros sobre sus vivencias, porque estaremos disfrutando o sufriendo por amor, o porque no conseguimos amar como otros dicen que pueden hacerlo…..Si convenimos en aceptar que el amor es constitutivo y constituyente del vínculo de pareja, vale la pena entonces detenerse a menudo en su consideración, tratando de bordear alguna de sus múltiples aristas. Bordearlo no significa explicarlo, es tan solo eso, aproximarnos a su misterio, a sus paradojas, razón por la cual despierta tanta confusión, desasosiego, sorpresa, cuando se lo afirma o se lo niega.

El sentimiento amoroso se sostiene en un discurso y hasta me arriesgaría a decir que eso que llamamos amor es puro discurso (“puro verso…”), enunciación de un entramado de deseos, ficciones, ilusiones, fantasías, quimeras, supuestos, fabulaciones….
Como nos dice R. Barthes (1977), el discurso amoroso está compuesto de figuras, que para él son retazos del discurso, o más precisamente: son las palabras puestas en acción, dichas en sentido coreográfico. Se crea un “campo amoroso” donde se mueven los amantes, donde se realizan las “figuras”, donde se expresa el amor como “valor” (así como tenemos construidas las ideas de libertad o igualdad, de la cuales podemos decir bastante pero que cada uno las siente y las vivencia a su manera).
Valor que además sufre embates permanentes de depreciación: se siente que el sentimiento amoroso es herido, dañado, mal compartido o por el contrario sostenido, ensanchado. Porque no importa saber si el otro ama de la misma manera que uno (cualitativamente), sino en apreciar “signos” de que esa acción (amar) se está realizando…desplegando.
Este discurso amoroso, y por lo tanto el enamorado que lo enuncia y es protagonista del mismo, se mueve en una constante oscilación entre una pletórica alegría y la desesperada desdicha. “El amar-te duele”. Se suele escuchar a menudo que si se ama se sufre (tal vez por eso para algunos sea difícil la enunciación del amor, su sostenimiento) porque siempre hay momentos de abismo, dolor; se padece la distancia (que siempre marca la alteridad), la extrañeza, la incertidumbre, la duda, los celos, la imposibilidad de la completud….pero también se puede gozar de momentos de alegría, felicidad, atracción, deseo, expansión del ser. La desdicha se centra en la distancia que inexorablemente se ubica entre los amantes, ese espacio que marca la alteridad, la imposible aprehensión del otro, el frustrado anhelo de la unión plena, la conjunción, el hacer uno de los dos, la mítica fusión…Aunque en general, cuando la pareja convive, esa desdicha se minimiza o se desplaza a otros contenidos del vínculo.
Esa distancia, ese hiato, ese paréntesis que hace doler, a veces se necesita para poder renovar el sentimiento amoroso, para poder apostar a su continuidad. Es afirmar de nuevo lo que se afirmó por primera vez en el enamoramiento (Barthes, 1997); aquélla fue una afirmación inmediata, deslumbramiento, entusiasmo, exaltación…. pero sin repetirlo: se busca su regreso, no su repetición. (Algo parecido sucede con el goce sexual: no es pura repetición tanática, es volver a sentir una plenitud, es su regreso pero en la diferencia). Hay parejas que buscan voluntariamente ese paréntesis: “tomémonos un tiempo…” donde se apuesta a que si se da el reencuentro se re-afirmará lo afirmado en la primera vez. Es tratar de producir el “recomencemos”, que por otro lado, existe siempre aunque no haya habido interrupciones reales. Es precisamente ese “corte” que puede hacer que la repetición no sea “compulsión a la repetición”, sino una repetición “en diferencia”.

“El discurso amoroso, por lo general, es una envoltura que se ciñe a la imagen, un guante muy suave en torno al ser amado” (Barthes, R 1977). Ese guante al que se refiere Barthes, puede rasgarse, se rompe el encanto incluso hasta por un hecho mínimo. Se produce entonces, una “contraimagen del amado”, se altera esa buena imagen; el valor amoroso puede sufrir de depreciación, aparece la duda ante el primer sí. Yo diría que esto es casi siempre inevitable luego del período de enamoramiento, con la caída de la fascinación inicial. Milan Kundera habla de la lítost para referirse a ese estado de padecimiento cuando alguien se enfrenta con su propia miseria, y que el remedio para poder superarla es, precisamente, el amor; por el contrario, entonces si percibimos que carecemos de él o si notamos su pérdida, nos convertimos en pura lítost.
A veces puede amarse el amor, y no a determinado sujeto. Tal vez por la frustración y la insatisfacción a que ese sujeto expone al amado: nunca puede alcanzarse esa total completud a que se aspira. Y aquél que no puede tolerar esa falta reiterada, preferirá amar al ideal amoroso más que al sujeto de la realidad.

