XVIII JORNADA ANUAL FUNDACIÓN PROSAM: Compartiendo la experiencia clínica”

XVIII JORNADA ANUAL FUNDACIÓN PROSAM: Compartiendo la experiencia clínica”

EL LAZO SOCIAL ACTUAL Y SU INCIDENCIA EN LA CLINICA                                               

                                                                                                    

            “No hay clínica del sujeto sin clínica de la civilización” Alain Miller

“Solo aquel que pretenda modificar la sociedad será capaz de comprenderla”  Theodor Adorno

En las últimas décadas del siglo XX el mundo asiste a un conjunto de transformaciones económicas-sociales y culturales de gran vertiginosidad y complejidad. Caen rápidamente todo tipo de muros y barreras entre las naciones al mismo tiempo que se amplía la brecha en el nivel de desarrollo humano al que acceden los distintos pueblos. Este proceso, conocido como globalización o mundialización, incluye una creciente internacionalización del capital financiero, industrial y comercial, nuevas relaciones políticas internacionales y el surgimiento de nuevos procesos productivos, distributivos y de consumo deslocalizados geográficamente, una expansión y uso intensivo de la tecnología sin precedentes.

Se nombran de diferentes maneras las profundas transformaciones acontecidas en el campo social: posmodernidad, hipermodernidad,  modernidad líquida, modernidad tardía, sociedad red, sociedad del riesgo, neoliberalismo, capitalismo tardío/financiero, globalización, etc. Y simultáneamente a ello no faltan, en la actualidad, las descripciones del sujeto actual, como “hipermoderno”, “incierto”, “flexible”, “precario”, “fluido”, “sin gravedad”. Estos trabajos críticos, a menudo convergentes, en el cruce entre el psicoanálisis y la sociología, dan cuenta de una nueva condición del hombre que afectaría, en opinión de muchos, a la propia economía psíquica.

Surgen entonces,  preguntas pertinentes a nuestra tarea clínica: ¿Cuáles son estas nuevas formas sociales, culturales, discursivas que participan en  la conformación de lo que solemos llamar “estructura subjetiva” y en  las patologías actuales? ¿Hasta qué punto ha cambiado el modelo no sólo de la consulta sino, en general, el funcionamiento psíquico, el orden de los padecimientos o de la sintomatología? Porque no olvidemos que la producción de subjetividad siendo histórica, social, política, es resultante del modelo con el cual se proponen las formas ideológico-ideativas de inserción del sujeto en el mundo. En esa construcción los otros y los vínculos tienen un carácter configurante.

            En nuestra contemporaneidad, las diferentes identidades culturales se generalizan tendiendo a la homogeneización y a una cultura estandarizada, difundida por los medios masivos de comunicación y las redes sociales producto de las tecnologías en uso (TICs). Ellas están en forma omnipresente en nuestras vidas y la han transformado, sin duda.

La hipermodernidad constituye una segunda versión de la modernidad, en donde los axiomas de esta última, la técnica y la lógica del mercado son conducidos a una expansión sin límite. Prevalece un consumo globalizado que absorbe a partes cada vez más amplias de la vida social. Rasgos como el hedonismo y la obediencia, producen un efecto subjetivo en dos lógicas extremas y paradojales, entre el autocontrol o el descontrol, el orden o el desorden, la prudencia o el caos. Así,  el sujeto contemporáneo es impulsado a la búsqueda de un goce cada vez más inmediato, pero que no puede disfrutar debido a la incertidumbre que le genera el futuro. Simultáneamente, un híper-desarrollo tecnológico motoriza la mundialización económica e instala el mercado como gran Otro que hoy reina y manda hasta el punto de lograr subordinar la sociedad y el estado a su propia lógica global.

Pensadores contemporáneos, filósofos, antropólogos, sociólogos, psicoanalistas, introducen novedosos términos para tratar de comprender la actualidad.

De esa manera, lo hace F. Berardi, cuando nos habla del semiocapitalismo, que se refiere al modo de producción en el cual la acumulación de capital se hace esencialmente por medio de una producción y una acumulación de signos: bienes inmateriales que actúan sobre la mente colectiva, sobre la atención, la imaginación y el psiquismo social. Esto supone dos consecuencias importantes: que las leyes de la economía terminan por influir el equilibrio afectivo y psíquico de la sociedad y, por otro lado, que el equilibrio psíquico y afectivo que se difunde en la sociedad termina por actuar a su vez sobre la economía.

Los efectos de la competencia, de la aceleración continua de los ritmos productivos, repercuten sobre la mente colectiva provocando una excitación patológica que se manifiesta como pánico o bien provocando depresión. La psicopatía está deviniendo una verdadera epidemia en las sociedades de alto desarrollo y, además, el culto a la competencia produce un sentimiento de agresividad generalizado que se manifiesta sobre todo en las nuevas generaciones.

Mandatos actuales: consumir– gozar–¡Ser Feliz!

