REFLEXIONES SOBRE  EL VÍNCULO PASIONAL

REFLEXIONES SOBRE  EL VÍNCULO PASIONAL

 

 

                                                           

“Pretendo pensar a la pasión de otro modo a como es pensada habitualmente. No la concibo como negativa respecto a la acción, sino como positividad que funda la acción. No la concibo como rémora del conocimiento racional, sino como la base empírica de éste”.  Trias

 

La pasión, el vínculo pasional, por lo menos en occidente, es transmitido a través de notables relatos, leyendas, cuentos, novelas, mitos, donde el amor está unido, casi siempre, a la muerte, o por lo menos a insuperables obstáculos (que a veces se vencen, y eso le otorga valor), o grandes sufrimientos. Medea y Jasón, Paris y Helena (que desató la guerra de Troya), Cleopatra y Marco Antonio, Tristán e Isolda, Abelardo y Eloísa, Lancelot y Geneve,  Romeo y Julieta, Dante y Beatrice, Werther y… Y por estas tierras Camila O´Gorman y Ladislao Gutierrez… Mariquita Santos Sánchez de Velasco y Trillo  y Martín Jacobo Thompson, y tantos otros…

“A lo largo de la historia, la pasión, bien sea amorosa, ideológica o vital, ha tenido consecuencias trágicas para el sexo femenino”. Y yo diría que  también para el masculino. A ese amor trágico, “amor-muerte”,  se lo ha convertido en pasión, se lo ha glorificado como “el gran amor sacrificial”, cuando en realidad se podría llegar a ver en esos protagonistas, una carencia de salubridad psicológica, una desmesura, y a veces locura, como el caso extremo de Medea con su acto de filicidio. Al mismo Abelardo, hoy lo veríamos como un pedagogo abusador, con una adolescente 20 años menor que él. También en el siglo XIX,  nuestro héroe, el general San Martín,  se casa con Remedios de Escalada, ella tenía 15 años y él 34. “Se conocieron en una de las tertulias que organizaban las familias para que las señoritas casaderas encontraran un buen partido”. Costumbres de esa época.

Pero podemos preguntarnos acerca de por qué se los exalta, venera, convierte en mitos y son transmitidos de generación en generación traspasando siglos. Arriesgaría decir que tienen, por un lado el atractivo de lo prohibido, de lo que muchos quisieran hacer pero “no pueden” (nada más atractivo que lo prohibido para que nazcan los grandes deseos), y, por otro lado, el fin siempre trágico, desafortunado, funesto, es aleccionador para conservar las reglas y normas sociales. Salirse de lo estipulado, romper reglas, desbordarse en los sentimientos, tiene su precio, y éste puede ser hasta la muerte misma. Aunque no podemos dejar de marcar, que también estos amores pasionales sirvieron como incentivos “revolucionarios”, trasgresores de ciertas pautas, que a veces sentaron bases para cambios sociales posteriores. Precisamente  Enrique Molina, en su novela sobre el caso O´Gorman escribe: “Convertida ya en un hermoso mito, Camila O´Gorman es la más resplandeciente y exaltante heroína de este país. Ultrajada y asesinada en nombre de una moral opresora, jamás su trágica imagen dejará de estar presente en todo corazón donde el amor sea aún la única fuerza capaz de restituir al ser todo cuanto de dignidad y de belleza encierra el mundo”.

“Los creadores de la historia no han vivido para el bien o para la felicidad, sino para realizar su pa­sión, es decir, el interés llevado al grado de la incandescencia. Nada se realiza sin interés, nada grande se ha producido jamás sin pasión, nada grande puede cumplirse sin ella”. Esto último, palabras más palabras menos, fue lo que siglo y medio antes formulara Hegel.

En el film de los hermanos Taviani, “Las afinidades electivas”, adaptación de la novela de Goethe, aparecen incontenibles, las pasiones cruzadas entre los personajes, que desembocarán en la caída de un mundo. Feroz crítica al matrimonio y melodrama fatalista sobre la pérdida de la inocencia y el arduo destino de las elecciones. Walter Benjamin, en un ensayo sobre este mismo texto de Goethe agrega: “Desde la fatalidad, toda elección es ciega y conduce a ciegas a la desgracia”.

