PAREJAS POSTMATRIMONIALES

PAREJAS POSTMATRIMONIALES

 

La sexualidad después de los 60-70                                          

                                                                                                    “Después del gusto viene el susto

Así dice un dicho colombiano. ¿Y por qué ese temor? Siempre nos han aconsejado prudencia ante el disfrute un tanto exacerbado de los placeres, en especial del placer genital.

Y es muy cierto: cuando uno la pasa muy bien con una mujer, esos orgasmos que uno cree que son los mejores que ha tenido en la vida, rápidamente aparecen ciertos miedos, por de pronto, que eso se acabe, que esa mujer pueda ser evasiva, que se enamore de otro o que tal vez ya lo tenga, y uno sufre porque en esos casos quiere ser el único, exclusivo, el mejor, el elegido por ella. Quedamos atados, pendientes, celosos. (Y por el lado de la mujer suele ser similar). En cambio cuando estamos en una relación que no nos cierra demasiado, quiero decir, que adolece a nuestra vista de unas cuantas cualidades, ahí nos sentimos más cómodos, más dueños de la situación y eso sirve para que la mujer se nos pegue aún más, si eso nos interesa, o bien para estar menos pendiente de ella, más prescindentes, cuyo efecto favorable es la marcada disminución con respecto al dolor o sufrimiento en el vínculo. Claro, siempre hablando de relaciones posteriores a las matrimoniales, o por lo menos posteriores a aquellos amores juveniles donde uno creyó encontrar la persona adecuada “para toda la vida”, la convirtió en compañera y transitó gran parte de los años jóvenes.

Pero ahora, en el otoño de la vida, transitar el camino de un goce cada vez mayor, las consecuencias pueden ser funestas; llega un punto en que alguno de los dos puede quebrarse, en general el de la estructura psíquica más débil.

 

Las mujeres quieren ser amadas

 

Creo que para las mujeres (por lo menos, en general, para las de más de 60) la atadura al hombre no suele producirse principalmente por la marcada satisfacción sexual (aunque siempre hay casos en que sí ocurre de esa manera). No es que no sea importante y que no actúe como amalgama, pero para ellas es fundamental ser amadas, entendiendo por eso, ser consideradas, respetadas, valoradas, buscadas, escuchadas, en fin, exaltando su autoestima (narcisismo), que por otro lado, en nuestras sociedades con fuerte tradición paternalista y machista, siempre lo han tenido bastante cuestionado. Si no aman no nos responden, o por lo menos muy poco; pueden preferir salir con sus amigas que ser invitadas a pasar un buen momento sexual. El sexo sin amor, al menos ese amor con las características que marcaba antes, no es buscado ni procurado como lo hacen los varones. Cuántas veces al invitar a alguna amiga con la que han tenido sexo en varias oportunidades- y  un sexo placentero, reconocido a viva voz por ellas-  rechazan la invitación aludiendo que ya están comprometidas con alguna amiga y que no van a desarmar  el encuentro ya pactado. Los varones,  en cambio, ante una propuesta o una posibilidad de pasar una jornada erótica con una mujer, desarman lo arreglado con un amigo, claro, si la dama lo amerita. Ponen en primer plano el encuentro sexual, por decirlo de una manera sintética. Están también las que después de los cincuenta, acercándose a los sesenta, en pleno climaterio, comienzan a retirarse de la actividad sexual. Hoy un poco menos, pero convengamos que la situación de la mujer siempre ha sido culturalmente, más ingrata que para el hombre. A esa edad, después de haber parido uno o varios hijos, amamantado, criado, educado… su cuerpo acusa modificaciones que para los hombres son funestas. Se valora demasiado una estética corporal que la mujer debe conservar o recrear, cirugías mediante, si pretende sostenerse en la circulación del deseo de los hombres, cosa que pasa menos para el hombre, a pesar de que eso esté cambiando e incluyéndolo también a él.