El encuentro amoroso.

¿Qué es lo que se juega en ese acontecimiento: atracción pulsional, inicio del proceso de enamoramiento, fascinación narcisista? ¿Es posible ya ahí hablar de “amor” o éste habremos de entenderlo como un punto de llegada, una construcción vincular, que incluye un mayor conocimiento del otro a diferencia del momento en que se empezaron a “conocer”?
A. Badiou (2000) al abordar la cuestión del amor dice que éste comienza por un acontecimiento que llamaremos el encuentro, y que sólo hay amor a condición de un encuentro, que corresponde a las dos posiciones (H y M). Al preguntarse qué es un encuentro se lo contesta diciendo que se define por la aparición de U. “Un encuentro es cuando, para un hombre y para una mujer, el U hace contacto, aparece. El U siempre está presente, puesto que la humanidad existe. Pero el encuentro es la aparición de U. Y el amor es la consecuencia de esta aparición. El amor es qué hacer con U cuando apareció. ¿Qué haremos con ese punto de contacto? Punto de contacto que, en el estado corriente de las cosas, permanece invisible; o que está disuelto en la socialidad” (Badiou, A. 2000)
Cuando hay amor se planteará la doble función de U: unidad, identificación, fusión y por otro lado la diferencia.
Recordemos que para Badiou el amor no consiste sólo en mirar al otro, sino en mirar otra cosa con el otro, viajar juntos, vivir juntos, tener hijos, discutir juntos, etc. No es simplemente decir “tenemos U en común”, es proyectar la diferencia en el mundo, proyectar y construir el dos, de hacerlo existir en un escenario real. El amor así entendido no es una mística sino que es un trabajo.

 

¿Por qué si lo quiere, no lo ama?…

¿Porque tal vez en la actualidad se siga entendiendo el amor desde la perspectiva romántica, propuesta que resulta muy difícil de sostener en parejas que conviven durante un tiempo más o menos prolongado, y que se ven acosadas por otro gran número de exigencias que lo tornan imposible?
¿Porque solamente se vivencia el amor por lo que suele sentirse en el período de enamoramiento, que, como sabemos, no es muy duradero?
¿Por qué el amor como “valor” reviste una complejidad un tanto incomprensible, y porque el acto de amar está plagado de contradicciones, paradojas, conflictos…?
Los interrogantes podrían continuar. Lo cierto es que los planteos que suelen hacerse los integrantes de una pareja oscilan frecuentemente entre la aceptación del otro y el rechazo, entre admitir la existencia de sentimientos cariñosos pero al mismo tiempo negarles la condición de “amor”, o simplemente en afirmar que “eso que sienten” podrá llamarse de muchas maneras, pero que no es amor. Por lo tanto hay una reiteración permanente en tratar de diferenciar en forma bastante rotunda “querer” y “amar”.

Acerca de la complejidad del amor sexual en la pareja
Porque te amo, busco en ti algo más que a ti.

