EL CUERPO EN LA SOCIEDAD DE CONSUMO.

EL CUERPO EN LA SOCIEDAD DE CONSUMO.

[ARTÍCULO PUBLICADO EN LA REVISTA DEL INSTITUTO PSICOSOMÁTICO DE BUENOS AIRES.

N° 10-“SOMA-PSIQUE-CUERPO”-NOVIEMBRE 2011

                                                                *************************************

El lenguaje “en” el cuerpo.

                                                 Oscar De Cristóforis

 

                                                             “La iglesia dice: el cuerpo es un culpa.

                                                                 La ciencia dice: el cuerpo es una máquina.

                                                                 La publicidad dice: el cuerpo es un negocio.

                                                                 El cuerpo dice: Yo soy una fiesta.”

                                                                                                      Eduardo Galeano

 

            Es muy conocida la metáfora “el cuerpo habla” para referirnos a formas no verbales de reacción frente a determinadas circunstancias donde el cuerpo expresa algo que luego decodificamos semánticamente. Como sucede con casi todo, en nuestras respuestas siempre estamos involucrados íntegramente, materia y espíritu, psique y soma.

Pero quisiera en esta oportunidad referirme a lo que considero también de vital  importancia como lo es el efecto  “del habla en el cuerpo”, ese baño de lenguaje en el que estamos inmersos incluso antes de nacer, esas palabras que nos marcan, que se encarnan en nuestro cuerpo.

Si pensamos el cuerpo no sólo como unidad anátomo-funcional sino esencialmente fantaseada, veremos como éste puede ser afectado por influjos físicos o químicos, pero también por realidades de ficción y en última instancia por meras palabras. Por eso también el cuerpo puede ser susceptible a tratamientos psicoterapéuticos o a cualquier tipo de intervención simbólica. No sería exagerado afirmar que hay palabras que enferman  y palabras que curan.

La fisiología natural no alcanza para explicar el funcionamiento orgánico del hombre: también lo afectan desde temprano factores que están situados en el campo de la cultura.

El cuerpo se inserta e inscribe en un mundo simbólico que lo precede y lo significa: que necesita siempre de un otro que le otorgue cualidades diferenciales. El cuerpo es una realidad que se construye. El organismo, lo viviente, es diferente a lo que en psicología llamamos cuerpo. Para construir un cuerpo se necesita un organismo vivo más una imagen aprehendida en lo especular.

En la compleja construcción de una adecuada organización psicosomática de un individuo, la familia cumple, por supuesto, un papel fundamental. La función semiótica familiar es uno de esos múltiples vectores que pueden estudiarse en dicha construcción,  y reviste además, una riqueza especial, tanto sea para comprender los procesos esperables, como los patológicos. Ese primer baño de lenguaje que lo familiar aporta es crucial para el desarrollo posterior.

En el seno familiar se despliegan múltiples procesos en ese orden, especialmente los de semantización. Son muchos los autores que desde el psicoanálisis (y también por fuera de él) priorizan la relación madre-bebé y destacan cómo el infante le propone el cuerpo a su madre para que ésta lo invista. Su cuerpo es hablado por los enunciados maternos. La madre es el enunciante y el mediador privilegiado del discurso ambiental; lo conmina, le prohíbe, le indica los límites de lo posible y lo lícito: es pues la semantizadora principal.

La madre, el padre, y en general todos los adultos que rodean al niño, no otorgan sólo frases y palabras con sentidos diferentes, sino que además las van impregnando con su propia corporalidad, con su emoción. Se producen verdaderos actos de habla, tal como lo planteó en su oportunidad J. L. Austin. Sus palabras pueden calmar, cuidar o despertar inquietud, insatisfacción en el bebé, crear distancia o cercanía, lo que significa la producción de un registro psíquico que es fundamental para la organización somato-psíquica de su hijo.

El lenguaje, además de ser un modo de expresión del pensamiento o un medio de comunicación, puede ser entendido como un verdadero estructurador de las relaciones interpersonales: es posible ubicarse en la relación entre la significación de los discursos y las representaciones subjetivas. También en la conformación de lo intersubjetivo habría atravesamientos directos de los discursos operantes en una formación social determinada históricamente.

El lenguaje es el lugar de encuentro entre el ser humano y el significado, o bien, entre el ser humano y la realidad.

