HACIA LA PAREJA SUSTENTABLE

HACIA LA PAREJA SUSTENTABLE

Algunas ideas clave para comprender la posible sustentabilidad de las parejas actuales.

Hablar hoy de pareja sustentable, es una manera  de plantear la permanencia, la conservación, la duración, el sostenimiento en el tiempo  de una pareja. Pensar en este tema no significa en enumerar una serie de reglas, recomendaciones para que una pareja pueda mantenerse en el transcurso del tiempo con cierto nivel de bienestar, como suelen hacerlo los innumerables libros de autoayuda que abundan en las librerías. No estoy de acuerdo con ellos, porque al hacernos esos planteos normativos, además de sufrir y estar mal por nuestros conflictos, encima nos hacen sentir culpables o un poco tontos por lo que no hicimos o hacemos, ya que, como ahí se presenta, parece sencillo y obvio.  Se trata más bien de reflexionar acerca de ciertos principios inherentes a la constitución de la pareja sexual adulta, sus motivaciones conscientes e inconscientes, las funciones que cumple a nivel del psiquismo y a nivel social, las influencias que recibe de las familias de origen desde donde proceden sus integrantes, así también como los determinantes sociales y culturales derivados del contexto social donde trascurre su existencia. De esa manera podemos estar un poco más prevenidos ante los numerosos conflictos que sin duda se presentaron a lo largo de la convivencia con un otro.

Una cosa en conformar una pareja, estar conviviendo con alguien, es decir, tener una vivencia personal de esa experiencia, y algo muy distinto es pensar sobre esa experiencia, nutrirse de ciertos conocimientos acerca de ese fenómeno. Es como comer, gustar de ciertos alimentos que están a nuestro alcance, y otra cosa es saber acerca de las propiedades alimenticias de los mismos, su valor energético, sus bondades o perjuicios que pueden causar a nuestro organismo. ¿Y para qué deberíamos saber acerca de ello?, se preguntarán algunos, y yo respondería: porque eso beneficiaría nuestra salud, consiguiendo por ende, mayor bienestar, viviendo una vida más plena, porque alimentándonos mejor podremos evitar muchas enfermedades a lo largo de nuestra vida. Del mismo modo, el conocimiento que se tenga sobre un determinado tema de nuestra vida cotidiana,  siempre va a redundar en nuestro beneficio porque vamos a estar en mejores condiciones de discernir acerca de lo que nos resulta más conveniente.

Siguiendo esta línea de pensamiento, al nutrirnos de ciertos conocimientos sobre la pareja humana vamos a estar en mejores condiciones para poder conformarla, sostenerla, entender por qué se dan determinados procesos, estar más en condiciones de discriminar acerca de hechos, situaciones, “esperables”, “razonablemente corrientes”, de aquéllos otros más enfermizos, “patológicos”, fuera de lo esperable. Sirve además, para tomar conciencia de lo que puedo esperar o no de esa vida en común, de lo posible y de lo imposible, de lo que es producto de un imaginario social, y de lo que surge de nuestra propia autonomía personal.

Qué entiendo por pareja 

Cuando hablo de “pareja” me  refiero al vínculo amoroso que establecen dos personas adultas entre sí, el cual puede adoptar una diversidad de formas en función del contexto histórico y sociocultural en el que éste se desenvuelva. Definición suficientemente abarcativa como para incluir en ella a muy distintas modalidades de unión adulta que, escapando a los patrones clásicos del matrimonio, son igualmente válidas y significativas. Aclaro esto porque, en general cuando se habla de pareja, suele interpretarse la misma con las características que son típicas del matrimonio. Algo parecido podemos hacer con la noción de “amor”: conjunto de sentimientos positivos que ligan una persona a otra, o bien a las cosas, ideas, etc. Podríamos agregarle, cuando se trata de amor de pareja, que esos sentimientos incluyan una atracción sexual y que la misma sea llevado a cabo. A partir de estos presupuestos tan básicos, después podemos ir avanzando hacia la complejidad que sin duda existe.