Es en la pareja amorosa (sexual) donde el sujeto busca, y por lo tanto ama, el objeto que causa su deseo (objeto “a” para Lacan). Es lo que encuentra en ese otro al enfrentarse con su propia carencia. Por eso se le torna importante ese ser que sostiene y guarda algo tan preciado para el sujeto
El “a” no es al fin de cuentas sino un nombre para designar lo que ignoramos, es decir, esa presencia inasible del otro amado en nosotros, esa cosa que perdemos cuando la persona elegida desaparece definitivamente de la realidad exterior (Nasio, J. D; 1999). Lacan lo señala en el Seminario XI: “Los cuatro conceptos fundamentales del Psicoanálisis”: ‘Amo en ti algo más que tú, el objeto “a”, por eso te mutilo’. Entonces la pareja del sujeto, no es ni el semejante, ni la alteridad radical, el Otro, sino el objeto “a”.
Cuando perdemos ese otro “portante” de nuestro objeto “a” sentimos no sólo el gran orificio de la carencia, sino que todo nuestro ser está “en falta”; que “somos falta”, (o que somos “nada”).
Todo amor se ubica en el campo del narcisismo: amar es esencialmente querer ser amado; implica una reciprocidad imaginaria, lo que a su vez constituye la ilusión del amor y lo distingue del orden de las pulsiones, que no presentan reciprocidad sino pura actividad.
Freud articula amor e identificación: son equivalentes en cierto registro; narcisismo y sobreestimación del objeto es lo mismo en el amor. Lo diferencia de enamoramiento. En este estado el objeto amado está exento de críticas, es un juicio falseado debido a la idealización. El objeto es tratado como el propio yo y sirve en muchos casos para sustituir un ideal del propio yo. El objeto amoroso, grandioso y valioso, devora al yo, en quien aparecen rasgos de humillación, restricción del narcisismo, (al descargarlo en el objeto), perjuicio de sí; es la fascinación y servidumbre del enamorado. Lo emparenta con la hipnosis: la misma sumisión, obediencia y falta de crítica. Lo resume diciendo: “El objeto se ha puesto en el lugar del yo o en el del ideal del yo”. Distingue, además, amor sensual de amor tierno (o ternura). El primero es investidura de objeto de parte de las pulsiones parciales con el fin de alcanzar la satisfacción sexual directa, lograda la cual se extingue; para perdurar tiene que encontrarse desde el comienzo con componentes puramente tiernos, vale decir de meta inhibida, o sufrir un cambio en ese sentido. El amor tierno se compone de pulsiones de meta inhibida. Nace del deseo a los progenitores y su posterior renuncia por represión.

Se establece en la relación amorosa un juego recíproco de ilusiones: “Ni yo soy ni tengo lo que vos ilusionás, ni tampoco sos lo que yo ilusiono acerca de vos”. Juego especular ilusorio compartido. El objeto de amor no podría darme nunca lo que yo demando de él, ya que no lo posee, yo soy el que se lo adjudica. Porque lo que a uno le falta, y por eso lo buscamos, no está dentro del otro. Pero sí puede encontrarse de parte del amado la misma ilusión en forma recíproca, y ahí estaría la clave para que ese encuentro funcione.
En cualquier tipo de análisis, sea éste individual o vincular, los analizandos “deberían” preguntarse acerca de la verdad de su deseo y sobre su “objeto-causa”, reflexionar acerca de su vida erótica en general; en qué lugar debe ubicarse para poder sentirse amado y reconocido por el otro, y cómo, también, poder brindar satisfacción al otro.

Como psicoanalistas convenimos en afirmar que en el otro de la pareja coinciden los avatares del deseo, de la pulsión y del amor. Ser objeto de deseo, de goce y de amor. El amor sexual de la pareja adulta tendría que enlazarlos.
¿Cómo puede darse esa coincidencia sin que se produzcan cortocircuitos importantes? ¿O tendremos que aceptar que esto produciría un malestar permanente?
El amor produce en el fondo una represión de las pulsiones. Cuando amamos sacrificamos la pulsión al amado. El amor es el sacrificio del goce. O. Masotta (1977) dice al respecto, que el amor es oblativo, sacrificial, que no está interesado por los objetos que el otro pueda dar, que se abastece de nada, y que el peligro podría ser que aplastara al deseo.
“El goce contradice el amor de diversas maneras. En principio, porque el amor aspira al Uno de la fusión, el goce no aspira a nada, realiza un Uno que no es de fusión, es de soledad. Uno goza solo, y esto fastidia la exigencia amorosa. El amor es asociativo, el goce es disociativo. Por último, el amor instituye al Otro, el agalma del Otro. El goce hace la operación inversa, destituye al Otro en beneficio de lo que Lacan escribe como “a” minúscula, como plus de gozar”. (Soler, C. 1997).
El goce pulsional no se articula al deseo, como deseo del otro, sino a través del amor. El goce es esa satisfacción interna de la pulsión. Al goce no se puede renunciar. El goce a través del amor condesciende (se acomoda, se dispone) a ir al deseo. En nombre del amor se puede renunciar a las pulsiones. Eso provoca la insatisfacción fundamental del deseo: lo que haría esa renuncia al goce pulsional es alimentar la insatisfacción que da fundamento al deseo; por eso, por el amor, a causa de él, se sostiene el deseo, pero ¡cuidado! porque esa corriente tierna podría también aplastarlo. (Es el super-yo quien ordena la renuncia pulsional, “engordando” con la satisfacción pulsional renunciada: en lugar de gozar en forma directa, se goza al renunciar a ella).
El amor se opone al deseo cuando hace de lo sacrificial su horizonte; podríamos hablar de un desencuentro entre ambos. El amor es metáfora, se estructura en el campo del sujeto; el deseo, metonimia, ya que su objeto es continuamente pospuesto, porque en realidad es una relación con una falta, y se organiza en el campo del Otro, quien es testigo de esa falta y vacío.