Vamos creando el lenguaje, y el lenguaje a su vez, nos va creando; somos lo que hablamos y nos hablan y también lo que nos hablamos a nosotros mismos. Somos prisioneros libres, creadores creados, dueños esclavizados de nuestra capacidad lingüística.

Siguiendo esta línea de pensamiento, podríamos cuestionarnos en nuestra tarea clínica acerca del papel decisivo que cumplen las ideologías familiares; (Ideología entendida como una representación de la relación imaginaria de los individuos con sus condiciones reales de existencia). De esta manera mucho de lo que sucede entre padres e hijos podría definirse como “proceso ideológico”: un complejo de relaciones interactivas entre determinadas formaciones semióticas y lo imaginario individual. En la clínica  podemos comprobar el papel crucial que representan esas ideologías familiares a través de mensajes parentales “incrustados” en el inconciente y que actúan como productores de pensamientos. Se trata, entonces, de poner en relación la significación de los discursos y las representaciones subjetivas; articulados por una hipótesis básica: los discursos se inscriben en el sujeto siempre doblemente, una inscripción consciente y otra inconsciente. Discursos que involucran al cuerpo en su materialidad y su representación.

A partir de este enfoque  es posible adherir a un discurso sin comprenderlo o sin aceptarlo, y a su vez comprendiéndolo y no aceptándolo. Se abre así una extensa combinatoria entre comprensión e incomprensión, aceptación y no aceptación, adhesión y rechazo (en términos de mecanismos psíquicos se expresarían por la negación, desmentida, rechazo, represión), que explicaría la acción y eficacia de muchos discursos, en particular los emitidos desde el lugar parental, que están cargados de un fuerte poder persuasivo; entendiendo por lenguajes persuasivos aquellos que, en líneas generales, el factor predominante es la intención del emisor de influir sobre el receptor, discursos que se hallan vinculados con la modificación de las representaciones y las conductas de sus destinatarios.

Precisamente, esta noción de persuasión abrió el desarrollo del campo de la “pragmática”, área de la semiótica donde se aprecian los efectos o acciones en el oyente, que describe el uso que pueden hacer de las palabras los interlocutores que se proponen actuar unos sobre otros. Estudia también, los principios que regulan el uso del lenguaje en la comunicación, cómo interpretamos enunciados en contexto. El significado que se produce al usarse el lenguaje es mucho más que el contenido de las proposiciones enunciadas. Gesto, postura, tono de voz, entonación, longitud de las pausas, frases cortadas, todo eso significa.

La pragmática comienza como un intento de encontrar el sentido de la conducta lingüística. Morris la define como “la ciencia de los signos en relación con sus intérpretes”(o usuarios).

Toma al lenguaje tal y como se manifiesta, inmerso en una situación comunicativa concreta. Desde hace más de medio siglo se está volviendo una disciplina cada vez más empírica apoyándose en la sociología, psicología, etnografía, literatura, etc., siendo su campo casi inabarcable y esencialmente interdisciplinario.

La pragmática es básicamente una perspectiva diferente desde donde contemplar los fenómenos lingüísticos, que parte de los datos ofrecidos por la gramática y toma luego en consideración los elementos extralingüísticos que condicionan el uso efectivo del lenguaje. Comunicarse es reclamar la atención de alguien, dándole información relevante o pertinente. Lo comunicado afecta también al que comunica: nos afecta lo que oímos pero también lo que decimos, ya que al expresarnos moldeamos nuestra realidad y reflexionamos sobre nuestras propias experiencias.

 

 Austin y los actos de habla.

 

Todo acto de habla incluye reflexiones meta-discursivas, indispensables para su eficacia, y todo hablante habla con varias voces  (incluida la del inconsciente). Algunos de los significados que generamos son intencionales y otros no. Hasta el momento se concentra más en el análisis de cómo decimos lo que queremos decir (intencional) y  cómo lo comprendemos cuando nos lo dicen. Tal vez la idea más fructífera  de Austin se refiere a que el lenguaje no es exclusivamente descriptivo. Un enunciado puede desempeñar diferentes funciones, una de las cuales es describir un estado de cosas, pero otra puede ser el cumplimiento de una acción.