Siempre vivimos, convivimos, interactuamos, en un entorno relacional. El primero, en la mayoría de los casos, es el de nuestra familia de origen, y luego, también por lo general, el de la o las parejas que constituimos a lo largo de nuestra vida. En el ámbito familiar modelamos nuestro carácter, adquirimos la mayoría de los patrones afectivos que nos acompañarán a lo largo de nuestra vida, nos quedarán marcas tanto positivas como negativas. Por supuesto que las experiencias fuera del entorno familiar y las que se produzcan a lo largo de nuestra vida seguirán constituyendo nuestra personalidad, pero lo que quiero destacar es que cuando comenzamos una relación de pareja, estamos  conformados de tal manera como para que esa experiencia resulte lo suficientemente exitosa o no. Un individuo que en su juventud (o ya adulto) se manifieste con una solvencia psicológica (y tendríamos que ponernos de acuerdo en qué consiste la misma), está en mejores condiciones de aparearse con otro individuo de similares características, que aquél que adolece de una importantes patología psíquica. Claro que esto no es matemático y siempre las excepciones serán la regla.

Muchas veces sucede que alguien bastante perturbado, al unirse con alguien mucho más sano, logra ciertos equilibrios, producto precisamente de esa unión. Y también se da el caso inverso, personas que antes de conformar la pareja se manifestaban como seres sin mayores problemas y al establecerse en esa relación, todo se complica y el vínculo resulta insostenible. A veces sucede que un individuo puede desempeñarse en varios frentes de su vida sin manifestar dificultad alguna, ya sea en el estudio, el trabajo, en el círculo de amistades, el deporte, etc., pero de pronto hacer agua cuando quiere conformar o sostener una pareja.

Por eso resulta conveniente conocer por lo menos aspectos fundamentales que entran en juego a la hora de emparejarnos en cualquiera de las variables que hoy en día se presentan en el amplio espectro cultural. Ya no sirve hablar sólo de la pareja matrimonial clásica ya que las variaciones de la misma y otras formas que se vienen agregando en las últimas décadas, nos conminan a reflexionar sobre problemáticas hasta hace poco impensadas.

DE LA NECESIDAD SEXUAL AL AMOR.

La sexualidad, en el humano, es una necesidad, como el hambre, la sed. Y como sucede con estas dos últimas (como con todo acto humano) todo lo que tienen de básico, de elemental esas necesidades, son transformadas por los procesos simbólicos que las diferentes culturas imponen. Así, en el mundo occidental el comer está mediatizado por los innumerables instrumentos, usos, costumbres, espacios que se remontan a miles de años. Hoy, para comer, realizamos muchísimas acciones que no se refieren sólo a la preparación y elaboración que resultará la ingesta diaria, sino también a múltiples rituales, a la forma que adquieren los lugares designados para esa función, a toda una industria que abarca desde la manera en que se presentan los alimentos para ser ingeridos, para ser conservados, adquiridos, etc., hasta la ambientación en los hogares y salones, de los lugares para su cocción, preparación y consumo. Es decir, una parafernalia de aspectos que envuelven esa necesidad tan elemental del ser humano.

Si esta idea la trasladamos a la necesidad sexual, también ella se ve envuelta por innumerables conceptualizaciones que la han determinado, conformado, de tal forma que tener sexo con otra persona significa atravesar todos los procesos que la cultura ha levantado en torno a ello. Y uno de esos productos, creación del hombre para este fin, es el amor.