Pero algo tiene que suceder entre deseo y amor cuando de “parejas” se trata. Para mostrarte donde está tu deseo basta prohibírtelo un poco (si es verdad que no hay deseo sin prohibición). Ahí radica la dificultad de la vida amorosa: estar al lado, pero dejándolo un poco libre: ausentándome a veces, pero no tan lejos; que esté presente como prohibido (sin lo cual no habría deseo válido) pero también alejándome para permitir la formación de ese deseo. Tal sería la estructura de la “pareja realizada” (suficientemente buena): un poco de prohibición, mucho de juego, señalar el deseo y después dejarlo, como aquél que nos muestra bien el camino pero que no se empeña en acompañarnos.

Si no te deseo… ¿te amo?
Algo más sobre las relaciones entre pulsión, deseo y goce.

Thomas Hobbes decía en su Leviatán, que aquello que los hombres desean, dicen también que lo aman, y que odian aquellas cosas por las que sienten aversión. De ahí deducía que el deseo y el amor son la misma cosa; salvo que por deseo queremos siempre decir ausencia del objeto, y por amor casi siempre presencia del mismo. Sabemos que desde el psicoanálisis se lo plantea distinto, pero en general, en la vida corriente, esa confusión es muy frecuente.

Para Freud deseo y pulsión son dos maneras de encarar un mismo fenómeno; los deseos insatisfechos que producen sueños, se enuncian en el lenguaje de lo pulsional. Para Lacan el registro de lo pulsional y el registro del deseo son diferentes.

En Freud es realización alucinatoria de su meta (las percepciones que se han convertido en signos de la primera satisfacción). Estos signos constituyen el fantasma que sería el correlato del deseo. Freud no identifica necesidad con deseo (la necesidad que nace de una tensión interna procura su objeto por medio de la acción específica y así logra su satisfacción).
Lacan lo sigue a Spinoza, quien afirmaba que ” el deseo es la esencia misma del hombre,…el esfuerzo de alma y cuerpo por perseverar en el propio ser”. Por supuesto que se refiere siempre al deseo inconciente, como concepto fundamental del psicoanálisis; y que es enteramente sexual. El objetivo de la cura, para él, es que el sujeto reconozca la verdad sobre su deseo, lo cual es posible cuando se lo articula con la palabra y en presencia de otro: “Al nombrarlo, el sujeto crea, engendra, una nueva presencia en el mundo”.
El deseo aparece asociado con la falta de su objeto (objeto perdido e irrecuperable). El deseo adviene más allá de la demanda como falta de un objeto. No es la búsqueda de un objeto o de una persona que aportaría satisfacción. Es la búsqueda de un lugar de reencuentro, de un momento de felicidad sin límites, la búsqueda del “paraíso perdido”.No es una relación con un objeto, sino la relación con una falta.
Causa del deseo-> objeto perdido (¿objeto “a”?) que se puede entender como el resto de esa pérdida) -> lugar vacío, hiancia que el sujeto va a tratar de obturar durante toda su vida.
La necesidad se dirige a un objeto específico (y ahí se satisface). La demanda (que es siempre de amor) se dirige a otro (para obtener algo de alguien). Pero ambas son irreductibles al deseo, ya que éste nace de la separación entre necesidad y demanda. El deseo es irreductible a la demanda porque intenta imponerse sin tomar en cuenta el lenguaje y el inconciente del otro.
“El deseo del hombre es el deseo del Otro”, tiene dos significaciones:
1) desear al otro, que es inaccesible; 2) no sólo deseo al otro, sino lo que el otro desea, y busco su deseo hacia mí, así como su reconocimiento. El campo del deseo está bañado por la identificación: me identifico con lo que supongo que es le deseo del otro a fin de hacerme desear por ella/él (el psiquismo siempre será tributario del deseo de “algún otro”). La instantaneidad de la pulsión se opone a la continuidad del deseo. La pulsión es lo opuesto al deseo: instaura repetición. El deseo sufre mediación. Es siempre “deseo de alguna otra cosa”, puesto que es imposible desear lo que uno ya posee, siempre se pospone el objeto del deseo, por eso se dice que es una metonimia.