Austin  distingue entre significado de fuerza y significado del enunciado, lo que las palabras dicen y la fuerza de la enunciación, lo que las palabras hacen. El acto por el que se produce significado es el locucionario, acto de “decir algo”. Equivale a expresar cierta oración con un cierto sentido y referencia. La fuerza, en cambio, es el poder de hacer, y proviene del acto ilocucionario, acto que llevamos a cabo “al decir algo” (prometer, advertir, insultar, felicitar, bautizar, saludar, jurar, amenazar, etc.). Existe  un tercero, el perlocucionario, lo que producimos o logramos “porque decimos algo”; tales como convencer, persuadir, sorprender, confundir. Es decir, se producen efectos en el interlocutor (algunos de los cuales pueden no ser intencionales). Estas tres nociones constituyen lo elemental de la pragmática.

Sintetizando, se podría decir que los actos de habla son todas aquellas actuaciones que al hablar se ejercen sobre un oyente e influyen en su comportamiento, bajo determinadas circunstancias.

Existen palabras o giros en los que el hablante manifiesta su voluntad de presionar al receptor. Esta perspectiva significa instalarse desde la lengua como sistema, hacia el uso en el habla, y entrar en el carácter persuasivo del lenguaje. No es entonces un simple hecho de comunicación; se trata de comprender sutiles recursos en los que el hablante pone toda su fuerza para actuar sobre el receptor (y para que éste acepte sin vacilaciones ni discusión una información).

A estos recursos se los llama operadores. Ellos son señales léxicas, sintácticas, semánticas, fónicas, gráficas, etc., que marcan la relación hablante-oyente. Esta relación se manifiesta en un acto de habla que contiene la fuerza del emisor y apunta a una respuesta en el receptor (efecto perlocucionario). Son auxiliares del mensaje lingüístico: lo acompañan.

Cuando decimos algo también decimos lo que no nos propusimos decir. Se pueden distinguir tres dimensiones de la comunicación lingüística: lo que decimos, que tiene un significado que puede estudiarse desde la semántica; lo que queremos decir, tiene fuerza pragmática y desde ella se estudia; lo que decimos sin querer, pero que se cuela no lingüísticamente. Carece de intencionalidad, tema muy trabajado en este campo.

Comunicarse es lograr que el interlocutor reconozca nuestra intención, que es mucho más que reconocer el significado de  nuestras palabras.

 

El cuerpo atravesado por las diferentes prácticas discursivas.

 

A esta altura, vale la pena aclarar que no se trata de pensar, lisa y llanamente, que las palabras por sí solas tienen el poder de modelar los cuerpos en virtud de su propia sustancia lingüística. El cuerpo no se reduce a lenguaje aunque sea compleja y muy estrecha la vinculación entre cuerpo y lenguaje. Ni  el cuerpo es exclusivamente una realidad lingüística, ni que no tenga que ver con el lenguaje. Materialidad y lenguaje no son, en último término, la misma cosa y, por otro lado, no dejan de estar profundamente imbricados en una mutua interdependencia. Como bien señala J. Butler: “el lenguaje y la materialidad nunca son completamente idénticos ni completamente diferentes”.

Pero por supuesto tenemos que considerar y aceptar que tanto el cuerpo, como el sexo y el género, han de ser  pensados desde el ángulo de las elaboraciones discursivas. Esta forma de considerarlo, remite al núcleo central de la llamada teoría de la  performatividad.

  1. Laclau, plantea que el ser de lo social es histórico y cambiante: “los objetos nunca nos son dados como entidades meramente existenciales, ellos se nos dan siempre dentro de articulaciones discursivas”. Estos discursos tienen claros efectos en el orden de la acción o la práctica social. El principio de performatividad del discurso, plantea cómo el discurso genera lo que narra. Hace ya décadas atrás, Y. P. Faye afirmaba: “el discurso…recopila los relatos que de antemano han dibujado sus polos de sentido y de acción, el campo de posibilidad a la vez que la aceptabilidad”; la forma sin peso de la narración constituye la materialidad de la misma realidad, al producir un efecto de producción de la acción a través del relato, un efecto de forma que provoca el suceso real.

Y ése es el poder del discurso, el efecto de forma, la performatividad que vincula a lo discursivo con otro orden: habilita las condiciones de posibilidad y aceptabilidad de determinadas fórmulas.  Como dice J. Butler -“para poder materializar una serie de efectos, el discurso debe entenderse como un conjunto de cadenas complejas y convergentes cuyos ‘efectos’ son vectores de poder”. Así se piensa la doble vinculación del discurso con la configuración de lo real y con el poder: como un efecto de forma, efecto que constituye la condición y oportunidad para una acción adicional. Este poder se relaciona con su capacidad para “circunscribir la esfera de inteligibilidad”, y en términos de J.P. Faye, para generar un campo de aceptabilidad, de “acción suplementaria” que constituye (también para este autor) el efecto del discurso. En síntesis, destacar  “el poder que tiene el discurso de hacer realidad lo que nombra”