 

Ingrato lugar de la mujer en la sociedad machista

 

Ellas sufren esta ingrata cuestión y cuando no pueden verse con buenas formas se retraen bastante de procurarse una satisfactoria vida sexual. Las casadas lo padecen con la frecuente indiferencia de sus hombres, que prefieren mirar a las más jóvenes o al menos a las que conservan un nivel de erotismo que la propia mujer ha perdido. Se inclinan por tener amantes con las que gozan más plenamente y reservan para sus esposas la protección, el cariño, cierto grado de confort, en el mejor de los casos. Las divorciadas, que buscan incorporarse al grupo de las que quieren volver a tener una relación de pareja plena, padecen la competencia feroz de las más jóvenes. Sí, porque aunque haya salvedades, un hombre divorciado (que esté buscando pareja heterosexual, por supuesto) entre los 50 y 70 años elegirá una mujer por lo menos diez años más joven, si su estado personal (y físico) y/o económico se lo permite, y si no se lo permite también. Por lo tanto deja a las de su edad, sus coetáneas, parias de compañeros, salvo que aquéllas optaran por hombres muchísimo más grandes, cosa que a viva voz rechazan. “Para atenderlos en la vejez, en la enfermedad, en su decrepitud, ¡de ninguna manera!”, dicen, aunque si está de por medio un interesante patrimonio y cuenta bancaria, y existiera, además, la promesa de una abultada  herencia, podrían llegar a hacer el sacrificio. El respaldo económico siempre ha sido, y creo que todavía lo seguirá siendo,  muy importante para la mujer. El varón se encargó también de sostener esa situación. Por eso un hombre que ha llegado en su vida a concretar una buena posición económica, sabe que cuando busca pareja ese factor es determinante. “Billetera mata galán” dice el dicho popular, haciendo referencia a la importancia que esa solvencia tiene para ambos, hombre- mujer, a la hora de conformar o tolerar una relación. De todas maneras, esta cuestión está cambiando mucho en los últimos años, en la medida en que la mujer, al conquistar el mundo laboral, ha sabido alcanzar con creces su independencia económica. Es frecuente ver hoy muchas divorciadas, que uniendo el patrimonio anterior de su matrimonio, a lo logrado por su actividad laboral-profesional o no- gozan de un buen nivel económico y por eso mismo no sienten entonces la necesidad de unirse con un hombre, por el solo hecho de sentirse amparadas económicamente.

Volviendo a la idea anterior, creo que para la mujer se le pone más difícil el procurarse un partenaire viable cuando no pueda conservar ese atractivo físico, estético, que el mundo de hoy impone. Porque si bien es importante que sea una buena persona, simpática, inteligente, predispuesta, etc., a la hora de la verdad el hombre elegirá a la que lo excita sexualmente, a la que esté en buena forma, a la que muestre un nivel de seducción erótica importante (tal vez debido a su marcado fetichismo). Y reconozcamos que muchas de aquellas que se separan después de 25 o 30 años de matrimonio han perdido muchas de esas virtudes. Y se quejan: “no hay hombres,  no se quieren comprometer, están en la pavada”. En realidad es que la mayoría de los hombres que van conociendo huyen despavoridos al comprobar el desfasaje que se les presenta entre las pretensiones que estas mujeres sostienen para establecer una relación, con lo que pueden ofrecer a hombres para quienes el sexo y todo lo que rodea al mismo, es una prioridad. Piensan que el hecho de ser buenas personas, serias, fieles, asistentes, es razón suficiente para significar ser un “buen partido”. No toman en cuenta que son esos mismos hombres los que salieron corriendo de esos matrimonios donde esas mismas “buenas mujeres” poblaban sus camas conyugales. Son esas “chicas” que suelen esgrimir como argumento que lo que vale no es lo se ve por afuera (que en general son unos cuantos kilos de más), sino el contenido, y desestiman que el caballero que tienen delante, seguirá queriendo encontrar, a pesar de sus años, la abultada barriga y su calvicie, a la “gran mina”, mucha mujer, que lo de vuelta y vuelta en la cama, para después, en un segundo plano, tratar de ver el tipo de persona con la que se está enrollando. Y lo que pasa es que muchas no pasan esa primera fase (¿prueba?) y entonces ahí vienen las quejas porque no pueden entender qué les pasa a esos hombres que no pueden valorar la calidad de persona que son, y que después de algunos encuentros (a veces sólo uno basta), desaparecen en el más terrible de los silencios. No pueden aceptar que no gustaron físicamente, no quieren aceptar que los hombres le demos tanta importancia a la figura, al erotismo, al sexo y no se comprometan a conocerlas en todas sus facetas, buscando transitar el camino del amor. Porque de eso se trata, ya que las mujeres de casi todas las franjas etarias, lo que pretenden fundamentalmente, es ser amadas. Y en ese concepto se incluye desde el romanticismo más alambicado, hasta condiciones realistas y concretas como el respeto, el ser escuchadas, la protección, el compañerismo, la valoración, la ternura, todo aquello que, a veces, no tuvieron o perdieron en la/s pareja/s anterior/es  y por esa mismas razones optaron por la disolución.