La denominada sociedad posmoderna, o híper-moderna, pero tal vez mejor nombrada como “sociedad neoliberal” (del capitalismo global financiero), impulsa el mandato de gozar, de todos los modos posibles, hasta convertirlo en el  “nuevo ideal” imperante, constituyendo  al mismo tiempo, un sujeto obligado a responder a esta demanda.

Este discurso que se ha mundializado -entendiendo por discurso un orden que regula toda la realidad de las relaciones entre individuos- tiende a suprimir la problemática existencial sustituyéndola con la oferta de los objetos de consumo, de drogas químicas y de todas las modalidades adictivas, hasta los modos de bulimia y anorexia. El imperativo del goce empuja al sujeto a un consumo solitario de objetos de todo tipo que no sólo no satisface las demandas sino que las acrecienta. Como sagazmente señala el psicoanalista J. Aleman, con el imperio de la  ideología hablábamos de una parte del sujeto que se alienaba, en cambio hoy,  el neoliberalismo, “produce” un tipo de sujeto especial: sujeto consumista, hedonista, individualista, exitista. El potencial final del NL radica en el poder de fabricar subjetividades”.

Laval y Dardot  nos hablan de como el neoliberalismo viene dominando el mundo y lo conceptualizan como “la nueva razón del mundo” Para ellos el NL no es una doctrina económica falsa o arcaica, sino un conjunto de prácticas y de normas construidas política, institucional y jurídicamente. Hablan de “razón” precisamente en el sentido de una “racionalidad”, es decir, de una lógica que dirige las prácticas desde su propio interior y no de una simple motivación ideológica o intelectual. ( Tal como lo dijo M. Thatcher: “la economía es el método”, para luego “cambiar el alma”).

Esa “razón” es mundial por su escala y “hace mundo” en el sentido de que atraviesa todas las esferas de la existencia humana sin reducirse a la propiamente económica. No es la esfera económica la que tiende a absorber las demás esferas, sino la lógica de mercado la que se extiende a todas las otras esferas de la vida social sin destruir sin embargo las diferencias entre ellas. (Así, hasta podemos hablar de un “amor amonedado”).

Agotados por el trabajo, horrorizados por el paro, angustiados por el porvenir, hechizados por la televisión, aturdidos por los tranquilizantes, los ciudadanos sufren un adoctrinamiento constante, invisible y clandestino. Y nosotros, los trabajadores en el área de la salud mental ¿cómo estamos evaluando este estado de cosas? ¿Encaramos la elucidación de  estas formas sociales, culturales, discursivas que participan en  la producción de estas “nuevas subjetividades” y en  las patologías actuales? ¿Cómo vienen afectando estos cambios en nuestra clínica cotidiana?

Mauricio Lazzaratto plantea muy bien en su libro Políticas del Acontecimiento  la idea de que el capital financiero no fabrica mercancías como lo hace el capital industrial, sino que fabrica mundos. ¿Qué mundos son esos? Mundos de signos a través de la publicidad y la cultura de masas. Hoy se sabe que más de la mitad de los beneficios de las trasnacionales se dedican a la publicidad, actividad que es anterior a la fabricación de productos y mercancías. En las campañas publicitarias se crean imágenes de mundos con las que el consumidor se va a identificar y luego va a desear: sólo entonces esas mercancías van a ser producidas. La economía es cada vez más directamente inversión de energía deseante.

La aceleración de los intercambios informativos ha producido y está produciendo un efecto patológico en la mente humana individual y, con mayor razón, en la colectiva. Los individuos no están en condiciones de elaborar conscientemente la inmensa y creciente masa de información que entra en sus computadoras, en sus teléfonos portátiles-inteligentes, en sus pantallas de televisión, en sus agendas electrónicas y en sus cabezas. Y entonces a nuestros hijos, que sufren esas cataratas de estímulos, y que por lo tanto suelen dispersarse o concentrase en lo que sólo los atrapa, solemos, en muchos casos, mal diagnosticarlos como TDAH. La constante excitación de la mente por parte de flujos neuro-estimulantes lleva, probablemente, a una saturación patológica. Ejemplo de esa acelerada estimulación es el video clip de flashes, donde nada permanece más que segundos, o los jóvenes con varios aparatos tecnológicos usados en simultaneidad.

Despojado de su facultad de juicio, impulsado a gozar sin trabas, desentendido ya de toda referencia a un valor absoluto o trascendente, el “hombre nuevo”, este neo-sujeto va apareciendo a medida que el planeta en su conjunto entra en la era del “capitalismo tardío consumista” o multinacional. Habitamos un mundo de excesivo individualismo, culto a lo privado, ansia de éxito, de imagen y de poder… Vivimos en la “cultura del yo”, en “la generación de Narciso”. Atrás queda la solidaridad, “la pasión por el nosotros”.