La performatividad lingüística, centrándose particularmente, como  me refería más arriba, en los actos de habla, pueden convertirse en  actos de habla que hieran, que trastornen, transformen, a la materialidad del cuerpo. Que hay actos de habla capaces de causarnos una herida es signo indicativo, claramente, de que somos seres lingüísticamente vulnerables. Y si podemos ser dañados por el lenguaje es porque necesitamos el lenguaje en orden a ser; necesitamos el lenguaje para dotarnos de existencia, para otorgar inteligibilidad a nuestra vida.  El nombre que se nos impone al nacer es muestra de ello, el primer signo de que la nuestra es una existencia habitada en y por el lenguaje.

Butler utiliza el término inglés de “excitable”, como aquello que está “fuera de nuestro control”. Y, para ella, ésta es su hipótesis, en algún sentido el habla es siempre “excitable”, y por lo tanto “como si se nos escapara de las manos”. Esta argumentación toma en cuenta directamente y por extenso la teoría de los actos de habla de Austin, formulada en “Cómo hacer cosas con palabras: palabras y acción”.

Las expresiones performativas, son aquellas que realizan una acción por medio de las palabras. Éstas, indicó Austin, no se rigen por el criterio de verdad dado que no describen algo existente fuera del lenguaje sino que han de ser medidas según el grado de su fuerza y eficacia. Entonces, la performativad de las palabras, la capacidad para “hacer cosas con palabras”, Austin la hizo residir en la fuerza ilocucionaria. Asimila performatividad a la capacidad del lenguaje de realizar una acción.

La construcción de la categoría de género, por ejemplo, es una actividad que se desarrolla permanentemente de manera colectiva y a través de diversas prácticas, dentro de las cuales las prácticas discursivas ocupan un papel relevante.

La palabra desempeña una función primordial en la trasmisión de valores, preceptos, mandatos y construye destinatarios específicos según el orden social establecido. Todo esto es posible debido a la capacidad performativa del lenguaje, donde no sólo le permite al enunciado producir una acción, un acto de habla, sino que también puede instaurar una realidad. La lengua no es un simple medio de comunicación, sino la expresión del espíritu y la concepción del mundo de los sujetos hablantes. Por eso hay que distinguir aquello para lo que sirve el lenguaje de aquello que, además, puede hacerse con él. Esto lo llevó a K. Buhler a distinguir entre acto y acción lingüística (la que hace del lenguaje un medio: se habla a los demás para ayudarlos, engañarlos, hacerlos actuar de una determinada manera),  y lo que le permitió a J. L. Austin elaborar la noción de acto ilocutorio.

Desde otra perspectiva, Bourdieu, señala que el cuerpo humano es un producto social (mucho más que natural), modelado (o construido) en relaciones sociales que lo condicionan y le dan forma. Es decir el cuerpo humano es, por ello, un cuerpo “desnaturalizado” en un sentido estrictamente biológico. A través del cuerpo hablan (y como tal pueden ser “leídas”) las condiciones de trabajo, los hábitos de consumo, la clase social, el habitus, la cultura. El cuerpo es pues, como un texto donde se inscriben las relaciones sociales de producción y dominación. Tendría entonces, un carácter históricamente determinado, podría decirse: la historia del cuerpo humano, es la historia de su dominación. Esta condición del cuerpo como producto (producción) social, es analizada en toda su brutalidad por Michel Foucault, para el caso del paso del trabajador agrícola medieval, al obrero industrial en período previo a la Revolución Industrial. Precisamente en Vigilar y Castigar señala:

“Las relaciones de poder operan sobre él (cuerpo) una presa inmediata; lo cercan, lo marcan, lo doman, lo someten a suplicio, lo fuerzan a unos trabajos, lo obligan a unas ceremonias, exigen de él unos signos. Este cerco político del cuerpo va unido, de acuerdo con unas relaciones complejas y recíprocas a la utilización económica del cuerpo; el cuerpo en una buena parte está imbuido de relaciones de poder y de dominación como fuerza de producción… El cuerpo sólo se convierte en fuerza útil cuando es a la vez cuerpo productivo y cuerpo sometido”.

