CAMBIOS EN LA VIDA PRIVADA E ÍNTIMA DE LAS PAREJAS.

CAMBIOS EN LA VIDA PRIVADA E ÍNTIMA DE LAS PAREJAS.

 

  Lo privado es, sin duda alguna, una experiencia de la modernidad que se sigue investigando aún hoy día. La historia, la sociología, la antropología histórica, la psicología e incluso el psicoanálisis reflexionan sobre este tema. Se lleva a un primer plano los particularismos, las individualidades, las diferencias (de sexo, de edad, de etnia, de religión, etc.) que pasan a ser considerados como motor de la historia.

Esta manera de considerar la “privatización de las costumbres” va acompañada de una exaltación del individualismo, fenómeno que caracteriza a occidente (a diferencia de la cultura oriental). En nuestros días ya casi no se acepta (o por lo menos se lo intenta) subordinar los intereses personales a las propuestas englobantes de los Estados totalitarios, despóticos o democracias con concentración de poderes, aunque estas formas sigan teniendo vigencia. Como señala M. Perrot, el siglo XX es la edad de oro de lo privado, que va acompañado de lo íntimo y de lo individual, y fue precedido por las bases que asentó la Revolución Francesa.

Lo privado se centra fundamentalmente en la vida familiar (y en general la mayoría de los estudios se refieren a lo familiar urbano y principalmente burgués) por eso resulta de estimable interés para las reflexiones que podamos hacer con respecto a la vida en pareja. Pensar lo privado nos lleva a plantear cómo los individuos organizan sus representaciones, cómo manifiestan sus emociones, qué comportamientos asumen en su vida íntima, sus formas de sentir, amar, qué sueños tienen y cómo organizan su deseo. Además lo privado está indisolublemente ligado a la política de lo cotidiano, y la trama socio-cultural en su conjunto. Entonces cualquier reflexión que se haga desde los diferentes campos del saber, debería dar cuenta de esa trama.

Señalaba más arriba la importancia de la Revolución Francesa con respecto a la vida privada ya que ella fue, entre innumerables consecuencias, quien limitó el poder paterno omnipotente, reconoció el divorcio, proclamó derechos del individuo, y la inviolabilidad del domicilio (1794).

Pero no se puede soslayar que a lo largo de nuestra civilización occidental desde el siglo I D.C. dos grandes fuerzas controlaron -y controlan aún- la vida privada: el Estado y la Iglesia Católica, y que, por otro lado, siempre compitieron entre sí al tratar de alcanzar sus cometidos  que en muchos casos aparecen en contradicción. Esta influencia es muy notable todavía en la actualidad: no es lo mismo una pareja de convivencia que haya pasado antes o no por el civil y la iglesia, o que dada la separación conyugal haya  realizado el divorcio legal o no. Son prácticas sociales que muestran y determinan diferentes formas de percibir el vínculo, de sostenerlo y de deshabitarlo.

 

No fue sólo la Revolución Industrial,  en sus dos etapas históricas, lo que  transformó social y culturalmente la institución familiar. El período de muerte, decadencia, miseria y violencia de la posguerra mundial, en la segunda mitad del siglo XX, es el que, evidentemente, generó las mutaciones que padecen las familias en la actualidad. Este proceso fue coronado, en las últimas décadas del siglo pasado, por la llamada globalización político-económica. Este movimiento mundial, impuesto desde las esferas de poder,  se encargó de hacer más visible estas transformaciones.   Las vicisitudes por las que ha atravesado la familia hacen estallar todos los modelos de pensamiento que han  intentado definirla.  Pero lo más complejo de este panorama actual, a mi entender, es el modo de apropiación que la epidemiología neoliberal ha hecho de sus producciones.  Asistimos a una “patologizaciòn” de la vida familiar.          Todos los miembros de la familia: niños, adolescentes y adultos se hallan estandarizados en una pormenorizada clasificación que define comportamientos y diagnóstica conductas.  Ya nadie queda por fuera de estas apreciaciones: síndromes por déficit de atención; ataques de pánico; trastornos de ansiedad; patologías de consumo (toxicomanías y trastornos alimentarios: anorexia y bulimia); trastornos de la identidad sexual; trastornos depresivos; etc.

En los primeros estudios sobre la familia los investigadores indagaban el origen de su conformación, su estructura y la modalidad bajo la cual había surgido. Actualmente ya nadie se pregunta por su origen sino por su destino, por lo que está dentro de la llamada “normalidad” o bien, cuando es “patológica”.

En la actualidad muchos valores se transmutan, otros dejan de tener importancia, hay una versatilidad en las identificaciones; aparecen una gran variedad de repertorios simbólicos y modelos de comportamiento diferentes que muchos autores tratan de describir. Anthony Giddens nos habla de “sexualidad plástica”-sexualidad liberada de su relación intrínseca con la reproducción- con una tendencia a una igualdad sexual creciente, donde ambos sexos se ven forzados a cambios fundamentales en sus perspectivas y en sus conductas.

Zigmunt Bauman plantea el “amor líquido”, en un mundo globalizado que padece de fragilidad en los vínculos humanos. Se vive en tránsito, en elecciones cambiantes e inseguras, con remodelaciones constantes de las personas y sus relaciones sociales, que parece conducir a una desconstrucción más radical.

Tanto en la mujer como en el hombre se nota el choque de intereses entre amor, familia, trabajo y libertad personal. Algunos sociólogos (como U. Beck) describen esta época como de “caos normal” o “incertidumbre permanente”.  La pareja familiar única para toda la vida coexiste con un ir y venir entre diferentes parejas familiares temporales y/o formas de convivencia no familiares. El número de posibilidades aumenta día a día. Ya no está claro si hay que casarse o convivir, si tener y criar un hijo dentro o fuera de la familia, con la persona con que se convive o con la persona que se ama pero que convive con otra, si tener el hijo antes o después de la carrera o en medio.