 

Me imagino que muchos lectoras y lectores (como hay que aclarar hoy día para tranquilidad de las feministas) pueden estar en desacuerdo con muchos de estos planteos que hago. Y es lógico, porque en primer lugar es bastante difícil generalizar ideas como las que aquí expongo, porque los fenómenos humanos escapan siempre a esas restricciones, y en segundo lugar porque cada pareja y cada individuo, es algo sumamente particular y por ende no se encuadra, parte por parte, a esas conceptualizaciones. Pero sí pienso que vale la pena tratar estos temas porque es como dar letra y algunas herramientas para que en cada una de esas situaciones tan particulares, como lo son por ejemplo, cada pareja conformada, o en formación a esa edad crítica de la vida, se pueda pensar, analizar, constatar, discutir, los conflictos, las crisis, los fracasos, los sufrimientos, en suma, todos los avatares por los que transcurre la vida en pareja. Además no me parece adecuada la postura hipócrita que soslaye estas diferencias que todavía en la actualidad, suelen presentar hombres y mujeres. Me refiero específicamente a la importancia que cada género le adjudica a lo sexual, que a pesar de las notables transformaciones que la mujer ha alcanzado en este sentido, todavía el peso de la tradición cultural, sostenida principalmente por las religiones durante siglos, sigue marcando formas distintas de practicar, aceptar, entender, mostrar…la sexualidad.

 

El desafío de las parejas postmatrimoniales

 

La conformación de parejas post-matrimoniales es, hoy día, todo un desafío. En general, tanto hombres como mujeres, suelen adolecer de un cúmulo de confusiones que tornan muy difícil dicha conformación. A pesar de gustarse mutuamente, pasar buenos momentos, presentan serias dificultades para sostenerla. Y así como conocer ciertas conceptos a manera de herramientas sobre la estructura de la pareja en general, sirve para un mejor entendimiento y un funcionamiento más apto, reflexionar sobre lo que sucede después de una separación matrimonial (o varias, en la mayoría de las veces con hijos de esa unión), y los avatares a enfrentar en un nuevo vínculo, puede ser crucial a la hora de querer tener cierto éxito en el propósito, entendiendo por éxito el llevarse bien, hacer de la relación algo placentero, confortable, creativo, sostenible.

Lo primero que tenemos que pensar es que estamos en una situación totalmente diferente a cuando formamos esa primera pareja matrimonial, con el ritual del casamiento, que, por lo general, éramos más jóvenes, con un proyecto de familia, con mucha confianza en la fuerza del amor, con una expectativa de duración, si no para toda la vida, por lo menos para la mayor parte de nuestra vida.

Lo segundo, y muy importante, sería situarnos en el contexto socio-cultural actual. Siempre hubo dificultades, conflictos, en las relaciones de pareja. Lo diferente en la actualidad es como se quieren reparar, corregir o solucionar esos problemas. En muchos casos se apela a la separación- divorcio, como recurso para retomar lo que hoy aparece como valores muy preciados. El intercambio afectivo y la satisfacción sexual constituyen un objetivo muy sobrevalorado  de la pareja contemporánea. La felicidad se busca en la pareja y está centrada en la vida de ésta. Debido a ello se tolera menos la pérdida de la pasión y en general no se encuentran en la ternura y en la compañía, suficiente justificación para continuar juntos. Cuando se agota la pasión, termina la pareja. Hoy la valoración sobre la sexualidad hace que el deseo erótico y el componente pasional sean signos de felicidad y que emerjan con una importancia desconocida en otras épocas. Pero también coexiste con esa postura otra de total incredulidad con respecto a la importancia de vivir en pareja, donde se visualiza que ha caído en descrédito el modelo de matrimonio que las religiones vienen imponiendo desde siglos atrás; donde se prefieren momentos efímeros, contactos esporádicos y se sobrevalora (a veces exageradamente) el vivir solo, en un contexto absolutamente personal, rodeado del más sofisticado confort.