Refiriéndose al concepto de construcción social del cuerpo muchos autores plantean que la sociedad y la cultura, en cierta medida, contribuyen a dar forma a sus miembros como si se tratara de moldes para troquelar objetos. Así ocurriría, por ejemplo, con los pies vendados de las mujeres chinas, la ablación del clítoris, los corsés de las mujeres del siglo XIX o la cirugía estética en la actualidad. Pero, quizá, la influencia social más poderosa sobre el cuerpo no es la que se da directamente en su construcción, sino indirectamente mediante la construcción de las ideas sobre el cuerpo. Por ejemplo, no todas las sociedades comparten las mismas ideas sobre el cuerpo: lo que en unas se identifica con la salud y la belleza, en otras se considera enfermizo y feo. Del mismo modo, en diferentes culturas envejecer puede ser temido, aceptado o reverenciado. De hecho, para estos autores la construcción social del cuerpo y la construcción de las ideas sobre el cuerpo están íntimamente relacionadas.

 

El cuerpo  atravesado por el consumo y el discurso de mercado.

 

Vivimos en una paradoja de control y consumo hacia el cuerpo. La regulación de los cuerpos establecida por nuestra sociedad de consumo, nos incita a consumir: alimentación, sexualidad, cuidado estético y ejercicio físico, son las cuatro áreas interrelacionadas donde se ve el control del consumo en relación al cuerpo.

 

El cuerpo atravesado por los diferentes discursos (la publicidad, la medicina, la sexualidad, las tecnologías, por citar sólo algunos) termina siendo un “Cuerpo moldeable”.

Por ejemplo, en el discurso médico de la modernidad lo que primaba era la idea de un cuerpo sano. Ese concepto se ha desplazado en la actualidad, también ayudado por otros discursos, a la idea de un cuerpo  moldeable permanentemente a un estado de perfección estética, la importancia de un “estar en forma”, “un cuerpo destinado a la eterna auto contemplación, que sumerge al sujeto a una permanente insatisfacción y frustración producidas por la distancia enorme con el modelo de perfección planteado por el consumo”.

El mercado de consumo convierte  al “bienestar corporal” en una mercancía que produce una voraz rentabilidad económica. La medicina y la tecnología, alineadas en ese mercado, promueven y prometen mutaciones vertiginosas por las cuales, en ciertos aspectos, la condición humana deja de ser una realidad irreparable. Se instala así una cultura del narcisismo individualista, un culto de la imagen corporal, que debe seguir los modelos sugeridos por los medios masivos de comunicación, administradores por excelencia de esos discursos.

La sociedad de consumo, apareció como consecuencia de la producción en masa de bienes (activada por el taylorismo y el fordismo), que reveló que era más fácil fabricar los productos que venderlos, por lo que el esfuerzo empresarial se desplazó hacia su comercialización (publicidad, marketing, venta a plazos, etc.). En esta sociedad también llamada postindustrial, el crecimiento económico se vincula, sobre todo, a la necesidad de conquistar nuevos mercados, lo que hace que la publicidad revista una  especialísima importancia. Es una sociedad que necesita más consumidores que trabajadores, de donde deriva también la ascendente importancia de las industrias del ocio, que explotan el creciente tiempo libre de los ciudadanos. Desde esta óptica mercantil y despersonalizada, los sujetos tienden a dejar de ser vistos como individuos, para pasar a ser meras funciones sociales, tanto a efectos de su utilización como a efectos estadísticos, con finalidad política, la electoral, o comercial, el consumo. Conlleva un profundo sentido ideológico, entendiendo por tal como lo hace E. Lizcano, a aquel conjunto de ideas y valores -y a los discursos y prácticas que lo sostienen- orientado a: 1) presentar como universal y necesario un estado de cosas particular y arbitrario, haciendo pasar así cierta perspectiva y cierta construcción de la realidad -la que favorece una relación de dominio- por la realidad misma, y 2) borrar las huellas que permitan rastrear ese carácter construido de la realidad, de modo que tal presentación llegue a percibirse como mera y rotunda representación de “las cosas tal y como son”, de “los hechos mismos”.

En el ámbito femenino, las  nuevas producciones simbólicas comenzaron a tratar el cuerpo entendido como única herramienta de poder social y económico posible para la mujer: el cuerpo como el lugar donde la belleza había de ser construida -literalmente- a fin de escalar los peldaños de la escala social. Como sostiene Le Breton, es también la posibilidad de la redención terrena: se busca “la salvación por medio del cuerpo, a través de lo que éste experimenta, de su apariencia, de la búsqueda de la mejor seducción posible, de la obsesión por la forma, por el bienestar, de la preocupación por mantener la juventud”.