El deseo se cumple, se realiza, se elabora, (no se satisface, sino que se reproduce como deseo) con la identidad de percepción; no apunta a la percepción sino a la identidad, lo buscado es lo idéntico y es imposible (imposible por estructura, y por lo tanto lo imposible es tener un objeto complementario del sujeto). El deseo es la insatisfacción que permanece como resto después que la necesidad fue colmada; vive de esa insatisfacción, podríamos hablar de función de insatisfacción (Freud decía que ningún objeto puede coincidir con el objeto buscado).

O. Masotta comenta que el deseo se elabora, se da tiempo, se articula en el sueño (mucho mejor que en la conciencia, por ejemplo en actos fallidos); encuentra sus eslabones, se constituye en secuencia de sus representaciones; y su objeto tiene que ver con el objeto del deseo del otro. Siempre cuando se trata del deseo hay “pluralidad de personas psíquicas”, y el acceso al objeto del deseo es otorgado por un tercero.

Merece atención destacar esta importante noción lacaniana sobre el deseo entendido como un producto social: siempre se construye con los deseos percibidos de otros sujetos, no es tan privado como parece; y la primera que ocupa el lugar del Otro es la madre quedando el hijo a merced de su deseo. Algo parecido planteaba ya Hegel cuando decía que lo social no es sino una red de deseos.

Formas de no realizar el deseo “como deseo del otro”.
(De no darse por enterado de la castración).

Deseo imposible (imposibilidad)→ Neurosis obsesiva.
Deseo insatisfecho (insatisfacción)→Histeria.
Deseo prevenido (Prevención)→ Fobia. Voluntad de goce del otro→ Perversión.

Si te gozo…. ¿te amo?
El goce “es del orden de la tensión, del forzamiento, del gasto, incluso de la hazaña”, dice Lacan (es en el seminario 20 “Aún”, donde desarrolla más a fondo este concepto). El placer por el contrario es reducción de la tensión, desaparición de la excitación, es por lo tanto lo que nos mantiene a distancia respetuosa del goce. El placer le pone barreras. Es el deseo el que nos hace entrar en la dimensión gozante. Agrega Lacan que el goce es como el Tonel de las Danaides: una vez que se entra no se sabe adónde va; “se empieza con las cosquillas y se acaba en la parrilla”. Y además: ¿”Qué es el goce? Se reduce aquí a no ser más que una instancia negativa. El goce es lo que no sirve para nada”…Nada obliga a nadie a gozar, salvo el superyo. El superyo es el imperativo del goce. ( ”Goza!”, es su mandato) .
“El modo en que cada sujeto sufre en su relación con el goce en tanto que sólo se inserta en la relación con el goce a través del plus de gozar, es el síntoma” (Lacan, J. 1973)
Plus de gozar: Tiene como antecedente el concepto de plusvalía de C.Marx y en el freudiano de ganancia de placer, Lustgewinn. En Freud esa ganancia significa aumento de la satisfacción pulsional y sirve además para entender la función de “adhesividad de la libido”.
Para Lacan el plus de gozar es una función, está emparentado con el objeto “a”, el objeto “a” puede captar el plus de gozar a través de sus formas tradicionales: voz, mirada, heces y pecho.
La repetición se funda en un retorno del goce, y en esa misma repetición se produce algo que es un defecto, un fracaso, hay una pérdida, una mengua del goce.
El goce es satisfacción de la pulsión (Miller, J. 1989). Remite a un cuerpo atravesado por la cadena significante. Goce del cuerpo (no del organismo biológico). Está “más allá del principio del placer”, subordinado a Thanatos, es decir, en su dimensión; confina con el dolor y con el displacer.
J. Miller afirma que Freud descubrió que el goce consiste en no sentirse a gusto en el propio pellejo y en sentirse más bien a gusto con el mal. Lo relaciona con el masoquismo, pero primordial, no sólo perverso. Un cierto modo primordial que hace que el sujeto se sienta bien en el mal, a gusto con lo que le hace daño. Y agrega que esto es tal vez lo más difícil de modificar en un análisis.
En “La ética del psicoanálisis” Lacan plantea que el campo del goce se puede definir como todo lo que corresponde a la distribución del placer en el cuerpo.