Hoy el pánico se observa con frecuencia cada vez mayor, como síntoma doloroso e inquietante, como la sensación física de no lograr controlar el propio cuerpo, con la aceleración del ritmo cardíaco, una creciente dificultad para respirar, incluso hasta el desvanecimiento y la parálisis. (Ataque de pánico, tan difundido…)

            La enfermedad mental se muestra cada vez con mayor claridad como una epidemia social o, más precisamente, socio-comunicativa. “Si quieres sobrevivir debes ser competitivo, y si quieres ser competitivo tienes que estar conectado, tienes que recibir y elaborar continuamente una inmensa y creciente masa de datos”. Esto provoca un estrés de atención constante y una reducción del tiempo disponible para la afectividad. Estas dos tendencias inseparables devastan el psiquismo individual.  Pánico, angustia, sensación de soledad, miseria existencial.

La depresión es, después de los problemas cardiovasculares, la enfermedad que más bajas laborales va a producir en este siglo. (Ya en 2003, la Organización Mundial de la Salud (OMS) alertó que, en 30 años, la depresión sería el principal problema de salud).

En la constitución subjetiva actual, existen características de nuestra contemporaneidad que facilitan la depresión. En ese sentido, el acceso al goce del objeto de consumo sin mediación simbólica es correlativo de las dificultades de sostener el deseo, y la renuncia al mismo deriva en un efecto depresivo, situado por Lacan como “cobardía moral”. Porque, no obstante, y paradójicamente, ante las dificultades con el deseo el sujeto encuentra amparo en la depresión.

Vivimos una época en la que constatamos una decadencia de lo simbólico (de la palabra, del relato, de los ideales, de la ley, de la autoridad) y frente a esta decadencia, encontramos el auge del “derecho” a la satisfacción inmediata, al goce fácil del objeto tecnológico (gadgets) y la gran pregnancia de lo imaginario. Hoy los ideales toman la forma de imperativos vinculados, en su mayoría,  a algo que se puede medir en términos de éxito o fracaso y que habitualmente no se alcanza, porque siempre se podría llegar más lejos (más objetos,  más dinero, más delgadez, etc.). Más y mejor de todo lo tangible. O sea, que el sujeto de nuestra época se encuentra atiborrado por el consumo de objetos y sepultado por los ideales que han devenido mandatos. El sujeto está deprimido porque no está a la altura de lo que “debe-estar” La floreciente industria de los psicofármacos bate récords cada año. El número de cajas de antidepresivos  y otros fármacos psicotrópicos vendidas en las farmacias crece, al tiempo que crecen la disociación, el sufrimiento, la desesperación, el terror a ser, a tener que confrontarse constantemente, a desaparecer; crece el deseo de matar y de morir. Se expande la “medicalización”, que es muy diferente a “medicar”, que es un acto médico donde el fármaco se transforma en un instrumento del equipo interdisciplinario para trabajar con el padecimiento subjetivo. En cambio la medicalización alude a los factores políticos, sociales y económicos que intervienen en la producción, distribución y venta de las grandes industrias de tecnología médica y farmacológica.

Se buscan técnicas que moderen la infelicidad y la hagan soportable, que aplacen o contengan la explosión suicida, con el fin de estimular el consumo. Mientras tanto, el estereotipo publicitario sigue mostrando una sociedad empapada de felicidad consumista, aunque en la vida real se extienden el pánico y la depresión, enfermedades profesionales de un ciclo de trabajo que pone a todos a competir con todos, y culpabiliza a quien no logra (o finge) ser feliz. Porque la felicidad ha dejado de ser un derecho: es ahora un deber. Vivimos la paradoja de  ser infelices por no ser felices. Y las manías están a la orden del día. Por otro lado, luchamos para obtener cada vez más libertad. Pero ¿de qué libertad hablamos, si nuestro tiempo y nuestras energías están completamente absorbidos por el business?

En la clínica, introducir al sujeto en la dimensión de la alteridad, de la palabra, darle un lugar donde reescribir su historia, donde pensar su vida y su responsabilidad en relación a los acontecimientos que ha protagonizado y donde poder, en última instancia, recuperar algo de su dignidad humana en contra de la  “cosificación” en que lo arrastra el sistema, puede llegar a ser una propuesta válida para domeñar ese estado. Devolver al sujeto la singularidad de su deseo, un deseo que no sea anónimo ni anómico. No se trata de “mejorar su capacidad de adaptación”, “fortalecer al yo” (ego-psychology), “disminuir su vulnerabilidad”, sino de una interpelación para que el sujeto pueda parir su propio amo, su forma particular de gozar, fuera de la uniformidad banal y letal de la actual propuesta mundializada. Hoy, más que nunca, debemos  interrogarnos muy concretamente acerca de la vida que llevamos y  del futuro de las nuevas generaciones, cuestionando las novedosas maneras de consumir, de informarse, de educarse, de trabajar, de amar, y, en una perspectiva más general, de vivir con los demás. Nuestra tarea clínica no puede estar ignorando, desatendiendo, negando, estos aspectos de nuestra realidad actual, principalmente en la vida cotidiana de las grandes ciudades.

Octubre 2016

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