 

El discurso publicitario  y el cuerpo como consumo.

                                              

“Cuando hablamos del cuerpo hay que elegir:
entre la pisada, la huella y el pie.
Siempre está el riesgo de terminar hablando del zapato.”

 

La publicidad supone un proceso de comunicación de carácter masivo, a partir del cual se pretende informar al mercado sobre los productos y servicios de la empresa, con la finalidad de influir en el comportamiento y/o actitud de los consumidores potenciales.

Es un medio de comunicación de masas, una actividad a través de la cual llegan los mensajes al público con el fin de influirlo, instruirlo y orientarlo en la compra de bienes y servicios o en la preferencia de pensamientos, instituciones o, incluso, personas. Algunos autores (entre ellos el barcelonés P. Sanagustin) plantean que  los signos y los discursos generados por la publicidad inundan las calles, los hogares, las instituciones, la cultura, la moda y hasta los pensamientos y aspiraciones, de tal modo, que afirman, sin temor a exagerar que la publicidad se ha convertido en la ideología dominante de la sociedad de consumo. Los mensajes publicitarios transmiten valores y modelos de comportamiento

Los diferentes discursos que cada época imponen atraviesan, moldean, construyen la corporalidad.  Es a través de los valores, ideales, prácticas sociales de todo tipo, metáforas imperantes, imaginarios colectivos, en que esos discursos operan.

Hoy el mercado es el más poderoso de todos los discursos, y conlleva el poder de convertir cuerpos dóciles que  dejan que otros tomen el control de su propia existencia.

Producto del modelo que reproducen los medios de comunicación de masas hacia los cuerpos atractivos, es inevitable que una parte de nuestra sociedad se lance a la búsqueda de una apariencia física idealizada. La exposición de modelos de cuerpos hermosos está determinada en las últimas décadas por una compulsión a buscar una anatomía ideal, determinando, sobre todo en las mujeres, un aumento en los trastornos de la alimentación como la anorexia nerviosa y la bulimia. Así las mujeres se sienten obligadas a tener un cuerpo delgado, atractivo, en forma y joven.

Pero no todo pasa por la belleza. También se incentiva un discurso para “lo sano”. Se abre un mercado amplio de “alimentos adecuados” y una nueva adicción: la ortorexia. Se entiende por ortorexia la obsesión patológica por la comida biológicamente pura. Las víctimas de esta enfermedad sufren una preocupación excesiva por la comida sana, convirtiéndose en el principal objetivo de su vida. Podría decirse que es un comportamiento obsesivo-compulsivo caracterizado por la preocupación de qué comer y la transferencia de los principales valores de la vida hacia el acto de comer, lo cual hace que los afectados tengan “un menú en vez de una vida”.

Otra disfuncionalidad producto de nuestra época es la vigorexia, la adicción al ejercicio. Es un trastorno en el cual las personas realizan prácticas deportivas en forma continua, con un fanatismo prácticamente religioso, a punto tal de poner a prueba constantemente su cuerpo sin importar las consecuencias. Podemos encontrar aquellos que sólo buscan la figura perfecta, influenciados por los modelos actuales que propone la sociedad, y aquellos deportistas que sólo quieren llegar a ser los mejores en su disciplina exigiendo al máximo a su organismo hasta alcanzar su meta.

 

Por eso Deleuze plantea que ya no hablamos de un tiempo disciplinario, como lo describía Foucault, sino de una sociedad de control en donde no son necesarios los centros de encierro para poder vigilar y controlar a los cuerpos de los sujetos, sino que el control se ejercerá desde una “supuesta libertad de elección”.

En la sociedad de control los controles constituyen una modulación como una suerte de moldeado auto deformante que cambia constantemente y a cada instante, lo que constituye un control mucho más difícil de percibir. Al sostener esa postura no abandona el concepto de “cuerpos dóciles”, es decir la idea de que los cuerpos de los sujetos puedan moldearse y construirse por el entrecruzamiento de los discursos y las prácticas sociales.

El cuerpo desde esta perspectiva, no es una sumatoria de órganos, sino un símbolo que puede ser fácilmente atravesado por los diferentes discursos que ejercen su rol hegemónico. El cuerpo no consume solo productos tangibles, consume imágenes, ideas, que desencadenan en la obtención de un bien particular. Porque como señala García Canclini “el consumo es el conjunto de procesos socio-culturales en que se realiza la apropiación y los usos de los productos”.