Rosa Montero en “Pasiones” nos dice…”la pasión permanece enquistada en lo imaginario, es una fantasía, una alucinación en la que la persona amada no es más que una excusa que nos buscamos para alcanzar la emoción extrema del enamoramiento. En realidad importa muy poco a quién queremos: por eso podemos volver a repetir una y otra vez el mismo paroxismo”. Por eso San Agustín afirma: “lo que  el enamorado ama es el amor”. Con una insistencia casi adictiva.

El otro amor, el tierno, el confortable, tiene poca prensa. Es el amor de la vida de la realidad, la cotidiana, la más generalizada. Un amor que se construye, que se labora con esfuerzo, plagado de frustraciones, de carencias, de desilusiones, desencuentros, de renunciamientos; con momentos felices, y otros no tanto, que pueden ser  rutinarios y hasta aburridos.

Por el contrario,  lo característico de… “lo pasional es la enajenación que produce: el enamorado sale de sí mismo y se pierde en el otro, o por mejor decir en lo que imagina del otro. Porque la pasión, y éste es el segundo rasgo fundamental, es una especie de ensueño que se deteriora en contacto con la realidad”. Y el tercero sería la frustración, la imposibilidad de cumplimiento, el obstáculo que también sirve para la obstinación, para convocar fuerzas, al final triunfa. Y ese final no feliz es lo que se toma como ejemplificador. Lacan decía acerca del goce (y lo pasional tiene mucho que ver con él) que “se comienza por las cosquillas y se termina en la parrilla”. Después de ese “goce pasional”, de marcada intensidad.

Ahora bien, si estas pasiones  perduran en el imaginario social (por lo menos en el de occidente), si llegan a constituirse en mitos y arquetipos, si logran ser más fuertes que las leyes, que la moral, y que la vida misma, y sus personajes llegan a representar cierta heroicidad, es por algo, y vale la pena, entonces, preguntárselo. Sabemos que el mito, el pensamiento mítico es un espacio privilegiado de reflexión; un reservorio de experiencias humanas, de pasiones y conflictos, donde no sólo existe la arista racional, sino también la vertiente emocional, vivencial. Dentro de esos relatos míticos están los personajes que se constituyeron en arquetipos, que se introducen en el “inconsciente colectivo” (si es que existe, o digamos la tradición cultural). Son como héroes, admirados, criticados, defendidos, idealizados y denostados según las épocas, y según la mirada de qué sector social proceda. Y aquí me parece percibir una clave importante a desvelar. Por un lado, estos relatos tienen valor y sentido, para administrar reglas, normas sociales, que de infringirse, tienen una reprobación no sólo del statu-quo, sino que además, en el fracaso, en el desenlace fatal que puede ser incluso la muerte, aparece el “juicio divino” y el castigo por haber trasgredido, haber pecado. Entonces se convierten en instrumentos religiosos importantes.

Pero por otro lado tienen la atracción de ser relatos plagados de escenas valerosas, de personajes que se juegan hasta la vida por defender lo que deseaban, de producir  una lujuria un erotismo que puede despertar admiración y, por qué no, envidia. Adelantan épocas planteando conflictos que sólo más adelante podrán ser aceptados o  considerados “normales”. Pienso en Oscar Wilde y lord Alfred Douglas, en John Lenon y Yoko Ono, en Perón y Evita, sólo por citar algunos más cercanos históricamente, pero la lista es amplísima. La pasión es rebelde, revolucionaria, no sólo cuando se refiere a la búsqueda erótica, sino también cuando se refiere a la concreción de ciertos ideales, o a la búsqueda de conocimiento (amor al saber=filo-sofía). Y cuando se realiza con esa tormentosa tenacidad, adquiere connotaciones valorativas considerables. Este papel trasgresor, rebelde, potente, crítico de costumbres injustas y/o excesivamente escrupulosas, hablador, generador de construcciones hasta literarias (de sublimaciones, dirá el psicoanálisis), creo que fue luego asimilado por lo que solemos llamar “amor romántico”. Que comparte con el romanticismo artístico esas banderas de libertad, de justicia, de igualdad de derechos, de autonomía.  Ese amor que nada tiene que ver con el “romanticismo de consumo” del siglo XX.