Vale insistir con la premisa: el principio de placer funciona como límite al goce. Es como una ley que le ordena al sujeto “gozar lo menos posible”. Pero simultáneamente el sujeto intenta transgredir esas prohibiciones impuestas a su goce, tratando de ir “más allá del principio del placer”. Esa trasgresión no lo lleva a más placer sino al dolor, puesto que el sujeto sólo puede soportar una cierta cantidad de placer. Y justamente ese “placer doloroso” es lo que Lacan denomina goce, ya que” el goce es (conlleva) sufrimiento”.
El goce es entonces “la senda hacia la muerte”. Y puesto que las pulsiones son intentos de irrumpir a través del principio de placer en búsqueda de goce, toda pulsión de última es una pulsión de muerte.
A pesar que Lacan sostuvo siempre que el goce, en la medida que es sexual, es fálico (no se relaciona con el Otro como tal), en 1973 admite que hay un goce específicamente femenino, un goce suplementario, que “está más allá del falo”, un goce del Otro.
Síntoma y sublimación son destinos de la pulsión. En el síntoma la pulsión sigue el destino de la represión y busca la satisfacción por vía de la sustitución significante. En la sublimación la pulsión se satisface al mismo tiempo que su fin sexual es inhibido (cambio de fin, aunque emparentado con lo sexual). Luego Freud agrega también cambio de objeto. Esto no lo acepta Lacan para quien el cambio radica en la posición adoptada en la estructura del fantasma, “elevando el objeto a la dignidad de Cosa”) [Recordemos que para Freud la perversión es un modo de satisfacción directa de la pulsión]. En la sublimación se trata de una modalidad de gozar valorizada socialmente, opuesto al fantasma, que es una modalidad privada de gozar.

El concepto de goce en Lacan responde a una unificación de la libido y de la pulsión de muerte. El verdadero objeto de la pulsión es la satisfacción. El objeto pequeño “a” es la satisfacción de la pulsión en tanto objeto (Miller, J. A 1989). El objeto de amor no tiene nada que ver con el objeto de la pulsión. Además para Miller, el objeto de amor no es un objeto, es toda una historia. El amor se sostiene en el fantasma y no en un objeto.

La pulsión es lo que queda de la demanda cuando el otro del amor desaparece. La pulsión es eso, es una demanda exigente (el summun de la exigencia). Es demanda no de la presencia del Otro (como el amor) sino la demanda de la presencia del goce.

Siempre habrá que considerar que la satisfacción plena está perdida (en Freud, el Edipo es que el objeto primario de la elección está perdido), y por eso es que hay deseo. Además: no es la ley la que produce la interdicción del goce (es el goce en sí mismo el que se autolimita). La palabra de amor (y no la escritura) se dice en la presencia, cuando hay imagen de otro , y es esa presencia las que las vuelve inútiles y vacías. En cambio las cartas de amor son inteligentes porque se hacen en ausencia del objeto, en tanto perdido.
Dice Shopenhauer que todo deseo nace de una necesidad, de una privación, de un sufrimiento. Satisfaciéndolo se calma. Pero por cada deseo satisfecho hay más por satisfacer. Además el deseo dura largo tiempo, las exigencias son infinitas, en cambio, el goce es corto y mezquino.
F. Dolto refiriéndose al amor plantea que es la armonía del deseo en el ser humano. Los afectos y los sentimientos son los armónicos que se pueden sacar del cuerpo, como las notas que se sacan de una cuerda, y completa la idea agregando “que el amor es un arte que se alcanza a través de muchas frustraciones del deseo”. (Reportaje en Diario Clarín, 21-9-1986).

Pero el amor lo puede…. ¿siempre?