La biología tiene una serie de potencialidades que se transforman y adquieren significado sólo en las relaciones sociales. Cada cultura establece «restricciones de quién» y «restricciones de cómo». Las primeras tienen que ver con la formación de parejas según el género, la edad, el parentesco, la raza, la casta, la clase, etc.; las segundas se refieren a los órganos que se usan en el ejercicio de la sexualidad: los orificios que pueden ser penetrados, la posición como ha de practicarse el coito, qué puede tocarse y qué no, con qué frecuencia y en qué circunstancias. Es decir que determinan lo tolerable, las prohibiciones, los límites y las posibilidades a través de las cuales se organiza la vida erótica. Estas reglamentaciones se manifiestan de varias maneras: formales, informales, consuetudinarias, legales y extralegales; muchas veces no corresponden a la realidad social y se diferencian según se trate de mujeres u hombres. Por lo general, la sexualidad de las mujeres queda subordinada a la de los hombres. (1).

 

Una de las instituciones más importantes en la reglamentación de la sexualidad es la religión. Las iglesias legislan sobre la sexualidad y los cuerpos de las mujeres (y de los varones, aunque un tanto menos), de tal modo que la conducta sexual está determinada por preceptos cristianos de virginidad, castidad, indisolubilidad del matrimonio; todo ello complementado con el “marianismo” (culto al mito de la Virgen María). De esta manera se imponen nociones de culpa y pecado al ejercicio de la sexualidad femenina y, por supuesto, se reprime el ejercicio de su libertad sexual. Según los preceptos de la moral cristiana tradicional, se considera que “una mujer debe ser moralmente superior y espiritualmente fuerte”; la fuerza espiritual le otorga una infinita capacidad de humillación y sacrificio. Para la Iglesia Católica, las mujeres han sido las responsables de los “pecados de la carne”. Consecuentemente, la anulación y represión de la sexualidad femenina han sido consideradas como una necesidad para el mantenimiento del “orden social” y la moral.(2)

Tipos de parejas

A grandes rasgos podría enumerar tres tipos de parejas bien marcados que coexisten en la actualidad:

Parejas tradicionales: en su forma conyugal, caracterizadas por una fuerte concentración del poder por parte del hombre y la consiguiente dependencia económica y emocional de la mujer. Existe en ella una división sexual del trabajo absoluta, no interviniendo la mujer en una actividad productiva y sin participación del varón en la crianza.

Parejas transicionales: son las que comienzan suscribiendo un contrato tradicional que va evolucionando paulatinamente hacia la posibilidad de compartir tanto la generación de ingresos como la atención de los niños pero el marido sigue siendo el proveedor económico principal. Comienza a darse un proceso de desidentificación del rol tradicional.

Parejas contraculturales o innovadoras formadas por mujeres que no aceptan la pasividad frente al marido. Suelen representar el rol de proveedoras económicas aunque el ideal de maternidad es manifiesto.

Parejas no conyugalizadas (ni matrimoniales), serían parejas libres: relación privada e íntima en que dos personas deciden sobre su relación erótica sin más condicionamiento aparente que el de asegurar un encuentro placentero e integral. Puede darse con convivencia o sin ella.

 

Con más frecuencia se viene observando el retroceso de la pareja tradicional. Por primera vez los hogares monoparentales o de parejas no casadas superaron a los matrimonios convencionales; las grandes ciudades lideran la tendencia. Un estudio mostró que el matrimonio tradicional dejó de ser el acuerdo familiar preferido por la mayoría de los hogares estadounidenses, por ej.. “El aumento del tiempo que las parejas pasan juntas, en algunas instancias ha hecho que las personas no quieran soportar un matrimonio infeliz, mientras que la independencia económica de las mujeres hace que esto no sea esencial para ellas”

Si bien las transformaciones familiares contemporáneas están caracterizadas por la tendencia a la democratización de la vida privada, proceso que cohabita con distintas formas familiares (monoparentales, recompuestas, unipersonales, nucleares), con la libertad de elección, con variadas formas de construir y gestionar el universo privado que muestra una emancipación de lo individual con respecto de las antiguas tutelas familiares, con un proceso de individualización que va de la mano con la tendencia hacia la des-institucionalización de la familia. Estos cambios coexisten con la reproducción de patrones familiares y de género heredados del pasado.