La “obligación” de ser feliz

En los tiempos que corren se piensa que el deseo se puede en todos los casos satisfacer, se establece una obligación del goce, (tratando de esa manera de obturar la “falta”), pensando que todo se puede conseguir  comprando, de ahí el consumismo a ultranza. Aparece en el horizonte siempre una promesa de goce permanente, un individualismo extremo para poder realizarlo. Y las formas podrán ser las separaciones, los fármacos que adormecen el dolor, las drogas, el sexo inmediato (vía Viagra, ahora también pensándolo para la mujer). Hay una búsqueda, a veces altamente exagerada, de felicidad

Se viene imponiendo un tipo de liberalismo sexual que no admite ninguna barrera para la satisfacción individual, que hace del placer individual el único patrón en la ética sexual. La enorme expansión de preferencias, en parte por la  creación de un nuevo mercado sexual globalizado que ofrece una variedad de atractivos para el consumidor, con todo a la mano, desde un fin de semana erotizado hasta las drogas de diseño, y una publicidad que lo avala a cada instante. Tener un buen auto, tomar un buen vino o cerveza, un buen perfume, una tarjeta de crédito importante, etc., etc., siempre está asociado, en el ofrecimiento publicitario, al sexo, a la práctica de una sexualidad atrapante.

Tal vez tener dos o tres relaciones de pareja importantes a lo largo de la vida, resulte, en la actualidad, más enriquecedor para muchos. Ahora se lo puede practicar con más soltura que antes, donde el error en la elección se pagaba por el resto de la vida. Debido a esto, algunos hablan de “monogamia flexible”, es decir,  varias relaciones estables a lo largo de la vida a las que además se les adosarían algunas relaciones pasajeras. Algunos se preguntan: ¿podrá la mujer social y sexualmente emancipada contentarse con el mismo hombre durante cuarenta, cincuenta años? Esta pregunta surge frente a la caída del modelo mujer- fiel, marido- infiel, esposa-irreprochable, marido-adúltero, que prevaleció hasta gran parte del siglo XX.

 

La “entente” sexual

 

Los hombres, en general, abandonan el matrimonio pensando que van a recuperar el “tiempo perdido”, es decir, el de un sexo aburrido, monótono y/o escaso, producto de los últimos años en que la conyugalidad entró en un desgaste inevitable. Esta situación se ve acrecentada por múltiples influencias provenientes del campo social. En las últimas décadas (cuyo inicio podría ubicarse alrededor de los 60-70), hemos asistido a cambios muy significativos en el ámbito de la sexualidad, en la manera de procurarse el placer, en las prácticas sexuales, en la importancia que ha cobrado para la  vida íntima de las personas. Todo esto acompañado de una parafernalia de estímulos provenientes del sistema de los “mass- media”, que por un lado buscan balizar el deseo sexual de los consumidores, y por el otro, darles recomendaciones, informaciones, consejos, no siempre carentes de intereses comerciales, para el logro de lo que ha venido a llamarse “la entente sexual” (el entendimiento sexual). Veamos sintéticamente en qué consiste el mismo. (1)

A partir del período señalado, aparece una erótica, que entra en contradicción con el sistema cultural judeo-cristiano. Muchos de los tabúes sexuales instalados por las religiones comienzan a desmoronarse. Esto se ve acompañado de una “sexología” que había surgido en la segunda mitad del siglo XIX y que cada vez más en el siglo XX, pretende “naturalizar”, muchos de los fenómenos que hasta el momento habían sido innombrables e intratables. Se comienza así, por ejemplo, a hablar del orgasmo, fundamentalmente del femenino, y se llega hoy día, a darle tanta importancia que algunos autores se refieren a este hecho como “el acoso del orgasmo”. Por otro lado se asiste a una despatologización del onanismo (verdadera ruptura para nuestro sistema cultural). Pensar que como mito en la Biblia (Génesis, XXXVII), Onán era condenado a muerte, que la Iglesia lo prohibió y denostó durante siglos (y hasta aún hoy), y actualmente pasa a ser recomendado  como una “práctica sana y hasta conveniente”. Es apenas una muestra del cambio profundo al que me estoy refiriendo.