“El amor es lo que suple la ausencia de la relación sexual” (Lacan). Un medio para suplir esa falta, es el amor. Esa idea lacaniana de “il n’y a pas de rapport sexuel”, junto con su “la femme n’existe pas” (como ausencia de universalidad), es lo que fundamenta su planteo de que es imposible la relación sexual entre el hombre y la mujer, es decir, no existe relación complementaria entre hombre y mujer, cuando se la plantea es sólo una pretensión ilusoria. Entonces, todas las relaciones se tornan sintomáticas: andan gracias a cierto número de convenciones, que “son efectos del lenguaje”. Porque es el lenguaje quien introduce convenciones, prohibiciones, inhibiciones.
Pero algo pasa con el otro en el sexo. El acceso al otro sexo se hace a través de las pulsiones parciales, por vía del goce o bien por vía del amor. Ambos accesos son válidos para los dos sexos, pero como señala J. Miller, el acceso por el goce es sobretodo masculino, mientras que el acceso por el amor lo es fundamentalmente femenino. Tenemos, entonces, a la mujer abanderada en el amor y al hombre en el goce. ¿No lo comprobamos acaso en la clínica, en la vida cotidiana, en las propuestas publicitarias? Pero tal vez un cambio epocal sea que cada vez más la mujer pretenda también acceder por vía del goce.

El amor media entre el deseo y el goce. Del deseo hay que pasar por el amor para ir al goce. El goce, en tanto parcial, es siempre autoerótico, en el sentido en que uno goza en su cuerpo. Lo que hace el vínculo es el amor.
La condición de amor puede ser discutida en tres niveles: tiene un aspecto simbólico: es necesario un sistema, la presencia de ciertos rasgos sistematizados; segundo: tiene un aspecto imaginario, es necesario la presencia de una imagen, de un espectáculo; tercero: tiene también un aspecto de goce, asegura el goce, es una modalidad de goce.

Al ser el otro de la pareja lugar de convergencia de la necesidad, del goce, del deseo y del amor, convierte al vínculo de pareja en un espacio de encrucijada –encuentro y también extravío y confusión (enredo, vacilación, desconcierto)- de constante malestar e inestabilidad. Lo podemos pensar, incluso, como una paradoja, como algo contradictorio, que afirma cosas contrarias al mismo tiempo. (La paradoja no se resuelve, sólo puede sostenerse…).

“Te quiero…pero no te amo”, tal vez quiera expresar: “te amo…pero no te deseo”, o “te amo…te deseo…pero no puedo gozarte”, o “te deseo…pero no te amo” o simplemente “ya no te amo”. Y acaso ¿siempre el amor debería salir airoso en su tarea de anudamiento del deseo y el goce? En muchas situaciones el goce puede quedar desanudado, el deseo escindido, el amor confundido con enamoramiento. Con respecto a esto último, si esa confusión no se esclarece, la etapa inevitable del desenamoramiento puede comprenderse y vivenciarse como pérdida, ruptura, disolución. Comentan al respecto A. Brengio y M. Spivacov: “Si se elaboran las injurias narcisísticas propias del desenamoramiento se accede a un nuevo modo de encuentro en la relación de pareja, que caracterizamos como diferenciación deseante. Rota la especularidad inicial, cada ser emerge como diferente y, no obstante, se sostienen las investiduras deseantes”. Pero este proceso no siempre se lleva a cabo con éxito. Muchas parejas consultan precisamente cuando, quebrada esa ilusión fusional, ese “antídoto contra la falta” que resulta ser el enamoramiento, no encuentran la forma de crear un campo amoroso.
Esa frase inicial, disparadora de estas reflexiones, podría expresar también la dimensión paradojal del amor, e incluso aquélla en que constantemente navega el vínculo de pareja; o una forma de reprimir el amor en estos tiempos, ya que aparecería como una exigencia difícil de sostener ante el rígido mandato de cumplir con el proyecto individual; o una manera, también, de rechazar la vigencia que aún tiene la corriente romántica en el amor, sin tener claridad en otras formas posibles. La vida amorosa, además, se encuentra plagada de tropiezos. Entre ellos, los “celos normales”, que constituyen una forma corriente de padecimiento. La sospecha del celoso es inevitable en la medida que está ligada a la “falta”, a lo que “no se tiene”, a lo cual el amor remite. Y el amor ilusiona la creencia de que esa falta puede ser completada. Otra gran desdicha la provoca la ausencia, ausencia del otro amado, que remite, nuevamente, a esa falta que instala el deseo. El amor está a mitad de camino entre la sabiduría y la esperanza (Sócrates). El amor es, además, una conjetura, ya que puede ser destituido por la misma razón de lo que procura, o por la constante variabilidad del deseo que porta anudado a él.
Por otro lado, como se desprende de los conceptos que J. P. Sastre (1943), en “El Ser y la Nada”, el amor guarda en sí mismo esa dimensión paradojal que más arriba señalara para la pareja: el amante pretende la libertad del amado pero a condición que esa libertad pueda ser usada para hacer de él una elección absoluta. “Esto significa que el ser-en-el-mundo del amado debe ser un ser-amante. Este surgimiento del amado debe ser libre elección del amante. Y, como el otro es fundamento de mi ser-objeto, exijo de él que el libre surgimiento de su ser tenga por fin único y absoluto su elección de mí, es decir, que haya elegido ser para fundar mi objetividad y mi facticidad”. El ideal, entonces, de la empresa amorosa es una libertad alienada. “Así, en la pareja amorosa, cada uno quiere ser el objeto para el cual la libertad del otro se aliene en una intuición original: pero esta intuición que sería el amor propiamente dicho no es sino el ideal contradictorio del para-sí; de modo que cada uno es alienado sólo en la medida exacta en que exige la alienación del otro”. El amar, puesta en acto del amor, exige entonces, elección. Ahora, “amas porque eliges y eliges porque pierdes, y por tanto amas porque pierdes”. Ganando se pierde y perdiendo se gana.