En el contexto de la cultura de consumo, el poder de la representación y de la escena se despliega en una “sociedad del espectáculo” (a la manera como lo plantea G. Bodard) donde el sujeto-espectador se convierte así en observador y objeto observado, y generaliza el autoexamen de la apariencia.

La imagen personal del  propio cuerpo, se concibe como un reflejo que condiciona nuestro éxito o nuestro fracaso. Por lo tanto su cuidado y su adiestramiento emergen como algo necesario para rivalizar y competir con los demás. La propia imagen se construye a base de privaciones y esfuerzos, buscando un éxito rápido.

El cuerpo pasa a constituirse en un verdadero objeto de culto. Un objeto muy valorado que ocupa un lugar prioritario en el modo de sentir y de pensar. Aparece un sentimiento narcisista  exagerado. Se identifica la figura, la apariencia externa, con el ser profundo, lo que constituye una falta de legitimidad de la persona. El narcisismo cumple una función que da lugar a un conjunto de normas para el cuerpo. Un cuerpo que manifiesta un febril interés, que obedece a imperativos sociales como “la línea”, “la forma”, “el tipo”, “el look”, etc. El cuerpo es objeto de un mercado floreciente que se desarrolló en los últimos años alrededor de los cosméticos, de los cuidados cosmetológicos, de los cuidados estéticos, de los gimnasios, de los tratamientos para adelgazar, del mantenimiento de la forma, de la preocupación por sentirse bien o del desarrollo de terapias corporales.

La belleza, el encanto y la juventud forman parte de un sistema de estratificación social. Quien posee esos atributos y los blande con eficacia es capaz de ejercer una enorme influencia sobre las mareas mentales. Durante la última crisis económica, el 46 % de los europeos sin empleo hizo intentos por cambiar su imagen, parecer más joven, adelgazar, o alguna cirugía para tener mejor acceso al mercado laboral.

Este individualismo narcisista se presenta en múltiples y variadas prácticas: desmesurado interés por la salud: chequeos, masajes, saunas, dieta, deporte, consumo de productos farmacéuticos, etc. Se trata de permanecer en la eterna juventud. La adolescencia, etapa de sufrimiento, desorientación, búsqueda atribulada de principios existenciales regidores, pasa a ser en nuestros días el modelo sobre el cual muchos adultos quisieran permanecer apelando a todo tipo de recursos que les sostenga ese imaginario idealizado.

 

El placer del cuerpo como consumo.

 

Continuando con el planteo acerca de  los procesos sobre la  construcción social del cuerpo humano, es importante destacar el importante papel que juegan las industrias culturales (cine y televisión, revistas, etc.) en el establecimiento de las conductas erótico/sexuales, las estéticas corporales y los patrones de movimiento para diversas expresiones corporales, entre las cuales está el deporte y otras prácticas incluidas en el espectro del tiempo libre.

La mentalidad actual sostiene el dualismo moderno entre cuerpo y ser, pero ahora el cuerpo no se significa como un elemento despreciable, que soporta el error y la muerte: es un objeto portátil al que se puede seducir, disfrutar, explorar y escuchar.

La tríada cuerpo, consumo y placer ha abierto un amplio campo de investigación que remite a varias líneas de análisis. Algunas de las principales características que presentan en la actualidad las ofertas recreativas, están referidas a un acrecentamiento del individualismo, el narcisismo y el hedonismo en el consumo de los bienes y servicios generados para la recreación y tanto las nociones vinculadas al contacto, el disfrute y la expresión corporal están siendo cada vez más atravesadas por la mediación tecnológica. Las nuevas ofertas de entretenimiento diseñadas, principalmente para los jóvenes están fuertemente impregnadas por estos fenómenos.

La voracidad por consumir se ha extendido a los afectos; el sexo es también un objeto de consumo. Las relaciones afectivas entre las personas son cada vez más efímeras. El consumo mediático del sexo, las fotografías y videos por Internet, las ofertas por televisión, el juego con los cuerpos de chicas cada vez más precoces, se acentúa día a día ya que la pornografía ha pasado hacer un negocio muy rentable.

Parecería que las palabras de Nietzsche se cumplen ahora: “con el hombre nuevo” se acabará el sujeto para dar lugar “al hombre objeto”. El hombre objeto es un material consumible al 100%, de fácil ingesta, digestión y rápida excreción.