Algo similar ocurre con la homosexualidad, que de ser considerada desde la Edad Media como una perversión, como una enfermedad, no hace más que unos 50 años (y aún hoy continua siéndolo para algunos retrógrados trasnochados), pasa a ser en nuestros días una elección sexual entre tantas. Algo similar sucede con la transexualidad.

Hay que agregar a todo lo vengo diciendo, el papel revolucionario que la mujer viene realizando en las últimas décadas que la posiciona de una manera más igualitaria con respecto al hombre. Se inaugura un período de democratización que incluye también la sexualidad. Estos cambios están asociados a los sufridos dentro de la vida familiar y a los atinentes al concepto de género. Por otro lado, la vida de hombres y mujeres se han convertido en proyectos personales abiertos que a veces no contemplan los intereses contrapuestos del otro, y esto hace que se dificulte demasiado la vida en común, acentuándose cada día más la frecuencia de divorcios y separaciones.

La sexualidad se convierte tanto en un medio de emancipación, como en un terreno propicio a luchas políticas, donde se libra la batalla de la democratización de la esfera privada. Mientras que la democracia en el dominio público, ha sido un proyecto “genérico” asumido por el hombre, la democracia de la vida privada, ha sido un proceso poco visible, que ha correspondido fundamentalmente a la mujer. Es en este terreno de lo personal, donde el ideal emancipatorio de la democracia supone, en primer lugar, la exitosa realización del proyecto de vida y la posibilidad cierta de relacionarse con el “otro” de una manera igualitaria. Este ideario democrático, persigue en segundo término, la prohibición de cualquier tipo de influencia coercitiva (física o emocional) en las relaciones interpersonales.

La mujer puede ahora, adoptar una sexualidad descentrada, liberada de las necesidades de la reproducción, desarrollada fundamentalmente a partir de la difusión de la moderna contracepción; que presenta una tendencia a una igualdad sexual creciente, donde ambos sexos se ven forzados a cambios fundamentales en sus perspectivas y en sus conductas.

Hay también una liberación de la hegemonía fálica planteada por el predominio de la experiencia sexual masculina que venía prevaleciendo hasta avanzado el medio siglo XX, y que imponía las reglas de juego y el control sexual sobre las mujeres. Esta liberación de la posición femenina respecto al sexo que se opera en la segunda mitad del siglo pasado es tal vez una de las experiencias más importantes. El hombre impuso a lo largo de la historia, las reglas sobre las prácticas sexuales. Incluyó entre ellas  la “doble moral”, que  tiene siglos de existencia. El adulterio femenino fue considerado (y aún hoy) una falta sumamente grave en muchísimos países; en cambio en los hombres  resultaba una falta menor. El movimiento feminista desarrollado en la segunda mitad del siglo XX, tuvo mucho que ver en combatir esta desigualdad.

Hoy, entonces, la mujer separada (o divorciada) de una o dos experiencias matrimoniales, es alguien que de una manera u otra reivindica todos estos principios igualitarios convertidos en logros, y complica con sus pretensiones, bien justificadas, a un hombre que  suele mirar con nostalgia las prebendas, con que injustamente, solían beneficiarse su padre o abuelo. Todo esto se agrava cuando además se pretende “corregir” o no incurrir en aquellas situaciones anteriores que fueron causantes que sus anteriores parejas se terminaran, pero ahora se tiene otra edad, se vive otro momento histórico, se tiene más experiencia, pero tal vez menos tolerancia porque los tiempos apremian…

 

Volviendo al deseo en la pareja, además de ser necesario para sostener el vínculo, siempre juega también una mala pasada en la medida que el otro nunca llega a conformarnos o satisfacernos como precisamente el deseo aspira. Siempre queda un resto, algo faltante que el otro pudiera tener, hacer, darnos, etc. Y es a partir de esa insatisfacción, de lo que cada uno haga con ese faltante,  donde los individuos se diferencian unos de otros. Están quienes aceptan esas carencias con el convencimiento de que nada puede ser perfecto, es decir, tenerlo todo. Están los que sufren por lo que desearían que el otro tuviera y no tiene. Existen también los que obtienen cierto goce al marcarles permanentemente al otro lo que debería tener, ser, para poder ser aceptado.

Si bien se dan múltiples diferencias en este procesamiento de la imposición del deseo, lo que queda claro que siempre algo hay que hacer con ello, que indefectiblemente todos transitamos por ese avatar, cuando estamos en pareja, sin poder evitarlo.

