CUANDO LA PAREJA HABLA… (O NO HABLA…)-Sobre los malentendidos y paradojas en las parejas

CUANDO LA PAREJA HABLA… (O NO HABLA…)-Sobre los malentendidos y paradojas en las parejas

La convivencia, cuando se prolonga siempre presenta sorpresas insospechadas. Surgen preguntas como: “¿Qué has querido decir con esto?” ” ¿Por qué me decís eso?”. Las conversaciones comienzan a no fluir como al principio y entran en laberintos de incomprensión. “No te entiendo”, “no me entendés”, “no me escuchás cuando te hablo”. Es entonces  cuando se dan cuenta de que la supuesta alma gemela, no solo no es gemela, sino que tampoco hermana y ni siquiera parecida. La decepción se apodera de ambos, y la ilusión de que pueda haber alguien que la/lo comprenda mejor, comienza a crecer cada día que pasa. El intercambio verbal pasa a ser el estrictamente necesario y el silencio entre ambos, matizado por la atrapante TV, la opción más preferida.
Uno de los temas que con más frecuencia suele aparecer en el vínculo de parejas es el de la comunicación o como yo prefiero nombrarlo, el intercambio verbal, o más correctamente “los intercambios verbales”. ¿Y por qué elijo llamarlo de esa manera? Porque cuando en general las personas se refieren a la comunicación piensan que es siempre posible, que hay un mensaje, un emisor, un receptor y que cada pareja mantiene o no una frecuencia aceptable,  que cuando este aspecto trae aparejado conflictos es porque la comunicación se corta o se realiza en forma muy escasa. Por eso cuando las parejas traen este tema a la consulta siempre insisto en llamar a la comunicación “intercambios”, ya que por lo general la idea de que el otro comprende, entiende el contenido de lo emitido de la misma manera y con similar sentido como lo plantea el emisor, es casi imposible. Puedo saber (y hasta cierto punto…) lo que digo, pero no lo que el otro recepciona, comprende. decodifica.
Corrientemente se plantea que la comunicación directa, frontal y clara alimenta el bienestar y la buena calidad de la relación; que cuanto antes se puedan comunicar los sentimientos y pensamientos, con respecto al otro y a la relación, en un diálogo franco, será más conveniente para la armonía y continuidad de la pareja; que la pareja que no soporte este nivel de charla no tiene buen pronóstico; que animarse a hacerlo puede costar bastante, pero no hacerlo condena a la pareja a un destino sufriente. Y todos esos planteos, a la luz de un análisis más profundo, tienen apenas muy poco de verdad y asidero.
En realidad lo que sucede es que es muy difícil pensar que lo que una pareja se trasmite entre sí sea suficientemente bueno para el bienestar de la misma y que sólo se trataría de poca o infrecuente comunicación, o el mal uso de la forma en que se la practica. Toda comunicación será posible en cuanto y en tanto la entendamos como malentendido. ¿Esto quiere decir que la comunicación no existe? Lo que esto quiere significar es que esos intercambios verbales que se realizan entre ambos miembros de la pareja, van a estar siempre teñidos de incomprensiones, múltiples sentidos, malformaciones, etc. y que es imposible que así no sea, o dicho de otra manera, que el malentendido en la comunicación es inevitable, no es contingente, sino estructural, (1) pertenece a la esencia misma de su estructura.
En la función de la palabra existe siempre una separación entre “lo que se dice” (las palabras que dice el hablante), y “lo que se quiere decir” (pero no se dice). Nunca hay coincidencia. Dependerá entonces del oyente, de su poder discrecional, el captar o no lo que atañe al discurso del hablante. Pero además de esta división entre “decir” y “querer decir”, resulta también que lo que el hablante quiere decir es decidido, no por el sujeto que habla, sino por quien escucha. Es precisamente el receptor el que está en el origen del mensaje mismo. El sentido profundo y último de lo dicho es decidido por el receptor. Lo cual da vuelta, se invierte, la noción tradicional que se tiene de la comunicación. Como puede apreciarse la cosa es bastante compleja y de ahí que no exista esa coincidencia idílica del planteo corriente acerca del “comunicarse”. Pero hay algo que a pesar de este complicado mecanismo que se pone en marcha cuando la pareja conversa (y discute, por qué no) es el lazo que se crea entre ambos. Ese intercambio oral es muy importante, aunque sea fallido, paradojal, mal comprendido, porque las palabras tienen también otras funciones de envoltura, acercamiento, lazos de unión, pueden ser acariciadoras (como las palabras de amor), prometedoras, constructoras de ilusiones, alimentan el imaginario que constituye el objeto pareja en el interior de cada uno. Por eso las quejas si faltan. Como se dice de los enamorados, que lo importante no es lo que se dicen, que en general son tonterías, liviandades, sino que digan, que se hablen, como decía Rochefoucault: el amor es charlatán. Y cuando las parejas son charlatanas, por lo menos, aunque no se entiendan cabalmente, esas conversaciones, si no son violentas ni agresivas, operan a manera de arrullo.