A su vez, parecería que cuanto más vulnerable se convierte la pareja matrimonial, el modelo de pareja ideal (y por que no “perfecta”)  se fundamenta más en el amor, la pasión, la atracción mutua. Ya en el primer tercio del siglo XX, aparece un libro, que sentó las bases de lo que seguirían siendo las exigencias para la conformación de la pareja matrimonial perfecta: “El matrimonio perfecto” del holandés Van de Velde, que  incluía hasta técnicas para alcanzar la “felicidad erótica”. El amor se hace más necesario que nunca y al mismo tiempo imposible; se torna huidizo en cuanto se ponen en él todas las esperanzas y se lo convierte en el lugar de culto de la sociedad que gira alrededor del concepto de autorrealización. Hay una tendencia de idolatrización del matrimonio: como efectos de las pérdidas y duelos que la posmodernidad instala. “Si no hay dios, ni cura, ni clase, ni vecino, entonces queda por lo menos el “tú”, intento de llenar el vacío”. Las uniones se dan entonces también por miedo a la soledad.  

Cuesta entonces pronunciar palabras de amor y más aún si el discurso que se dispone es aquél del romanticismo pasado de moda. Aparece con frecuencia el “te quiero pero no te amo”, como una fórmula expiatoria para justificar la ruptura, la imposibilidad de sostener un vínculo más duradero y/o comprometido.

Prevalece una marcada tendencia hacia la individualización social: los individuos se “liberan” de los roles de género marcados por la sociedad de la modernidad, se exaltan las formas personales (individuales) de “éxito”, hechos que atentan con una “armoniosa y solidaria” vida en común proyectada en pareja. Hay mayor libertad de expresar impulsos y deseos antes reprimidos; se exalta una “cultura del placer”, se busca gozar ya, no en el futuro, se persigue más el derecho propio  a veces en contra de la comunidad.  A esto  cabría agregarle otro antagonismo: entre las exigencias del mercado laboral  y las relaciones amorosas (donde se incluiría no sólo la vida en pareja sino la maternidad, paternidad, amistad). Dicha exigencia plantearía la necesidad de una persona  individual y totalmente móvil que debe cumplir con las demandas y los demandantes del mercado laboral, sin casi tomar en consideración los vínculos de dicha persona (gran dependencia del “individuo liberado” con el mercado laboral). Se crea entonces una contradicción desestabilizante entre las exigencias de la relación de pareja y las exigencias del mercado laboral, que en muchos casos se hace imposible resolver.

Vivimos en una sociedad que como plantea Castoriadis “parece haber perdido su condición de morada de sentido y valor, y la referencia a una historia pasada y futura, dotada también de sentido”. Se sufre por una vida sin sentido; el sufrimiento adopta la forma de “vacío existencial”. Y para llenar ese vacío, dar sentido y arraigo a la vida, se busca el “amor romántico” en la relación de pareja, que se convierte en necesario (aunque no se lo pueda sostener).

El matrimonio se transforma en una institución especializada en el desarrollo y estabilidad de las personas”. Amor e identidad se entrelazan. ¡Nueva y pesada exigencia para la vida en pareja! Son expectativas muy altas: se anhela un confort y estabilidad que, por los factores que vengo señalando, son muy difíciles de alcanzar (algunos autores coinciden en pensar que el gran problema de la vida privada en la actualidad es la “vida en pareja”). Por otro lado, los contenidos de lo que es y debería ser el amor cambian en el curso de la historia. El amor es, además de tantas otras cosas, una construcción de exigencias normativas que requiere procesos de negociación, elaboración, mediación muy complejos; y por eso mismo se torna difícil y a veces hasta imposible. “Definición de una pareja actual: no se quieren se hablan”. Así ilustra V. Hage  la necesidad que se tiene del diálogo permanente para establecer negociaciones en la actualidad. Lo llama además “trabajo relacional”. Las expectativas de lo que debe ser y hacer cada miembro de la pareja están marcadas por una hibridez inquietante. M. Kundera dice al respecto que el hombre sigue interesado en una mujer que ya no existe y las mujeres andan en busca de un hombre que no ha nacido todavía.

  1. Ariès plantea que en casi todas las sociedades y épocas, menos en la nuestra, había una gran diferencia entre amor dentro del matrimonio y el amor fuera del matrimonio. Hoy hasta se pretende un “amor pasión” en las parejas matrimoniales (o sus subrogados). Tal vez la precarización e inestabilidad de la ocupación laboral en nuestros días, colabore para que la pareja se convierta en el lugar más importante (y a veces único) donde se demande placer y reconocimiento narcisista.

¿Cómo no pensar entonces que estos cambios que se vienen produciendo aceleradamente en el contexto socio-cultural (en esto que solemos llamar posmodernidad, con su fase actual de globalización)   no van a repercutir en los modos de vinculación (pareja, familia, amistad…), en la construcción subjetiva, en las formas de presentación del sufrimiento psíquico actual, en lo que solemos llamar “amar”?

Por lo tanto la llamada “posmodernidad” ha generado una serie de fenómenos que han afectado de manera absoluta las formas de actuar, pensar y sentir de los individuos,  ha transformado la subjetividad produciendo un quiebre en los lazos de solidaridad antes constituidos, modificando las construcciones de sentido, generando así, una nueva forma de concebir la pareja.

 

 

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