Julio Cortázar, en un hermoso cuento, aborda, a mi entender, esta problemática cuando ambos personajes se ilusionan, antes del primer encuentro, con una imagen del otro que responde a lo que desearían que el otro fuera cuando ese encuentro se produjera. Y es ahí donde eso no sucede para ninguno de los dos. Pero la relación continúa, crece, hasta van a vivir juntos. Lo interesante para mí es como Cortázar en el cuento plantea esa necesidad que el otro fuera como cada uno imaginó, como cada personaje lo trata de resolver, qué acciones encaran cada uno. Él, buscando que ella cambie el color del pelo, ubicándola inclusive espacialmente en un sillón de mimbre que le compra respondiendo a esa imagen tal cual él había construido y soñado de ella. Ella,  en cambio, al no ser él  alto y de cabello crespo como su imaginación lo había imaginado, aparece en un final muy sorpresivo del cuento, del brazo de un amante que cumple esas características. Entones pensemos que siempre hay algo que se puede hacer. Los reincidentes, aquéllos que siguen apostando en que el encuentro hombre-mujer es posible, deberían tenerlo en cuenta.

Y volviendo al principio, la sexualidad, la conformación de una pareja después de los 50-60, después de las marcas dejadas por respectivos matrimonios, donde se superponen costumbres y rasgos que van desapareciendo junto a otros muy “post-modernos”, resultan con un carga de complejidad adicional que se trasluce en cierto grado de escepticismo que los individuos de esa franja etaria manifiestan. Tal vez el secreto consista en una actitud “open mind”, donde se abandonen ciertos mandatos sociales y se esté dispuesto a nuevas experiencias que no repitan lo ya vivido. ¿Será la “donna- mobile, cual piuma al vento” la que tendrá esa capacidad, como tantas veces, de acoger lo nuevo?

Agosto 2015

 

  • Este “entendimiento sexual” abarca una serie de cambios que van más allá de la práctica estrictamente sexual, pero que la complementan, la acompañan. Desde un punto de vista descriptivo podría enumerar algunos de esos rasgos que se perciben en la actualidad con mucha frecuencia. Entre ellos:
  • La virginidad para el matrimonio deja de ser un valor estimado.
  • La sexualidad se libera del dominio de la iglesia
  • Se separa además, de la procreación, gracias a todos los métodos anticonceptivos.
  • Se desculpabiliza, “des-reprime” en muchos aspectos. El orden social castrador judeo-cristiano que durante tantos siglos imperó en Occidente se va debilitando notablemente.
  • No se acepta en general la ausencia de deseo, ni el sacrificio del mismo en aras de la continuidad conyugal.
  • El matrimonio deja de ser obligatorio para vivir en pareja y se amplían otras formas de convivencia. Tampoco el ritual religioso es en muchísimos casos requisito fundamental.
  • Se valora entre los jóvenes las experiencias variadas antes del matrimonio. Ambos llegan al mismo o a una forma similar de convivencia, con más experiencia sexual.
  • Aparecen con fuerza opciones que antes eran muy poco frecuentes: “no quiero tener hijos”, “no quiero casarme”, “no quiero vivir toda la vida con la misma persona”, etc.
  • El sexo oral se practica con menos represión.
  • El divorcio pasa a ser una elección frecuente, y ya no es vergonzoso; en algunos casos tampoco se lo vive como fracaso. Hay por lo tanto, una flexibilización o eliminación de la censura al divorcio.
  • Se tiende cada vez más a un tratamiento de igualdad creciente entre los esposos e inclusive se lo constata en la legislación.
  • La exclusividad sexual entre los miembros de una pareja deja de ser tan férrea. Inclusive el concepto de infidelidad se torna cambiante y aparecen diferentes formas de ser considerado.
  • Se desdramatizan, por lo tanto, las infidelidades: el tercero puede convertirse en figura necesaria para mantener el deseo y hasta el amor, es decir, revitalizar la pareja.
  • Los ideales de felicidad, amor, placer depositados en la pareja se tornan como exigencias permanentes.
  • Se impone una tendencia individualista creciente por sobre lo colectivo y lo familiar. El desarrollo personal se ubica en la cima de los intereses del individuo.

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