Sobre el malentendido
El amor, es un laberinto de malentendidos cuya salida no existe.

Según el diccionario de la Real Academia Española, malentendido es mala interpretación, equivocación en el entendimiento de algo, sinónimo de equívoco, que lo define como aquello que puede entenderse o interpretarse en varios sentidos, o dar ocasión a juicios diversos. Es error, confusión. También es una figura que consiste en el empleo consciente de palabras polisémicas, de significación múltiple que pueden llevar a confusión. Lo que nos dicen o escuchamos lo recibimos desde nuestra propia conformación psíquica, experiencias y vivencias, de manera que nunca nos llega de la misma forma o intención con que fue dicho. Esto genera “el malentendido” que nos caracteriza como seres humanos y cuya brecha en la comunicación crea problema. Al malentendido se lo podría ubicar entonces, como equívoco, y como una disfunción propia del proceso de comunicación, que podría ser evitado por alguna ejercitación específica o por la experiencia. Dos o más personas suponen compartir significados y sentidos transmitidos, desconociendo que existe una divergencia de interpretación. Esta divergencia interrumpe el entendimiento de lo comunicado, pero subyace una premisa básica, una ilusión de entendimiento. Todo va a depender, además, como entendamos el proceso comunicacional, qué alcance le demos a este fenómeno, ya que desde el punto de vista psicoanalítico, por ejemplo, la comunicación sería factible en todos los casos de ser un constante malentendido. Pensado así, el malentendido no sería un déficit de comunicación, susceptible de ser corregido con el diálogo esclarecedor, sino que sería la marca de lo real en la lengua, la huella de una imposibilidad.

Podemos profundizarlo aún más: toda constitución de una pareja se basa en malentendidos.

Mientras el amor engaña al deseo, haciéndole creer que encontró su objeto, el malentendido puede sostener a la pareja en la creencia de que comparten el deseo. Si el malentendido cae, cada miembro “se da cuenta”, y la pareja pasa a la confrontación. Aquí aparece lo que muchos definen como “desengaño”, o podemos llamarlo caída de la ilusión. Engaño, no pensado desde el otro, sino que uno mismo “se la creyó”, pensó que había encontrado algo que en realidad no es posible de ser encontrado, por estructura. Porque como bien señalaba Lacan: “Amar es dar lo que no se tiene a aquel que no lo es”, y el amor nos hace creer que sí lo es, hasta que todo se aclara y entonces comienzan las discusiones, los reproches, los reclamos, las peleas, los desencuentros, la violencia….Y entonces, ¿es imposible estar (bien) en pareja? Tal vez lo que es imposible es evitar el malentendido, y como la paradoja, no tratar de resolverlo sino de sostenerlo, y a veces soportarlo. También Enrique Pichón Riviére afirmaba que “el malentendido surge del sobreentendido, del supuesto del que el otro maneja y dispone del mismo código, así uno sobrentiende que el otro entiende y el otro sobrentiende que uno entiende”; y lo calificaba como inevitable. Otros autores destacan la trama de complicidad que se establece entre los interlocutores cuando se sostiene que “el malentendido sincroniza los soliloquios humanos fabricando un intercambio aparente a partir de soledades paralelas”. El malentendido está presente en todo tipo de relaciones humanas, pero es en el vínculo amoroso donde se consolida, pudiendo germinar en él de un modo patológico causando un malestar permanente.