LA PASIÓN  DE ELOÍSA Y ABELARDO.

Me baso, para reflexionar sobre esta relación pasional sucedida en la Edad Media, y que atravesó siglos hasta llegar a nuestros días como un modelo de vínculo pasional, algunos lineamientos de Antonino Infranca en su artículo “La filosofía y la pasión: Abelardo y Eloísa” publicado en octubre del año 2000, en la revista Topía. No entraré en los detalles biográficos de estos personajes, ya que el lector puede contar con muchos artículos que lo relatan. Me centraré en ciertas características que este episodio sucedido en la Alta edad Media, deja como herencia y al cual se recurre cuando hablar de pasión se trata, como el mito-novela de Tristán e Isolda: ambos arquetipos citados permanentemente. Sirve aclarar que esta última también data del siglo XII, y fue transmitida oralmente por la trovadoresca, una lírica amorosa con su teoría del amor cortés, que asimiló influencias orientales y árabes. Los trovadores eran clérigos dedicados al menester literario, poseedores de una lengua latina docta y desligados de su oficio eclesiástico, difundían el patrimonio cultural entre la clase noble. Además es muy importante considerar que en ese siglo es cuando se desenvuelve el llamado amor cortés, que extremaba la imposibilidad de la relación y que sentó las bases, a mi criterio, de lo que después podrá apreciarse, de alguna manera, en los siglos XVIII y XIX, en el amor romántico.

Abelardo y Eloísa son una suerte de paradigma de la pasión erótica. En esa época las relaciones entre hombre y mujer estaban basadas en el principio del dominio del hombre sobre la mujer. Eloísa está convencida que la pasión de Abelardo es atracción únicamente carnal. ( y él también, creo).

Abelardo responde en la Ética: “No puede haber en efecto pasión si no en el caso en que suceda alguna cosa contra la voluntad, ni alguien puede padecer si su voluntad tiene plena adecuación o con una cosa o con un hecho que lo deleite”

La pasión erótica (pasión lujuriosa) es un acto contra la voluntad, porque es un pathos que bloquea la actividad del querer, que es un comportamiento fuerte y activo. La pasión es el abandonarse total ante la fuerza del objeto, un declinar de la recta dirección, un alejamiento del ser. Con la voluntad se niega  la pasión.

Intención, voluntad, acción, son los tres momentos constitutivos del comportamiento moral; la pasión puede distraernos de este proceso lineal, y toda acción dictada por la pasión no es una acción puramente moral, en cuanto la voluntad no ha sido libre y el consenso ha sido forzado.

Eloísa siempre estuvo enamorada, sumisa ante él, en una postura de una mujer extraordinariamente moderna, por la tragicidad, que fue siempre consciente de ser la víctima sacrificial de Abelardo. Ella reconoce haberse… “abandonado a los placeres de la carne y a las vanas promesas de los sentidos, y por esto era justo que yo sufriese aquello que sufro: éste es el castigo de los pecados que he cometido”. Además asume un papel en defensa de lo femenino: “La modernidad de Eloísa consiste también en la lucha que ella sostiene para ver reconocida su individualidad, y si no llega a lograrlo como singularidad, tiene éxito como miembro de una comunidad” dice A. Infranca.

BIBLIOGRAFÍA

 

Ferrater Mora José. Diccionario de filosofía. Vol. 3 Ed. Alianza 1986 quinta reimpresión Madrid.

Infranca, Antonino. La filosofía y la pasión: Abelardo y Eloísa. Revista Topía. Bs. As. Octubre 2000.

Tappan Merino José Eduardo. La pasión. 3er congreso nacional de filosofía y psicoanálisis con el tema de la pasión Facultad de Filosofía y Letras UNAM.  14 de septiembre 2005.

Trias Eugenio. Tratado de la pasión. Ed. Taurus. Col. Ensayistas no.170. 2ª edición 1984. Madrid España.

 

 

 

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