Y si además el amor es tiempo (Paz, O. 1993), nunca podrá ser eterno, y sufrirá los avatares de extinguirse o trasformarse en otros sentimientos. Y entonces el enunciado podría ser: “te quiero…retener, conservar de alguna manera, te respeto por lo que fuiste para mí…pero ya no te amo….”. Se estará, entonces, en presencia del desamor. El desamor no es la ausencia de amor, no es la indiferencia; no es la vuelta a lo neutro. Es el amor en aflicción, amor en nostalgia, (¿”amor en fuga”?) podríamos decir “amor en sufrimiento”. Es por esto que en el desamor encontramos las mismas características del estado amoroso: pero el placer de indiferenciación de los dos Yo se ha vuelto sufrimiento, nostalgia de esta indiferenciación. Lo que era conyugal-placer mutuo de estar juntos bajo el mismo yugo- se ha vuelto “subyugal”, sentimiento del yugo-horca, sumisión insoportable que se experimenta como un ataque a la individualidad. (Ruffiot, A 1984).

Coincido con C. Soler cuando afirma que tal vez ya no contemos con modelos o paradigmas del amor lo suficientemente claros, y que esto inclusive, sea bueno. Con entusiasmo plantea que tal vez se trate ahora, más que nunca, de inventar el amor. Con la clara conciencia que se trata de un encuentro extraño, oscuro, difícil, pero no obstante, efectivo entre dos seres.
El amor está a merced de los encuentros, a merced del azar.

 

LIC. OSCAR DE CRISTOFORIS

RESUMEN

El autor reflexiona acerca del amor en la pareja sexual adulta a partir de la afirmación “te quiero…pero no te amo” tan presente en el discurso actual. Para ello transita por las relaciones que el amor presenta con la necesidad, el goce y el deseo, las vicisitudes que atraviesa al hacerlo y el papel de anudamiento que el psicoanálisis le asigna. En este recorrido se comentan conceptualizaciones de R. Barthes, A. Badiou, S. Freud, J. Lacan y J. P. Sastre. Más allá de la pulsión aparece el amor; éste no se conforma con la parcialidad. El objeto de amor está marcado por la idealización, es decir por el narcisismo, por la falta, la diferencia, por la añoranza del reencuentro, por la ilusión y la nostalgia, por los celos, por lo imposible…
Al ser el otro de la pareja lugar de convergencia de la necesidad, del goce, del deseo y del amor, convierte a éste vínculo en un espacio de encrucijada, de constante malestar e inestabilidad, e incluso en una permanente paradoja.
Hacia el final se esboza la idea que “te quiero…pero no te amo” pudiera ser una manifestación del misterio que el amor encarna.

* En “Revista de la Asociación Argentina de Psicología y Psicoterapia de Grupo. Tomo XXVIII. Nº 1. Año 2005

error: Content is protected !!