El discurso, en general, ofrece huellas a partir de las cuales el intérprete intentará reconstruir un sentido, pero, como se trata de pistas, hay lagunas a ser rellenadas, hay eslabones de esa cadena que se perdieron y cabe al intérprete recuperarlas. Y esto él lo hace a partir de su propia subjetividad, lo que significa distintas interpretaciones de un mismo discurso. Pero, «distintas» no significa «cualesquiera». Hay límites para la interpretación impuestos por los límites de la lengua y de las características propias del discurso. Esto no supone que si el marido le dice a su esposa “vuelvo tarde”, la esposa entienda “compré un piano”, pero sí seguramente la expectativa de “tarde” puede ser distinto en él que en ella, y puede ser probable cuando se reúnan, que discutan acerca de la manera en que ambos interpretaron la información emitida y recibida. Como puede apreciarse en ese sencillo proceso de comunicación, dos personas suponen compartir significados y sentidos transmitidos, desconociendo que existe una divergencia de interpretación. Esta divergencia interrumpe el entendimiento de lo comunicado, pero subyace la premisa básica de ilusión de entendimiento, caso contrario hubieran aparecido preguntas con respecto a la hora exacta de llegada, etc. Dado un diálogo entre dos personas, cada uno de los participantes necesariamente desarrolla hipótesis individuales sobre lo transmitido por el otro, es decir, realiza una tarea de decodificación de acuerdo a su código idiosincrático. En este sentido podemos afirmar que el entendimiento nunca alcanza una total concordancia. Sólo sucesivas aproximaciones. En este proceso puede irrumpir la situación de malentendido.
Además esto se incentiva en vínculos estables -pareja, familia- donde los actos comunicativos cuentan con la peculiaridad de desplegarse en un espacio privilegiado para la re-edición de modelos arcaicos. Esos modelos tienen a veces tanto peso que lo que aparenta ser un diálogo, en realidad es un monólogo intrasubjetivo de alguno de los miembros de la pareja.
Entonces, habrá siempre posibilidades de malentendidos en los actos discursivos. En los chistes esta posibilidad es explotada para crear el humor, pero en las relaciones humanas el malentendido es fuente de amor y odio.

Paradojas en las parejas

Mi contribución consiste en pedir que la paradoja sea aceptada, tolerada y respetada, y que no se la resuelva.” (D. Winnicott, 1971)