Con relación a la sexualidad entendida también como un discurso que regla el deseo, éste promueve en conjunto con los discursos de la tecnología y el de los medios de comunicación, cuerpos “narcisistas” más ocupados en proporcionarse placer, a través del goce con la imagen propia, que en convocar al deseo del otro.

El sexoes mercancía y solo puede gozarse plenamente con un cuerpo reglado por los modelos, que el mercado ofrece como “cuerpos esculpidos”.

Prima un hedonismo calculador en donde la producción del deseo se realiza a través de la producción del cuerpo-imagen, el cual es “tanto más seductor cuanto menos tiene de real”. Construir cuerpo-imagen es realizar un montaje de mercancías, formatos disciplinarios, estéticos, dietéticos, médicos, sicológicos, recreativos, de relación con las mercancías, los lugares y las personas.

Los cuerpos dóciles

Con la exaltación de la cultura consumista el cuerpo se transforma en mercancía y pasa a ser el medio principal de producción y distribución de la sociedad de consumo. Así, su mantenimiento, reproducción y representación se convierten en temas centrales en la sociedad de consumo

El cuerpo deja de considerarse un valor de uso para convertirse en un valor de cambio, un importante elemento de mercado, ya que a partir de él surgen los diversos discursos que lo identifican. El cuerpo humano se ha convertido en producto y servicio de mercado.

Hoy el mercado es el más poderoso de todos los discursos, y ha logrado instituir “cuerpos dóciles”, maleables, que dejan que otros tomen el control de su propia existencia en una aparente contexto de  libertad.

Foucault  llamaba  «cuerpos dóciles» a aquellos cuerpos «que pueden ser sometidos, que pueden ser utilizados, que puede ser trasformados y perfeccionados».

La sociedad de consumo es un sistema social que estimula el tener sobre el ser, el placer superficial y evasivo sobre la introspección y la contemplación; que utiliza el cuerpo de la mujer como símbolo de deseos y pasiones carnales. Cuerpo fragmentado y “plastificado”. Mujer igual a estereotipo sexual que vende; y la relación entre sexos, un encuentro banal sin mayor trascendencia. Ese cuerpo de mujer expuesto, inflado, procesado tecnológicamente para que pueda impresionar con eficacia la retina de los distraídos transeúntes, tiene como fin único propiciar el consumo, la vida fácil, liviana, lúdica, superficial. 

 

Bibliografia

 

Austin, John L. Cómo hacer cosas con palabras: palabras y acciones. Barcelona, Paidós. 1982.

 

Baudrillard, J. La sociedad de consumo. Sus mitos, sus estructuras. Barcelona: Plaza & Jané. S.A. Editores.1974

Butler, Judith. Cuerpos que importan. (Bodies that Matter). Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”. Ed. Paidós. Buenos Aires. 2008.

 

Butler, Judith. Lenguaje, poder e identidad. (Excitable Speech). Ed. Síntesis. 2004.

 

De Cristóforis, Oscar. Cuerpo, vínculo y lenguaje en el campo psicosomático. Ed. Lugar. Buenos Aires. 2006.

 

Laclau, E. Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo. Siglo XXI,

España. 1993.

 

Lizcano Fernández Emmanuel. Metáforas que nos piensan: ciencia, democracia y otras…Ed. Traficantes de Sueño. Madrid. 2006.

 

Faye, J.P.  Los lenguajes totalitarios. Taurus, Madrid. 1974.

 

Ferrer, Christian, “La curva pornográfica. El sufrimiento sin sentido y la tecnología”. En Artefacto. Pensamientos sobre la técnica Nº 5, Buenos Aires, verano 2003-2004.

 

Le Breton, David, Antropología del cuerpo y la modernidad. Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión. 2002.

 

Martínez, Fabiana:”Modelo de llegada”, tópicos y límites del discurso. Universidad Nacional de Villa María – Universidad Nacional de Córdoba. 2004.

 

Ossorio Lozano, Damian El cuerpo social, el consumo y la educación física. Comunicación Internet. Madrid. 2009.
Ringelheim, Juan Pablo. All you search is love. Revista Artefacto. Buenos Aires. 2010

 

SANAGUSTÍN, P, y cols. La formación crítica del consumidor. “El sueño Consumista”. Sevilla. Junta de Andalucía. 1991.

 

Sennet, R. Carne y piedra. El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental. Alianza Editorial. Madrid. 1997.

 

error: Content is protected !!