ADIÓS AL DESEO

Cuando la rutina conlleva aburrimiento y monotonía, aunque haya amor, la actividad erótica pierde fuerza y disminuye el placer y el deseo sexual. Este fenómeno no surge por generación espontánea. Se trata de un proceso gradual, en el que los medios de comunicación influyen significativamente. La televisión, el cine, continuamente, nos bombardean con un ideal sexual que sólo concibe fogosidad en los primeros contactos.

¿Es posible una relación sexual satisfactoria, después de haber pasado la etapa del deseo arrebatado y el apasionado enamoramiento? Todo depende del grado de sanía mental de los miembros de la pareja. Por otro lado, los avatares de la vida contemporánea no ayudan demasiado. Por supuesto que hay quienes lo consiguen. Pero no es lo más frecuente, sino la excepción.  Se pueden intentar diferentes mecanismos para incentivar la relación, pero insisto en que depende de las características psicológicas de los individuos que constituyen el vínculo, ya que ese tedio, esa monotonía, ese aburrimiento pueden manifestarlo en casi todas las áreas de su vida, por lo tanto también en la pareja.

El Amor vive de deseos y muere de saciedad, dice la gran sentencia. Y la mujer es fatalmente voluble como el hombre.Pero en las “aceleradas” sociedades actuales la pérdida libidinal hacia el “otro” es muy significativa y alarmante.

Franco Berardi afirma que la “deserotización” de la vida cotidiana es el peor desastre que la humanidad pueda conocer. Es que se pierde -explica- la empatía, la comprensión erótica del otro. (3). Para este autor, el fundamento de la ética no está en las normas universales de la razón práctica, sino en la percepción del cuerpo del otro como continuación sensible de mi cuerpo. Aquello que los budistas llaman la gran compasión, esto es: la conciencia del hecho de que “tu placer es mi placer y que tu sufrimiento es mi sufrimiento”: la empatía. Si nosotros perdemos esta percepción, la humanidad está terminada; la guerra y la violencia entran en cada espacio de nuestra existencia y la piedad desaparece.

Plantea que los efectos de la competencia, de la aceleración continua de los ritmos productivos, repercuten sobre la mente colectiva provocando una excitación patológica que se manifiesta como pánico o bien provocando depresión. Que la psicopatía está deviniendo una verdadera epidemia en las sociedades de alto desarrollo y, además, el culto a la competencia produce un sentimiento de agresividad generalizado que se manifiesta sobre todo en las nuevas generaciones. Se refiere a una reciente investigación encarada por la Durex, la mayor productora mundial de preservativos, quien contrató al Instituto Harris Interactive para efectuarlo. Fueron elegidos veintiséis países de culturas diversas. Y en cada país fueron entrevistados miles de personas sobre una cuestión simple: qué satisfacciones experimentaban con el sexo. Sólo el 44 por ciento de los entrevistados respondió que experimentaba placer a través de la sexualidad. Esto significa, para Berardi, que ya no somos capaces de prestarnos atención a nosotros mismos. Pero tampoco tenemos tiempo suficiente para prestar atención a aquellos que viven alrededor nuestro. Presos de la espiral de la competencia ya no somos capaces de entender nada del otro.

 

(1).  Plummer, Kenneth: Sexual diversity: a sociological perspective. Oxford, 1984. Citado por Weeks, Jeffrey: Sexualidad. Paidós, Universidad Nacional de México, Programa Universitario de Estudios de Género. México, 1998.)

(2)Valladares Tayupanta, Lola. Derechos Sexuales en Ecuador. En Mujeres ecuatorianas. Entre las crisis y las oportunidades. Quito- FLACSO.

(3)Beradi, Franco. La fábrica de la infelicidad. Editorial Traficantes de sueños. Madrid. 2003.

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