No sólo de malos entendidos se alimenta una pareja, también lo hace de paradojas. ¿En qué consisten? Son razonamientos o proposiciones que generan una situación circular, una situación sin salida. La paradoja es una figura retórica que expresa en sus términos un tipo específico de contradicción. Etimológicamente significa “contrario a la opinión recibida y común”. Puede suceder que una proposición afirme dos cosas contrarias al mismo tiempo. Dentro del vínculo de pareja existen esas situaciones paradojales desde el comienzo de su conformación. Posiblemente esto se advierta más en las parejas matrimoniales, las conyugales, aunque en su extensión todas las padecen de alguna manera. Dice el diccionario: -“Idea extraña u opuesta a la común opinión y al sentir de las personas. – Aserción inverosímil o absurda, que se presenta con apariencias de verdadera. – Figura de pensamiento que consiste en emplear expresiones o frases que envuelven contradicción”. Las paradojas son declaraciones aparentemente verdaderas que derivan en una contradicción lógica o en algo que contradice el sentido común. Las hay de todos los tipos, desde paradojas muy simples de comprender hasta paradojas que han atormentado a los más grandes científicos desde los inicios de la ciencia. Un ejemplo puede aclarar: “La Paradoja de la Omnipotencia”. Esta paradoja es parte de una familia de paradojas similares que tienen que ver con la pregunta de qué tan omnipotente se puede llegar a ser, y propone lo siguiente: “Si Dios es omnipotente – o sea que todo lo puede -, ¿Dios puede crear una piedra que ni él mismo pueda cargar? Si la respuesta es sí, entonces Dios no es omnipotente, porque no puede cargar dicha piedra. Si la respuesta es no, entonces Dios no es omnipotente, porque no puede crear dicha piedra. Por lo tanto, Dios no es omnipotente”. He ahí el meollo de la paradoja, pues se supone que Dios es omnipotente, así que Él “no podría no poder” hacer algo. El concepto de paradoja implica la existencia simultánea de un par de opuestos que es condición necesaria de una estructura siendo su solución imposible. La paradoja podrá ser aceptada o negada, desconocida, pero no puede ser resuelta. Crea un estado de tensión y todo lo que es pensado como solución encubre o la disolución de la estructura, o la creación de un ideal que anularía la tensión insoportable, anulando uno de los términos contradictorios. En un vínculo de pareja podemos apreciar las siguientes paradojas:

a) La paradoja planteada por el par endogamia-exogamia; b) La del encuentro-desencuentro; c) La del placer- sufrimiento; d) La de la capacidad de estar solo en presencia del otro. Y sentirse acompañado en soledad; e) La que surge de la cotidianidad. Más de lo mismo y de lo nuevo.

Pero hay además un tipo de paradojas que podrían llamarse fundantes que hacen a lo medular de la conformación del vínculo:
1. Obligación de pertenecer – Opción de elección: Pertenece al orden de la pertenencia, donde lo que aparenta ser una elección es a la vez una obligación, porque si bien elijo estar, no puedo dejar de hacerlo.

2. Fusión –Separatividad: un vínculo para existir como tal necesita tanto de la fusión como de la separación. Hay que estar separados y estar pegados para estar juntos.

3. Arrancar- recibir: se refiere, por ejemplo, al momento de “tomar-arrancar” a alguien de la familia de origen, cuando en realidad es alguien que a su vez está “cedido”. Sería el caso de un hombre que “roba-quita” una hija a un padre, y ese padre que está siendo “robado” a su vez debe desear “entregar” su hija. Por otro lado la hija acepta que la donen y ser robada, y estar eligiendo la unión. Son todas situaciones paradojales. Vemos que “el concepto de paradoja lleva a sostener la existencia simultánea de un par de opuestos como condición necesaria de una estructura siendo su solución imposible, no porque no la tenga sino porque el tema no es la solución por reducción sino la utilización dinámica de la misma”. (J. Puget 2002).
Muchas veces estas paradojas estructurales en el vínculo de pareja son motivo de confusión, perplejidad y desconcierto. Enfrentarlas, comprenderlas, asumirlas generan un campo propicio de elaboración de otro tipo de conflictos, que sí pueden ser resueltos, ya que como fue señalado antes, este tipo de paradojas no tienen resolución.

Bibliografía:

Austin, John L. Cómo hacer cosas con palabras: palabras y acciones. Barcelona, Paidós. 1982.

De Cristóforis. O. Amores y parejas en el siglo XXI. Buenos Aires. Ed. Letra Viva. 2009.

Estacolchic, Ricardo – Rodríguez, Sergio. Escenas, causas y razones de la vida erótica, Ed. LetraViva. Buenos Aires 2003.

Pichón Riviere, E. El proceso grupal. Buenos Aires. Ed. Galerna. 1970

Puget, J- Berenstein, I. Psicoanálisis de la pareja matrimonial. Buenos Aires. Paidós. 1989

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